La deshumanización del varón. Fragmentos de la primera parte

American Civil War

En esta entrada les dejo con algunos fragmentos de la obra que estoy escribiendo: La deshumanización del varón.

El libro se divide en tres partes: pasado, presente y futuro. Los fragmentos que encontrarán a continuación corresponden a la primera parte. No he incluido las referencias bibliográficas, pero todos aquellos que participan en Patreon pueden encontrarlas en los capítulos correspondientes (que ya están disponibles para descargar).

Cada cita corresponde a un capítulo. La mayoría de los fragmentos fueron publicados con un mes de diferencia en la página de Facebook. Aquí los compilo todos y añado algunos que nunca aparecieron en la red social.

Capítulo I (Cita sobre el matrimonio)

Además de los casos de Nueva España, en otros lugares y períodos históricos era habitual que la mujer acudiera a las autoridades para denunciar el abandono de su esposo y forzarlo a regresar con ella. En la Sevilla del Siglo XVIII, el 58% de los pleitos iniciados por las mujeres en el arzobispado estaban relacionados con el abandono marital. Charles Donahue Jr. en su estudio sobre litigación marital en York en los siglos XIV y XV señala que las mujeres, además de ser más persistentes en su litigación, también estaban más determinadas a forzar el matrimonio que los hombres incluso cuando los beneficios económicos “no eran obvios”.

Otro ejemplo de que el matrimonio se consideraba generalmente como un objetivo a alcanzar, y no un yugo del que librarse, lo encontramos en los últimos años de la República romana, cuando la carencia de hombres debido a las guerras hizo que mujeres libres buscaran esposos entre los esclavos, pese a las airadas críticas de comentaristas contemporáneos. Esto llevaría a que en el 52 d.C. se estableciera una ley para prohibir estas uniones, y en el siglo III otra para impedir que las mujeres romanas liberaran esclavos para casarse con ellos. La primera, que convertía en esclavas a las mujeres libres casadas con esclavos, se aboliría unos 500 años más tarde con el Código Justiniano, no sin advertir que habría un castigo para los esclavos varones involucrados.

Capítulo II (Cita sobre el poder femenino)

Lo que encontramos a partir del siglo XVIII, y particularmente en Occidente, es un desequilibrio progresivo entre las esferas de poder masculino y femenino. Por una parte la esfera pública incrementa su importancia y resulta más accesible a un mayor número de hombres, comenzando por los más ricos y extendiéndose finalmente a todos con el sufragio universal masculino, entre otros derechos. Por su parte, la Revolución Industrial impulsa una contracción de la esfera doméstica al romper la interdependencia de las parejas, otorgando al hombre un mayor poder de decisión en virtud de su salario. Los bienes producidos en el ámbito doméstico comienzan a ser cada vez menos competitivos y las migraciones a centros urbanos destruyen redes de apoyo femeninas. Un ejemplo de dichas redes lo encontrábamos en los barrios matrivecinales andaluces descritos por Jan Brøgger, que creaban una infraestructura femenina por la residencia cercana entre madres e hijas durante generaciones. Estas transformaciones, y no una supuesta dominación milenaria, será lo que empuje a la mujer hacia la esfera pública, el único camino ahora disponible para restaurar el equilibrio.

Capítulo III (Cita sobre la incitación femenina en las guerras y deudas de sangre)

Durante la Guerra Civil Americana, muchas mujeres sureñas ridiculizaban y humillaban a los hombres que se negaban a alistarse con diferentes tácticas: desde entregarles enaguas hasta negarles matrimonio, pasando por burlas y apelaciones a su hombría. Una espía para la Unión llegó a afirmar que las sureñas eran “los mejores oficiales de reclutamiento” por rehusar a “tolerar o admitir en su compañía a cualquier hombre joven que se negara a alistarse.”

El Norte no era tan diferente. Un joven recluta escribió en su diario “si alguien quiere estar con una chica ahora, mejor que se aliste”, mientras la abolicionista Ellen Wright afirmaba que “ni siquiera miraría a un no-resistente”. Entre las muchachas se hizo popular la canción “Estoy destinada a ser la esposa de un soldado o a morir como vieja doncella”, título que nos recuerda a la máxima de Dolores Ibarruri “es mejor ser la viuda de un héroe que la esposa de un cobarde” durante la Guerra Civil Española.

Capítulo IV (cita sobre la violencia doméstica en el pasado)

La figura del hombre dominado por su esposa es un tema universal que puede encontrarse en todas las épocas y culturas. Sócrates es descrito como un hombre maltratado por su esposa Jantipa, quien le vertíó agua en la cabeza cuando estaba enfadada o le desgarró la parte trasera de la túnica en público durante un arrebato de furia, entre otros incidentes. Abraham Lincoln sufrió un abuso incluso más severo por parte de su esposa Mary, quien lo golpeó con un leño, lo persiguió con un palo de escoba hasta echarlo de la casa, lo atacó con un cuchillo de cocina e incluso lo abofeteó delante de un invitado, haciéndole sangrar.

En China, Shen Defu (1568-1642) afirmó que desde el período medieval la mayoría de los ministros, generales e incluso emperadores estaban dominados por sus mujeres, y Xie Zhaozhe hasta llegó a categorizarlos. Tanto preocupaba este asunto que diversos académicos de la época debatieron posibles explicaciones: el mal ejemplo masculino, los celos femeninos, la timidez en el varón o incluso una retribución kármica por pecados cometidos en vidas anteriores. Para esta última se cita el caso de un hombre cuya esposa lo golpeaba frecuentemente y le arrancaba los pelos de la barba hasta dejarlo ensangrentado. La explicación más plausible, sin embargo, parece ser la propuesta por Shen: se permitían los excesos para evitar la deshonra, pues por una desavenencia privada las mujeres podían decidir hablar contra sus maridos en público, provocándoles una fuerte vergüenza (que implicaría desprestigio social).

Capítulo V (cita sobre los términos “patriarcado” y “machismo”)

La resistencia al cambio de terminología, si alguna vez hay riesgo de que ocurra, será feroz, y la razón podemos encontrarla en el ensayo de Umberto Eco Construir al enemigo:

Tener un enemigo es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo.

Hablar de un sistema de roles de género apoyado por ambos sexos y que tanto perjudica como beneficia a ambos puede identificar el problema con mayor exactitud, pero difumina al necesario enemigo. De ahí que se prefiera indicar que el apoyo femenino se debe a “mujeres machistas” que han interiorizado los valores patriarcales.

Al añadir la etiqueta “machista” a la mujer ésta queda contaminada por la esencia del enemigo, y simultáneamente separada de éste: la mujer machista es aliada o defensora del patriarcado, pero no es el patriarcado per se. También queda separada de las demás mujeres, que no necesitan adjetivo alguno y por tanto se les supone una naturaleza justa e igualitaria, pues no se encuentran contaminadas. En cambio, al hablar de un sistema de género, la mujer forma parte de su entramado tanto como el hombre. No existe un enemigo a batir que podamos identificar con “el otro” (los patriarcas, los hombres y sus aliadas) y nos obliga a todos a examinar estos roles de una forma menos polarizada, en lugar de atribuirlos a la maldad masculina y su deseo de dominio.

Conclusiones de la primera parte (cita sobre la narrativa de género)

No se trata de un asunto trivial. Aceptar la narrativa de género actual constituye admitir que no es la adaptación al entorno ni una multiplicidad de factores históricos lo que explica la actitud de hombres y mujeres en el pasado. Reducir todo a la maldad masculina, empleando inadecuadamente términos como “patriarcado” o “machismo”, supone aceptar la inferioridad moral del varón, lo cual además de incorrecto, constituye un peligroso punto de partida para quienes luchen por la igualdad. Esto ha llevado a excesos actuales en forma de leyes que partiendo de dicho presupuesto imponen penas superiores al varón por el mismo delito o tornan la presunción de inocencia en presunción de culpabilidad, entre otras discriminaciones, pues no se puede tratar igual a quien no se considera como tal.

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