Formas de poder femenino y el mito de la dominación masculina en las sociedades campesinas (III)

Campesinos

Pueden leer la primera y la segunda parte de este artículo pulsando en los enlaces 

En esta entrada les presento la tercera y última parte de la traducción del artículo académico “Formas de poder femenino y el mito de la dominación masculina: un modelo de interacción femenina/masculina en la sociedad campesina” escrito por la antropóloga Susan Carol Rogers y publicado en la revista académica American Ethnologist.

Se trata de un artículo de crucial importancia para entender las formas de poder femeninas. Debido a que se trata de un poder no legislado ni institucionalizado, resulta muy difícil de examinar, pero eso no hace que sea menos real y en algunos casos pueda llegar a imponerse al masculino.

El modelo de Rogers se aplica principalmente a las sociedades campesinas, debido a que las decisiones importantes que afectan a la aldea se toman fuera de la comunidad (por parte del gobierno regional o central, por ejemplo), dejando a los varones con un poder simbólico pero poco real, frente a un poder femenino más informal pero efectivo, ya que el ámbito doméstico es el principal centro de producción y consumo de estas sociedades.

Si bien el modelo de Rogers puede no ser aplicable fuera del campesinado, hemos de recordar que a lo largo de la Historia la mayoría de las sociedades han estados compuestas por campesinos en buena parte del planeta, por lo que su importancia no debe ser desestimada.

En esta tercera y última parte la autora da un vuelco a la usual creencia de que la mujer campesina se emancipó con la llegada de la modernidad. Por el contrario, presenta la hipótesis de que con ella llegó su pérdida de poder y el “mito” de la dominación masculina (que realmente escondía un equilibrio de poder entre los sexos) pasó a convertirse en una realidad.

La traducción del artículo ha sido realizada por Marcos Cueva. Yo me he limitado a revisar la traducción y a realizar algunos retoques estilísticos. Todo el mérito es del traductor, y cualquier falta o error que encuentren son míos.

Dado que se trata de un artículo extenso, he resaltado las partes que considero más importantes para quienes deseen realizar una lectura rápida.

Formas de poder femenino y el mito de la dominación masculina: un modelo de interacción femenina/masculina en la sociedad campesina (continuación)

SUSAN CAROL ROGERS

Traducido por Marcos Cueva

De los datos existentes, podemos extraer varias generalizaciones pertinentes sobre las sociedades campesinas. Los roles sexuales tienden a estar claramente definidos y en gran parte no se solapan. Por ejemplo, Margery Wolf hace referencia a una “subcultura femenina” en Taiwán.

Algunas áreas de la subcultura de las mujeres… encajan perfectamente en la cultura central de la sociedad. Las dos culturas no son simbióticas porque no son lo suficientemente independientes la una de la otra, pero tampoco comparten metas comunes o usan necesariamente los mismos medios para alcanzar las metas que sí comparten.

Virtualmente en todas partes, se observa que campesinos y campesinas realizan tareas muy diferentes pero igualmente esenciales y mutuamente interdependientes (cf. Bernot y Banclard 1953:209-212; Fél y Hofer 1969:13-22; Friedl 1967:104; Pitt-Rivers 1960:85-87: Riegelhaupt 1967:116-117). En Irlanda, por ejemplo:

El trabajo de la esposa es complementario al de él, y en su propia esfera igual de importante para la subsistencia y organización de la unidad familiar. Mientras que él puede demandar y esperar que ella cumpla sus deberes domésticos, también ella puede demandar y esperar que él cumpla los suyos en el manejo y la labor de la granja… la dicotomía de tareas asignadas a los sexos en la economía de la granja familiar es mayor aún que los deberes recíprocos de marido y mujer, padre y madre (Arensberg y Kimball 1968:47).

En general, las mujeres campesinas centran sus actividades en la esfera doméstica, la cual usualmente incluye jardinería, cuidado de los animales, y la interacción frecuente con grupos heterogéneos de mujeres parientes o vecinas. Los hombres, por otro lado, tienden a formar grupos más homogéneos y no tan unidos para realizar trabajos que se localizan fuera de la esfera doméstica, y para participar relativamente más a menudo en la comunidad, en vez de en actividades basadas en lo doméstico. La unidad doméstica, sin embargo, es la central en la sociedad campesina; es la mayor unidad social, productiva y consumidora. El trabajo que los hombres realizan fuera de su entorno físico es su contribución a la empresa familiar. Sus actividades extra-domésticas a menudo tanto determinan como resultan del prestigio de su familia y su posición en la comunidad.

El trabajo hecho por las mujeres en la esfera doméstica está, por su naturaleza, mucho más regulado y bajo control que aquel realizado por los hombres. Varía poco de un día para otro, en contraste con el trabajo en los campos, con sus cambios estacionales y su vulnerabilidad a los caprichos del clima y las enfermedades vegetales. Incluso el trabajo en las fábricas en G.F. está regulado por fuerzas no más controlables por los trabajadores de lo que el clima es para los granjeros. Este tema de impotencia y falta de control fuera de la esfera doméstica se extiende a la arena de las actividades políticas y sociales. Debido a la posición de la sociedad campesina en la sociedad general y a las actitudes internas, los campesinos tienen escaso control sobre las decisiones políticas y económicas extra-domésticas. La política gubernamental sobre los precios de las granjas, los impuestos, la seguridad social y demás, están, de lejos, fuera del control de los propios campesinos. Ha sido reportado que los campesinos son reticentes a presumir de poder en sus comunidades o a aceptar el liderazgo de otros aldeanos. En G.F., como se ha señalado, los concejales en tanto que concejales ejercen escaso poder. Desde su posición en el hogar, las mujeres tienen una participación significativa en el único aspecto del gobierno de la aldea sobre el cual los aldeanos tienen algo de control: quién integrará el concejo. Debido a que ellas permanecen en la esfera doméstica, tienen poca influencia en las decisiones reales tomadas por el concejo, pero éstas son, en efecto, triviales. La situación es análoga a la de la aldea portuguesa estudiada por Riegelhaupt, donde los hombres, y no las mujeres, tienen acceso a los canales formales de poder político, extra-domésticos. Estos canales de todos modos prueban ser, cuando se examinan de cerca, virtualmente inefectivos. Son las mujeres, debido a la división del trabajo y la incapacidad de los hombres para organizarse entre ellos, quienes tienen acceso al único canal efectivo de poder político disponible para los aldeanos. Al mismo tiempo, la unidad doméstica por sí misma es apta para ser controlada con mayor facilidad que la esfera de la aldea, debido a que los actores involucrados en la primera, y afectados por la misma, son en su mayor parte conocidos y están presentes, y las varias influencias y presiones en su trabajo son relativamente más visibles y comprensibles que aquellas del trabajo en la esfera de la aldea y más allá.

Debido a que la unidad doméstica campesina es de tan fundamental importancia, una mujer que centra sus actividades en ella está en mejor posición en caso de viudedad de lo que está un hombre que pierde a su esposa. Ello se refleja en los patrones de nuevos casamientos de viudos y viudas en G.F. Una familia incompleta obviamente está siempre rodeada de problemas en una situación donde esposos y esposas son tan dependientes unos de otros (Arensberg y Kimball 1968:66-67). Pero al permanecer en la esfera doméstica, las mujeres campesinas pueden garantizarse a sí mismas mayor seguridad e independencia de cara a la muerte de su pareja de lo que un hombre puede hacerlo. La solidaridad femenina en el vecindario y los grupos familiares además proveen a las mujeres relativamente más seguridad emocional, además de poder, de la que tienen los hombres. Como Blaxter señala (1971:122-123), las mujeres en estos grupos no son consistentemente caritativas unas con otras. Sin embargo, debido a que cada una está en control de su propia esfera doméstica y sin intentar lidiar con lo que hay más allá de su alcance en el mundo exterior, sus relaciones con otras mujeres son menos propensas a estar matizadas por la desconfianza, competición, y prudencia que caracterizan a las relaciones entre los hombres. Esta puede ser también una importante razón por la cual “no encuentras mujeres en esta condición [abatidas], sin importar cuán duras sus vidas hayan sido” (Blythe 1969:105).

Dadas estas observaciones, parece ser que el supuesto de Fox -que debido a que las mujeres tienden a estar limitadas al nivel doméstico en la toma de decisiones, ellas juegan universalmente un rol secundario (1969:31-32)- es falso. Claramente, las decisiones domésticas son de primera importancia en las sociedades campesinas, ya que hay pocas decisiones extra-domésticas significativas a tomar para la vida en la comunidad que estén dentro del poder de los aldeanos. Friedl afirma esto mientras sostiene que en una comunidad orientada a lo doméstico, el hecho de que los hombres monopolizan las posiciones extra-domésticas de alto prestigio es insignificante. Es la atribución de poder en el ámbito privado, y no el público, la de principal importancia en este contexto cultural (1967:97).

El hecho sigue siendo, sin embargo, que el prestigio efectivamente recae en éstas actividades masculinas, sean o no verdaderamente “importantes”. No es relevante quién toma realmente las decisiones domésticas, los hombres campesinos son usualmente considerados la cabeza de los hogares, quienes poseen una posición de autoridad allí, y los que abiertamente toman decisiones importantes. En G.F., sin duda como en otros sitios, las mujeres juegan una parte importante en moldear la posición de sus esposos en la comunidad, pero es la posición de éste la que determina el prestigio familiar. Yo no creo, por lo tanto, que el impacto masculino pueda ser tan sumariamente desestimado.

Debería remarcarse que he fallado en proveer una definición de “poder”, prefiriendo delinear lo que yo refiero con el concepto a través de ejemplos. En tanto en cuanto los intentos de trazar una definición precisa son fútiles, es imposible en este contexto especificar exactamente cuánto poder cada categoría de personas ejerce relativamente sobre la otra. Lo que vemos operando en la sociedad campesina es una especie de oposición dialéctica y delicadamente equilibrada de varios tipos de poder y autoridad: público y privado, formal e informal, directo e indirecto. Por esta razón, sugeriré que el modelo de un grupo sexual en un rol “primario” o dominante y el otro en uno “secundario” es sospechoso e ignora la complejidad de la situación.

Este punto de vista aún deja sin responder varias preguntas cruciales: ¿Porque los hombres campesinos, en un nivel de análisis, se caracterizan por una sentida falta de poder (o una sensación de impotencia), y por otro lado, aparecen tratados con deferencia, monopolizando posiciones de autoridad y prestigio, y siendo asumidos como “dominantes”? Si las mujeres efectivamente ejercitan una significativa cantidad de poder, ¿porque se comportan como si los hombres lo monopolizan? ¿Por qué las mujeres griegas, por ejemplo, quienes ejercen poder en el “importante” sector privado, se toman semejante precaución de que esté “oculto bajo la fachada del dominio masculino” (Friedl 1967:106)? ¿Porque las mujeres en G.F, insisten en que “Pierre cambió de opinión” cuando Pierre está simplemente haciendo, como es usual, lo que su esposa le dijo que haga? ¿Porque ambos hombres y mujeres en tantas sociedades campesinas le conceden tanto prestigio a las relativamente insignificantes actividades extra-domésticas de los hombres?

Estas aparentes anomalías son resueltas por el modelo explicativo delineado arriba: la dominación masculina existe en la sociedad campesina como un “mito”, que funciona para mantener un balance no-jerárquico entre las categorías hombre y mujer. Inversamente, aunque hemos demostrado que los hombres realmente no son dominantes, ambos sexos actúan públicamente como si lo fueran porque cada uno puede de esta forma mantener su propio poder. Es obvio que los tipos públicos de poder y autoridad ejercidos por los hombres dependen de la perpetuación del “mito”. El poder de las mujeres también surge de éste en una variedad de formas. Debido a que a las actividades extra-domésticas se les atribuye alto prestigio, es una ventaja para los hombres reclamar la esfera de la aldea como propia. Al mismo tiempo, es también una ventaja para la mujer campesina, ya que deja bajo su control la esfera doméstica, que es la unidad central de la comunidad y la única esfera sobre la cual los aldeanos pueden tener un mayor control. Aquí tenemos un balance de poder/prestigio entre las dos esferas. Este equilibrio se mantiene mientras una esfera otorga prestigio a actividades y actores, y la otra poder real que emana de sus actividades.

Dentro de la esfera doméstica, es también ventajoso para la mujer el hecho de que su esposo sea una figura de autoridad. Se ha señalado anteriormente cómo esto puede realzar su control sobre los niños. Aunque ella es abiertamente responsable de cierto tipo de decisiones domésticas (por ejemplo, en G.F., como en otras partes, aquellas relacionadas con la jardinería y el ordeño), juega a su favor actuar como si su esposo tuviera la última palabra en aquellas decisiones que requieren un acuerdo mutuo. En ese sentido, ella se resguarda de errores u omisiones: “No tenemos esto o lo otro porque mi marido no lo quiere comprar”. Más importante aún, si al él se le permite ser la cara pública de las decisiones, su estatus como “cabeza de la familia” es preservado, y con éste, su imagen -y la de su familia- en la comunidad. Aquí el intercambio, probablemente inconsciente, es entre poder e imagen: “Te daré crédito por tomar las decisiones aquí, si tú tomas las que yo te diga”.

Está en la naturaleza misma del “mito” de la dominación masculina el hecho de que ni hombres ni mujeres admiten públicamente que se trata efectivamente de un mito. Ambos, hombres y mujeres, deben públicamente insistir en que los hombres realizan las actividades más importantes y están completamente al mando. Debería por lo tanto quedar claro que la naturaleza mítica de la dominación masculina nunca es explicitada por parte de sus perpetradores. A pesar de su pública deferencia y respeto hacia los hombres, las mujeres son claramente conscientes de que las actividades políticas y sociales de los hombres son relativamente triviales y sus actividades económicas no más importantes que las suyas. Ellas también son conscientes de que tienen un poder significativo para moldear las actividades de sus esposos y de que son la mayoría de las veces ellas mismas quienes toman las decisiones en el hogar. Hay cierta evidencia en G.F. de que las mujeres son totalmente conscientes de la situación: guiños condescendientes y sonrisas cuando sus hombres no están mirando. Mme. Rouyer declara confidencialmente: “La mayoría de las esposas realmente controla a sus maridos, incluso cuando no lo parece”. Entre mujeres se hacen comentarios más indirectos y “humorísticos”: “Vous savez, les hommes, c’est une drole de race,” (Tú sabes, los hombres, son una raza curiosa) “¡Hombres! Ellos creen que están siendo de tan gran ayuda y lo único que consiguen es hacer un desastre… ¡Oh, no sirven para nada!”

Al mismo tiempo, los hombres se comportan públicamente como si creyeran el “mito”. Ellos asumen el gobierno y otras actividades a nivel de la aldea con considerable seriedad. Además, se toman cualquier implicación pública de su falta de control sobre sus mujeres y su familia como un insulto a su masculinidad. Por ejemplo, en G.F., el comprador (un granjero de una aldea vecina) de una tierra en subasta, la cual los granjeros de la aldea trataron sin éxito de prevenir, sufrió un alto grado de hostilidad y abuso verbal por parte de los aldeanos. Un granjero remarcó más tarde con gran disgusto, “Probablemente compró esa tierra porque su esposa le dijo que no vuelva a casa con las manos vacías, y él le tenía más miedo a ella que a nosotros”.

Por otro lado, su bien documentado fatalismo y su sentida falta de poder, en G.F., su constante encogerse de hombros y su “C’est la vie, quoi. Qu’est-ce que vous voulez?” (Así es la vida ¿Que se le va a hacer?), su desprecio en privado hacia el gobierno y las organizaciones campesinas de la aldea, además de sus quejas resignadas sobre sus controladoras esposas, indican que ellos creen no mucho más que sus mujeres que los hombres dominen realmente sobre nada.

Es significativo que estas observaciones, indicando que ni hombres ni mujeres creen que los hombres sean dominantes, sólo son expresadas en privado, y lejos de los oídos de miembros del sexo opuesto. Esto indica que ambos sexos creen que es importante actuar y hablar públicamente en grupos mixtos tal y como si los hombres fueran dominantes, ya que asumen que el otro grupo está convencido de que esto es verdad. Al operar de esta forma, tienen éxito en evitar confrontaciones, de forma que el sistema de recompensas y ventajas percibidas no queda amenazado. Incluso si los hombres no están tan seguros de cuán importantes son las actividades masculinas, ellos continúan actuando tal y como si éstas fueran las más importantes porque las mujeres esperan de ellos que lo hagan. Si los hombres son conscientes de que las mujeres pueden tener un poder más efectivo del que ellos tienen, es aceptable para ellos siempre que no haya un desafío público, de manera que puedan continuar pensando que las mujeres no se dan cuenta de ello. Si a los hombres se les da crédito por mantener las cosas funcionando, eso es suficiente. Si las mujeres admitieran abiertamente que ellas no creen que los hombres son el sexo dominante, el delicado equilibrio del sistema en su totalidad se caería a pedazos. Las mujeres, por su parte, obtienen su poder al garantizarle al hombre autoridad y respeto, asumiendo que si ellos permiten a los hombres el creer que la dominación masculina realmente existe, los hombres no notarán que las mujeres efectivamente están ejerciendo una considerable cantidad de poder. El comportamiento masculino llevaría a las mujeres a creer que ellas han tenido éxito en su treta. Desde este punto de vista, también, el sistema colapsaría si las mujeres fueran forzadas a reconocer públicamente que en realidad a los hombres se les está tomando el pelo.

El mito de la dominación masculina y más allá

He predicho que la dominación masculina operaría de esta forma sólo en el contexto del sistema especificado al inicio del artículo [en la primera entrada]. Podrá notarse que todos los elementos requeridos no pueden están presentes en las sociedades modernas industrializadas. En el proceso de modernización, al menos un componente inevitablemente cambia, transformando así el sistema en su totalidad y, con ello, la relación entre el poder femenino y la dominación masculina tal y como la he descrito. De forma inversa, en la medida en que el sistema permanece sin cambios sostendré que, la sociedad en cuestión, no es una moderna e industrializada. De este modo, por ejemplo, la aldea de G.F., la cual está caracterizada por todos los elementos citados arriba, no puede ser considerada enteramente modernizada. Como he demostrado en otro artículo, usando diferentes criterios de manera conjunta (y con un propósito diferente), G.F. puede, de hecho, aún considerarse una aldea campesina tanto a nivel de comportamiento como a nivel ideológico (Rogers 1972:19-27). Ésta es, de todos modos, una aldea modernizada, en la medida en la que hay indicaciones de que sufrirá una transformación modernizadora en su comportamiento e ideología, además de la ya avanzada transformación económica puesta en marcha. Estas indicaciones, a la par que algunas observaciones y la literatura sobre las sociedades totalmente industrializadas, indican que aquel cambio podría ocurrir de múltiples modos mutuamente exclusivos, en tanto que varios de los componentes de la estructura cambian de diferente forma.

El impacto de la modernización y de la industrialización en el rol de la mujer, y por supuesto la relación de poder entre hombres y mujeres, es un campo amplio y complicado, que se extiende más allá de los límites de este trabajo. De todos modos, sugeriré muy esquemáticamente algunas de las formas en las cuales la relación entre el poder femenino y la dominación masculina puede cambiar en tanto que el sistema delineado se transforma con cambios en varios de sus componentes. Sugiero estas posibles permutaciones como hipótesis comprobables, que requieren posteriores trabajos de campo extensivos y un estudio mucho más exhaustivo de la literatura del que es posible aquí. Mi propósito es triple. Primero, en respuesta al conjunto de literatura sobre modernización mencionado más arriba, ya se ha mostrado que las mujeres tradicionales, al menos en las sociedades campesinas, no son de ninguna manera las uniformemente oprimidas y subordinadas criaturas que se ha asumido que son. Desafiada esta primera presuposición, la segunda – que la mujer tradicional se emancipa en el proceso de modernización – queda en una posición incómoda. Si la mujer en realidad no ocupa semejante rol subordinado en el escenario tradicional ¿qué ocurre cuando se moderniza? Sugeriré formas de abordar esta pregunta. En segundo lugar, debido a que muchas sociedades campesinas contemporáneas están en proceso de “modernización”, perdiendo sus características campesinas “tradicionales” e integrándose cada vez más al mundo que le rodea (e.g. Mendras 1967), un análisis completo debería incluir algún reconocimiento de las tendencias de cambio actuales. Por la misma razón, las sociedades campesinas representan un útil laboratorio para el estudio del cambio, ofreciendo la posibilidad de añadir una dimensión dinámica a los modelos exploratorios desarrollados para analizarlas. Finalmente, y quizá más importante, está claro que hay sociedades, incluyendo la nuestra, donde la dominación masculina no es “mítica”. Es importante, por lo tanto, empezar a delimitar los tipos de sociedad en los cuales el modelo puede esperarse que opere de la misma manera que he descrito. La suma de una dimensión dinámica ilustra cómo el modelo encaja en un panorama más global, proveyendo las bases de un marco de trabajo para el estudio de todo tipo de relaciones de poder entre los sexos.

Emerson (1962) y Dahl (1957) han sugerido que el poder está basado en última instancia en relaciones de dependencia. Tomando esto como punto central podrá verse que, cuando los cinco elementos del sistema están presentes, éstos se equilibran entre sí, y, en la medida en que hombres y mujeres son aproximadamente igual de dependientes el uno del otro, se mantiene un equilibrio del tipo descrito en el modelo. Si los primeros tres elementos (aquellos relacionados con el poder femenino) permanecen sin cambios, mientras que cualquiera de los segundos es negado, los hombres se volverían relativamente más dependientes de las mujeres, el poder de las mujeres se incrementaría, y el “mito” de la dominación masculina dejaría de expresarse. Por otro lado, lo inverso podría ocurrir: la orientación de la comunidad centrada en lo doméstico, y la importancia de las interacciones informales cara a cara podrían verse grandemente reducidas o negadas, mientras que los hombres mantendrían un mayor acceso a derechos formales y participarían en actividades consideradas importantes. Particularmente si ellas se mantuvieran en la esfera doméstica, pero incluso aunque no lo hicieran, las mujeres se volverían relativamente más dependientes de los hombres, perderían al menos algo de su poder, y la dominación masculina se volvería una realidad. En estos dos escenarios, he asumido que el nivel de interdependencia entre hombres y mujeres se mantiene aproximadamente igual; solo cambia su distribución. Una tercera posibilidad es la total negación de este elemento: hombres y mujeres ya no son tan interdependientes. En este caso el sistema entero vuela en pedazos, todos los elementos son negados, y ningún poder diferencial significativo existe entre los grupos sexuales. El poder, o los tipos de poder, no estarán distribuidos sobre la base del sexo, de manera que el concepto de un equilibrio de poder entre los dos grupos sexuales deja de tener sentido. Éstas son al menos tres de las posibles transformaciones del sistema, elegidas entre las más probables. Asumiendo, por razones de simplicidad, que sólo dos posibilidades existen para cada componente del sistema, negación o permanencia, hay treinta y seis cambios teóricamente posibles en el sistema como resultado de las distintas combinaciones de sus componentes. Si se asume que los componentes pueden ser alterados de formas más sutiles, y que cada elemento cambiará si alguno de los otros cambia, el número de posibilidades teóricas es enorme. Voy a dejar, sin embargo, un análisis más riguroso y sutil para el futuro y me limitaré aquí a bosquejar cómo las tres posibilidades mencionadas más arriba podrían ocurrir, teniendo en mente que éstas son formulaciones simplificadas y preliminares.

Si los tres primeros componentes permanecen sin cambio (i.e., las mujeres se mantienen en la esfera doméstica, la sociedad sigue estando orientada a lo doméstico y la mayoría de las interacciones percibidas como importantes ocurren en el contexto cara a cara de la comunidad), mientras los hombres realizan actividades percibidas como poco importantes, puede asumirse que éstas son vistas de tal manera porque son realizadas fuera de la comunidad y no involucran relaciones de la misma. En Europa, como ha forzado la industrialización en crecientes proporciones durante los pasados siglos, el abandono de las pequeñas granjas familiares ha sido en su inmensa mayoría por parte de los hombres, quienes han buscado trabajo en otros lugares. Durante el siglo diecinueve, como en el presente, las mujeres rurales buscaron trabajo fuera de las granjas, pero en su mayor parte retornaron a la esfera doméstica después del matrimonio. Con la caída del “modo de producción doméstica”, surge un conflicto entre las idea de que las mujeres deberían manejar el hogar y la familia; y la de que ellas deberían contribuir laboralmente al ingreso familiar. Este conflicto ha sido en su mayor parte resuelto en favor de la primera noción (Scot and Tilly 1975). Si un hombre está trabajando como empleado asalariado de alguien más, es muy difícil para él seguir manteniendo la ficción de que él es “son maitre” (su propio jefe); es improbable que su patrón muestre deferencia pública hacia él. Además, debido a que ahora es probable que él esté trabajando fuera de la comunidad, podría dejar de ser visto como un miembro completo de la misma. Tampoco puede controlar públicamente el estatus de su familia en una arena a la cual él ya no pertenece por completo, ni puede mantener siquiera un control ficticio sobre las actividades de la comunidad. En este caso, podría esperarse que la mujer, que queda en la esfera doméstica, se convierta en el principal contacto familiar con la comunidad, de manera que su esposo es en buena parte dependiente de ella (i.e., para mantener su membresía en la comunidad). Las mujeres podrían continuar influenciando en el estatus de la familia en la comunidad a través de medios informales y podrían también tomar las actividades a nivel de la aldea, de forma que también determinen el prestigio familiar abiertamente. En esta instancia, una mujer ya no necesita proteger la imagen de su esposo en la comunidad comportándose como si él fuera quien está en control del hogar. Ella usurpa entonces esas prerrogativas anteriormente masculinas sobre la toma de decisiones públicas del hogar (cf. Bernot y Banclard 1953:205-209). A pesar del hecho de que las mujeres ya no contribuyen significativamente al ingreso familiar, este poder de toma de decisiones puede incluir el control sobre los asuntos financieros. En al menos varias áreas de Europa donde las mujeres tradicionalmente manejaron el presupuesto familiar, continuaron haciéndolo durante las etapas tempranas de la modernización a través del control de los gastos del salario de sus esposos (Stearns 1972:110; Leplay 1878:110-111; Chombart de Lauwe, et al. 1963:158). El “mito” de la dominación masculina es entonces abandonado, tanto en el hogar como en la comunidad, y las mujeres están abiertamente en verdadero control.

Existe cierta evidencia en G.F. de que este tipo de transformación ocurrirá. Hay al menos dos familias en la aldea donde la mujer está abiertamente en control de la unidad doméstica, y el marido aparece más a menudo como el silencioso observador en la esquina. En ambos casos, el esposo (a diferencia de otros hombres de la aldea) es un trabajador fabril, viniendo del exterior e integrándose en la aldea después de su matrimonio, y no posee tierras. Ambos son completamente dependientes de sus esposas, (nativas de la aldea) por la mínima membresía que ellos tienen en la comunidad. Muchos aldeanos dicen que no conocen a estos hombres, a pesar de que uno de ellos llegó a la aldea directamente después de la Segunda Guerra Mundial, el otro unos años después, y ambas esposas son bien conocidas (Esta negación indica no sólo su falta de membresía en la comunidad, sino también la desaprobación de los aldeanos hacia ellos. Esto, y el bajo prestigio de estas dos familias, emana en parte del abierto control de sus esposas en el hogar, lo cual indica que el “mito” de la dominación masculina aún prevalece en la aldea como un todo). Estas dos familias son excepcionales en G.F., es verdad, pero el punto significativo es que cuando los hombres son privados de su membresía en la comunidad y no se considera que hagan nada “importante”, sus esposas parecen tomar un control abierto del hogar.

Los aldeanos dicen que la razón por la que los trabajadores fabriles no pueden tomarse en consideración para un asiento en el concejo municipal es que “ellos no pasan mucho tiempo en la aldea”. Todavía hay suficientes hombres que no son trabajadores fabriles para continuar monopolizando los asientos del concejo, pero en una aldea vecina, que tiene menos granjeros que G.F., una lista de mujeres ganó la mayoría de los asientos en las elecciones de 1971. Bien podría preguntarse si el valor de semejantes posiciones sigue siendo el mismo cuando el sistema sufre este tipo de transformaciones, o si estas anteriormente prestigiosas posiciones masculinas a nivel aldea pierden prestigio cuando las mujeres empiezan a tomarlas. Es, por lo pronto, muy temprano para decir qué es lo que pasará en la aldea vecina de G.F. Si el prestigio anteriormente era dado en gran parte a cambio del poder real de la mujer, no habría ninguna razón por la que estas posiciones continuarían acarreando prestigio si son ocupadas por mujeres que además ejercen abiertamente un poder real. Por otro lado, si la comunidad quiere retener su anterior identidad, estas posiciones también deben mantener su sentido.

Esta situación estructural puede continuar existiendo, por supuesto, sólo mientras hombres y mujeres consideren que la comunidad y las relaciones en la misma retienen su significado tradicional. La posibilidad opuesta, desarrollada quizá como una consecuencia de aquella descrita más arriba, parece ser mucho más ubicua. Ha sido tratada a fondo en otras partes y podría ser sólo brevemente bosquejada aquí para indicar sus relaciones con el modelo y los procesos bajo discusión.

En este escenario, el segundo y tercer componente son negados, así como el locus de la identidad social cambia para ubicarse fuera de la familia y la comunidad (por ejemplo en el lugar de trabajo). Semejante cambio puede resultar o bien en un desplazamiento literal fuera de la comunidad hacia los centros urbanos, o bien en una transformación de la aldea de una comunidad centrada internamente en los campesinos a una comunidad “habitacional” centrada externamente. En cualquiera de estos escenarios, la esfera doméstica, habiendo perdido ya su importancia económica, pierde también buena parte de su peso social, y por lo tanto adquiere un significado diferente de aquel basado en la unidad doméstica campesina. Los contactos y actividades extraeconómicas del hombre empiezan a ser percibidos como más cruciales, ambos para el mantenimiento familiar y, especialmente, para establecer el lugar de la familia en el grupo más amplio de referencia. Hay cierta evidencia de que en familias urbanas de clase trabajadora, los contactos sociales de todo tipo son realizados a través del esposo (Fougeyrolles 1951:92). En estos estudios se reporta que las mujeres tienen muy poco contacto entre ellas (Chombart de Lawre, et al. 1963:87) en profundo contraste con la solidaridad femenina reportada en muchas aldeas campesinas.

Además, los derechos formales y legales superiores de los hombres se convierten en un factor clave en la distribución de poder entre hombres y mujeres. Su designación legal como “cabezas de familia”, acceso a trabajos de mayor remuneración, reclutamiento preferencial para posiciones, actividades fuera de lo doméstico y demás, toman una significación vastamente incrementada y posicionan a la mujer en una relación de dependencia al hacer más difícil para las mujeres que para los hombres operar en el nuevo contexto social. Mientras que en el contexto de la comunidad campesina las relaciones extra-domésticas eran característicamente “multidimensionales” y en gran medida basadas en la reputación de la familia, cuando la principal arena social cambia para ubicarse más allá del cara a cara de la comunidad, más relaciones claves son formalizadas y “unidimensionales” (Bailey 1971:6). En el primer caso, fueron en gran medida sujetas a manipulación informal, mientras que en el segundo, derechos y deberes formalmente definidos se vuelven primordiales. La mujer, aun ocupándose del hogar, y con menos derechos legales o de otro tipo que su esposo, tiene considerablemente menos acceso a arenas cruciales y se vuelve enormemente dependiente de él tanto económica como socialmente. Las actividades de él son las importantes, pero están centradas fuera de la comunidad, donde ella no tiene medios para influenciarlas. Su poder informal es mucho menos efectivo en el mundo exterior, y sus derechos formales inferiores se convierten en un reflejo preciso de su posición real. Su compromiso con la esfera doméstica ahora significa que, en lugar de estar en una posición de influencia significativa sobre el mundo que se extiende más allá del hogar, ella está aislada de cualquier mundo salvo el doméstico. Incluso aquí los esposos de clase trabajadora parecen ejercer de lejos mayor control real que los hombres campesinos (Fougeyrolles 1951:100), sugiriendo que la incrementada dependencia de las mujeres hacia los hombres con respecto al estatus social extra-doméstico y su contexto refuerza el poder real de este último en el hogar. En Inglaterra, por ejemplo, aunque los hombres de clase trabajadora entregaban el salario a sus esposas durante las etapas tempranas de la industrialización, poco después de 1914 “las mujeres empezaron a recibir una asignación por parte de sus esposos, quienes conservaban el resto y determinaban cómo se gastaba” (Scott y Tilly 1975:63-64; cf. Stearns 1972:116). Estudios recientes de la clase trabajadora inglesa indican que las esposas raramente sabían con exactitud cuáles eran los ingresos de su esposo (Young y Willmont 1962:26).

De este modo, los recursos de poder de las mujeres son atenuados o eliminados, y las bases de la dominación masculina reforzadas. Las mujeres son separadas tanto de otras mujeres como, excepto a través de hombres individuales, de las arenas de interacción social fuera de la ahora en gran medida devaluada esfera doméstica. La entretejida y equilibrada interdependencia mutua de los mundos masculino y femenino, por lo tanto, no puede producirse. En cambio, ambos sexos operan en un mundo dominado por los hombres. Mientras que hombres y mujeres, como categorías, permanecen dependientes uno del otro, las mujeres son relativamente más dependientes de los hombres. El dominio masculino ya no funciona como un “mito”: los hombres sí ocupan una posición superior, y las mujeres carecen relativamente de poder.

Una tercera posibilidad teórica involucra, con mayor probabilidad, una posterior transformación de cualquiera de los dos sistemas expuestos arriba, como una forma de revertir el desequilibrio. En este caso, los miembros de ambos grupos traspasan los dominios del otro, insistiendo en compartir posiciones de prestigio y poder. Las diferencias de poder formal de cada grupo son eliminadas. Los hombres y la mujeres ya no están constreñidos, en virtud de su sexo, para acceder a cualquier tipo de recursos y ya no están formal y factualmente definidos como categorías complementarias en la mayoría de las áreas de la vida. Ellos son por lo tanto significativamente menos dependientes el uno del otro como categorías de individuos. El sistema se derrumba, las diferencias entre las formas masculinas y femeninas de poder quedan virtualmente aniquiladas, de forma que la distribución de poder y la diferenciación sexual ya no están relacionadas, volviendo trivial toda la cuestión de la relación entre el poder masculino y femenino.

Hay indicadores en países industrializados de sociedades europeas y americanas de que al menos algunas de las diferencias entre los roles masculinos y femeninos son percibidas como injustas, y se están realizando esfuerzos para igualar los derechos formales y el acceso a los recursos. El creciente interés en las variaciones históricas e interculturales de los roles sexuales sugieren una aceptación decreciente de la cualidad inherente o “natural” de cualquiera de los roles culturalmente definidos. Este escepticismo, dentro de un sistema que tiene roles sexuales culturalmente definidos como principio organizacional básico, puede en buena medida marcar el principio del colapso de dicho sistema.

Conclusión

En este trabajo he abordado el problema de cómo el poder se distribuye entre hombres y mujeres en las sociedades campesinas. Empezando con la presunción de que los hombres son virtual y universalmente dominantes, demostré que esta generalización está basada en un cuerpo de definiciones y modelos que lidian sólo con un rango limitado y masculinamente orientado de fenómenos, y es claramente refutado por un cuerpo de evidencia empírica sobre el poder real ejercido por la mujer campesina. Dado el hecho de que la mujer campesina en verdad ejerce un considerable poder, varias anomalías se conservan: ambos hombres y mujeres se comportan públicamente como si los hombres fueran dominantes, mientras que al mismo tiempo los campesinos varones parecen caracterizarse por una sentida falta de poder. Sugerí un modelo para explicar estas aparentes contradicciones, en el cual la dominación masculina se percibe que opera como un mito, pero en realidad se mantiene un equilibrio entre el poder informal de la mujer y el poder público ejercido por el hombre. Además, el poder de ambos depende de la persistencia del mito, el cual es en sí mismo mantenido por un grado de ignorancia por parte de cada uno de los grupos acerca de cómo el sistema verdaderamente funciona.

He limitado mi discusión a sociedades campesinas contemporáneas, especialmente europeas. El modelo propuesto sugiere una relación entre la sentida falta de poder y las formas de poder femenino, como se ha descrito en literatura anterior. Esto implica además que mucha de la literatura sobre modernización campesina descansa sobre falsos presupuestos con respecto al rol de la mujer.
Este modelo, de todos modos, genera dudas aplicables a un rango mucho más amplio de sociedades. Mientras ofrece una explicación sobre la persistencia del mito de la dominación masculina (“causas condicionales”), no explica su origen (“causas de precipitación”). No explica por qué se alcanza este particular equilibrio: por qué son los hombres quienes ejercen el poder formal, y por qué son las mujeres quienes ejercen el poder informal. Parece posible que este tipo de equilibrio tenga profundas raíces históricas, al menos entre los campesinos, pero la pregunta debe formularse en cuanto a si éste no es de hecho producto de la transformación de una organización también diferente. Si así fuera, una forma anterior podría explicar por qué el poder está distribuido como lo está. He sugerido que la transformación más probable o estable alcanzada por este proceso de modernización es una en la que los hombres precisamente se vuelven dominantes. ¿Por qué es que los hombres siempre parecen jugar un rol dominante, si no es factualmente, al menos míticamente? La exploración, en los términos del modelo propuesto, de datos etnográficos históricos tanto de sociedades no campesinas y no europeas puede proveer respuestas a éstas preguntas.

En este trabajo, pues, he sugerido un nuevo conjunto de problemas, una nueva forma de ver los viejos, y por tanto originado más preguntas de las que presumo responder. El punto más importante a remarcar es que es sólo cuando dejamos de mirar las formas de poder y roles masculinos como la norma, y empezamos a observar los arreglos y organización femeninas como igualmente válidos y significativos, aunque quizás diferentes en forma, podemos ver cómo los roles masculinos y femeninos están entrelazados y así empezar a entender cómo las sociedades humanas operan.

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3 respuestas a Formas de poder femenino y el mito de la dominación masculina en las sociedades campesinas (III)

  1. Pingback: Formas de poder femenino y el mito de la dominación masculina en las sociedades campesinas (II) | ¿Quién se beneficia de tu hombría?

  2. Pingback: Formas de poder femenino y el mito de la dominación masculina en las sociedades campesinas (I) | ¿Quién se beneficia de tu hombría?

  3. laverdad33 dijo:

    Creo que con sólo observar que el hombre es el proveedor de recursos en una granja, la mujer tiene el poder administrativo sine qua non debido al propio peso del mito. El hombre es quien construye la casa en el campo ya que históricamente la mujer no tiene o no tendría el potencial físico, y ésta necesita refugio. La mujer es quien construye EL HOGAR sabiendo que históricamente el hombre con o sin mujer, es incapaz de crear uno. De ésta última acepción se entiende que es imposible que el hombre desplace a la mujer en tareas administrativas, con hacer analogía de una empresa estamos en la misma tesitura: pagar (proveer) para administrar, y es aquí donde finaliza el poder masculino al tener que caer en la contratación de​ mujeres, sabiendo que son un recurso humano indispensable e imprescindible para el éxito de la empresa. Sí: se benefician de tu hombría mientras pagues o proveas lo que ellas establezcan. Y también saben que a la larga o a la corta, terminarás fardeando de tu éxito a tus colegas o conocidos masculinos, haciéndote creer que eres alfa. Otra vez, como no seas fuente de buenos ingresos, estás​ listo. ¿Te has preguntado alguna vez por qué el hombre nunca fardea del éxito exclusivamente a mujeres? Básicamente porque de proponérselo te dejarían en la ruina. El hombre exitoso en cualquier disciplina o ámbito depende de una mujer que lo acompañe. Es injusto, pero es la realidad. Sí, está sobrevalorado, qué le vamos a hacer. Excelente artículo.

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