Formas de poder femenino y el mito de la dominación masculina en las sociedades campesinas (II)

Nota: Pueden leer primera parte aquí.

En esta entrada les presento la segunda parte de la traducción del artículo académico “Formas de poder femenino y el mito de la dominación masculina: un modelo de interacción femenina/masculina en la sociedad campesina” escrito por la antropóloga Susan Carol Rogers y publicado en la revista académica American Ethnologist.

Se trata de un artículo de crucial importancia para entender las formas de poder femeninas. Debido a que se trata de un poder no legislado ni institucionalizado, resulta muy difícil de examinar, pero eso no hace que sea menos real y en algunos casos pueda llegar a imponerse al masculino.

El modelo de Rogers se aplica principalmente a las sociedades campesinas, debido a que las decisiones importantes que afectan a la aldea se toman fuera de la comunidad (por parte del gobierno regional o central, por ejemplo), dejando a los varones con un poder simbólico pero poco real, frente a un poder femenino más informal pero efectivo, ya que el ámbito doméstico es el principal centro de producción y consumo de estas sociedades.

Si bien el modelo de Rogers puede no ser aplicable fuera del campesinado, hemos de recordar que a lo largo de la Historia la mayoría de las sociedades han estados compuestas por campesinos en buena parte del planeta, por lo que su importancia no debe ser desestimada.

En esta segunda entrada se conecta la tesis principal de la primera parte con ejemplos concretos de una aldea campesina francesa. En la tercera y última parte se tratarán las conclusiones.

La traducción del artículo ha sido realizada por Marcos Cueva. Yo me he limitado a revisar la traducción y a realizar algunos retoques estilísticos. Todo el mérito es del traductor, y cualquier falta o error que encuentren son míos.

Dado que se trata de un artículo extenso, he resaltado las partes que considero más importantes para quienes deseen realizar una lectura rápida.

Formas de poder femenino y el mito de la dominación masculina: un modelo de interacción femenina/masculina en la sociedad campesina (continuación)

SUSAN CAROL ROGERS

Traducido por Marcos Cueva

Bueno, tú sabes, así es la vida. Los peces gordos siempre se quedan con todo y a los pequeños sólo les queda el hambre. No hay mucho que podamos hacer al respecto – Simplemente lo tenemos muy mal.

–Jacques  Fresnay, agricultor retirado

El marido siempre es el chef d’exploitation [se refiere a la explotación agrícola y los cultivos en general]… Bueno, eso es lo que la ley dice. Lo que realmente sucede es otra cosa, pero tú no vas a encontrar eso en el Código Civil.

–Marc Hantelle, ex-alcalde, agricultor retirado.

Vous savez, les hommes, c’est une drole de race. [Tú sabes, los hombres, son una raza curiosa]    

Lucie Fraiport, viuda de un agricultor, barbera, zapatera.

G.F., durante siglos una aldea campesina, yace en las onduladas colinas del cantón noreste de Francia. Su población de 350 apiñados y nucleados asentamientos, rodeados de campos en su periferia, ha permanecido constante tras la llegada del nuevo siglo. Las tierras de la aldea, en su momento, proveyeron para sus aproximadamente ochenta y cinco familias, pero en los últimos veinte años, las pequeñas granjas y cultivos familiares se han vuelto inviables como medio de subsistencia. Un creciente número de hombres ha abandonado el trabajo en el campo y ha buscado empleos en las plantas siderúrgicas cercanas; hasta la fecha sólo once familias aún trabajan el campo. G.F sigue siendo, sin embargo, una aldea campesina en términos ideológicos y de comportamiento. Aquellos que han abandonado el trabajo de campo han alquilado sus tierras a familiares o vecinos y han mantenido una relación cercana con los arrendatarios, echándoles una mano durante las temporadas más laboriosas. Aquellos que han continuado en el oficio de los cultivos no poseen más tierras que aquellos que no lo han hecho y que las alquilan a hasta siete u ocho propietarios. Las familias del campo son las más admiradas por lo aldeanos, y los granjeros monopolizan posiciones de prestigio en la comunidad. Las familias “de las fábricas” han retenido, tanto como les fue posible, los patrones de comportamiento y valores de las familias agricultoras. Los agricultores y los trabajadores de las fábricas por igual se sienten alienados, y hostiles, hacia la vida urbana. A pesar de los cotidianos viajes de trabajo a la ciudad, los trabajadores de las fábricas no se identifican a sí mismos con los trabajadores urbanos y no participan en organizaciones o actividades sindicales. (cf. Lamarche 1969:165; Barbichon and Delbos 1973:18).

Los granjeros cultivan una gran variedad de granos; cerca de un tercio de las tierras de cultivo son de trigo, el cual es vendido en su totalidad. El resto de la tierra es dedicado al heno y los granos para alimento de los animales y pasturas. La leche siempre ha sido la mayor fuente de ingreso en la aldea, y hoy día cerca del 90 por ciento de los ingresos de cada granja provienen de la venta de leche y carne de res. La mayoría de las granjas tienen aproximadamente entre quince y veinte vacas lecheras. Cada hogar, granja y producción asociada cultiva sus propios vegetales y sus propias frutas, así como sus propios conejos y aves de corral.

La aldea puede ser conceptualizada como dos esferas, una de ellas interior que afecta el tamaño y la forma de la otra. La esfera doméstica es sólida y fuerte, el núcleo de la vida en la aldea. Las esfera más grande, la de la comunidad, le rodea, y es al mismo tiempo más visible y frágil. Este complejo, a su vez, encaja dentro de la más grande esfera del mundo exterior. Las mujeres están en control de la esfera doméstica y dejan las actividades y los asuntos exteriores a ésta a los hombres. Como directriz del hogar, la mujer es responsable de cultivar, comprar y preparar la comida para su familia, llevando a cabo deberes cotidianos como la crianza de los hijos, el mantenimiento de las relaciones con parientes cercanos y externos a la familia nuclear, realizando las cuentas y registros del hogar (y el campo), y la elaboración del presupuesto familiar. Las mujeres campesinas tienen como su mayor responsabilidad la alimentación y el cuidado, incluyendo el ordeño, de los animales de la granja, los cuales están alojados en el establo adyacente a la cocina de cada hogar. Ninguna mujer casada tiene un empleo fuera del hogar.

Las mujeres integran grupos informales, basados en vínculos de parentesco o vecindario. Debido a las líneas sobre las que se forman estos grupos, pueden incluir varias generaciones de individuos, perteneciendo tanto a familias campesinas como de trabajadores fabriles. La aldea está dividida en cerca de quince vecindarios, invisibles para un forastero, pero claramente definidos en la mente de los aldeanos. Antes de que el agua corriente fuera introducida en la aldea (unos doce años atrás), había una fontaine [fuente] pública en cada barrio, donde las mujeres se reunían para lavar la ropa y colectar agua para sus hogares. Cada mañana, la esposa del panadero de la aldea conduce una camioneta por la ciudad, haciendo un alto en cada barrio de manera que las mujeres del vecindario puedan reunirse para comprar el pan y conversar entre sí. La esposa del panadero actúa como una portadora de “chismes”, esparciendo las noticias entre los vecindarios. Al atardecer, aquellas mujeres que no tienen sus propias vacas se reúnen en el establo de la mujer más cercana que sí las posee para comprar su provisión diaria de leche. Las mujeres raramente visitan las casas de otras o dejan su propio vecindario, excepto para visitar a los familiares más cercanos. Sin embargo, en el curso de su trabajo diario, mantienen un contacto cercano entre ellas. Además, todas las casas de la aldea están construidas bastante cerca de la calle y próximas entre sí, con la cocina en la parte frontal. Las mujeres mantienen un ojo en la ventana durante la mayor parte del tiempo posible, de manera que poco de lo que sucede en el vecindario pasa sin su conocimiento.

En contraste con las mujeres, cuyas actividades e intereses están centrados casi exclusivamente en el hogar y el vecindario, los hombres trabajan en los campos periféricos o en las fábricas de las afueras de la aldea, de manera que gastan la mayor parte de su tiempo lejos sus hogares. Ellos se reúnen en la cafetería o en la fragua en el centro de la aldea, eligiendo a sus socios y relaciones más cercanas de la aldea en toda su extensión, y formando grupos generacionales informales con una ocupación en común. Sus grupos son por lo tanto más homogéneos que los de las mujeres. Mientras que las conversaciones y los intereses de las mujeres se restringen en gran parte a los individuos y actividades locales, las conversaciones de los hombres a menudo incluyen discusiones alrededor de temas que se extienden más allá de la aldea: políticas regionales y nacionales y polución industrial, por ejemplo. Estas discusiones, debería notarse, casi invariablemente terminan con un encogerse de hombros y un “C’est la vie, quoi. Qu’est-ce que vous voulez?” ¨[“Así es la vida, ¿no?  Qué se le va a hacer.”] Ellos están interesados en el mundo exterior, pero lo toman con extrema resignación y fatalismo.

Hay varias asociaciones voluntarias masculinas en la aldea: sociedades de caza y pesca, un capítulo local de FNSEA (sindicato de campesinos), así como el cuerpo gobernante de la aldea: el consejo municipal. Sin embargo, la mayoría de los miembros de las sociedades de caza y pesca viven fuera de la aldea; sólo unos pocos aldeanos pertenecen al mismo. Todos los granjeros de la aldea pertenecen al sindicato de campesinos, y, como organización campesina, es bastante prestigiosa. Pero sus miembros confiesan en privado que el capítulo local tiene muy poco poder, y las organizaciones regionales y nacionales son controladas por “agricultores capitalistas” que tienen poco interés en los problemas de los trabajadores campesinos. Sólo un hombre, nativo de una aldea vecina que se unió a G.F, parece tener un interés activo en estas organizaciones. Él posee un cargo en cada una de las tres y dice estar sinceramente interesado en el servicio público. No es muy querido por los aldeanos, quienes dicen que no es lo suficientemente sérieux [serio]. Fue derrotado cuando se postuló para un cargo en el concejo municipal. Esta organización también, es de alto prestigio. Los días en torno a las elecciones se crea un gran entusiasmo, lo cual posibilita un juicio público del prestigio de los candidatos. Poco después de las elecciones, sin embargo, el interés disminuye. El organizador del partido de la oposición en 1971, uno de los más fieros contendientes de esas elecciones, dijo en privado, once meses después, “Oh, bah, el concejo municipal, sólo nos hemos reunido dos veces desde las eleccione: una para elegir al alcalde y otra para darle al pastor [religioso] un vin d’honneur cuando fue transferido. El alcalde toma todas las decisiones sin consultar a nadie y de todas formas, realmente no existen decisiones importantes que tomar.”

La cafetería es frecuentada regularmente sólo los domingos por la tarde, cuando un grupo de hombres mayores se reúne a jugar a las cartas. Otros hombres hacen un alto allí durante la semana, pero está generalmente deshabitado, y algunos sencillamente no van nunca.

Aunque los hombres pertenecen a la esfera de la aldea, la orientación doméstica de la aldea, tanto social como económicamente, significa que sus vínculos familiares son muy fuertes. Sus actividades en la esfera de la aldea determinan hasta cierto punto el prestigio propio de ese hombre, y por lo tanto el de su familia. Pero él es, sobre todo, cabeza de su familia. La última palabra, al menos en teoría, es la suya. Él pasa relativamente poco tiempo allí, dejando las cosas en manos de su esposa. Se mantiene de alguna manera como una figura distante de autoridad.

Hombres y mujeres juegan roles complementarios en G.F. La familia es, para los aldeanos, una unidad inviolable, tanto ideológica como económicamente. El divorcio no es tolerado, y los individuos solteros son raros y tratados con ambivalencia. El prestigio está ligado a la familia, no a los individuos. Todos los eventos importantes de la vida (bautismo, casamiento, funerales) están marcados por elaborados banquetes en famille.

Especialmente en las familias campesinas, pero también en las familias de trabajadores fabriles, hombres y mujeres realizan funciones económicas diferentes pero absolutamente esenciales. Los emprendimientos agrícolas, ganaderos y comerciales en la aldea son emprendimientos familiares, requiriendo el compromiso a tiempo completo de ambos marido y mujer, así como de los niños. En las granjas, hay un poco de infracción de la división sexual del trabajo: los hombres ayudan a las mujeres en el establo durante las temporadas más flojas, y las mujeres ayudan a los hombres en el campo durante las laboriosas temporadas de cosecha y producción de heno. Los hombres tienen un disgusto importante por el trabajo en el establo, considerándolo el trabajo más humillante de los que hacen. Al mismo tiempo, las mujeres se quejan vehementemente del trabajo en el campo. Es evidente que un hombre en el establo está ayudando a su esposa y está bajo sus órdenes, mientras que una mujer en el campo está ayudando a su esposo y está bajo las órdenes de éste. Ningún hombre ayuda a su mujer con el trabajo doméstico o el cuidado del jardín (excepto ocasionalmente con el uso de la azada), y las mujeres nunca ayudan con el labrado de la tierra o la plantación de los cultivos. Las mujeres de las familias fabriles tienen, como mucho, sólo una vaga noción del tipo de trabajo que sus hombres realizan.

Debido a que la herencia es bilateral, ambos cónyuges traen bienes a la familia. Por esta razón, los matrimonios intra-aldeanos han sido comunes y aún representan cerca del 33 por ciento de todos los matrimonios de la aldea. La tierra permanece a nombre de su heredero, incluso después del matrimonio. Debido a que los aldeanos que no se dedican a trabajar en el campo prefieren alquilar su tierra a familiares cercanos, un campesino puede ganar acceso a más tierras tanto a través de los familiares de su esposa como de los suyos.

Mientras que ambos hombres y mujeres son obviamente interdependientes, las mujeres parecen tener más éxito que los hombres en mantenerse solas. La proporción de viudas que vuelven a casarse es de lejos mucho más bajo que el de los viudos, según los archivos de la aldea en los últimos setenta años. Además, hay cerca de veinte viudas en la aldea (en comparación a las sesenta parejas en matrimonio) frente a sólo siete u ocho viudos. Mientras que esto está en parte vinculado a factores demográficos, lo que nos interesa aquí es comparar las actitudes hacia la viudedad por parte de hombres y mujeres. Los viudos se quejan de vivir solos y buscan activamente volver a casarse, mientras que las viudas no lo hacen. Las actitudes de los aldeanos hacia hombres y mujeres que viven solos también contrastan considerablemente. Una joven aldeana quedó viuda cuando su esposo, campesino, murió en un accidente. Muy admirada por los otros aldeanos, ella continuó con el trabajo en el campo, aunque tuvo que alquilar parte de las tierras y depende de la ayuda de otros campesinos de la aldea. Por otro lado, hay un soltero de mediana edad que trabaja en sus cultivos con la ayuda de sus padres. Los aldeanos desaprueban su soltería, diciendo que pese a que él ha dado forma a una granja muy próspera, ellos no ven cómo va a ser posible para él continuar con su trabajo cuando sus padres sean demasiado mayores y ya no puedan ayudarlo. Cuando un trabajador fabril con varios hijos adolescentes quedó viudo, su madre, ella misma viuda, fue a vivir con él para ocuparse del apartado doméstico. Ella se lamentó bastante de tener que renunciar a su propia vida y recibió la simpatía de todos los aldeanos, quienes de todas formas reconocieron que ella no tenía otra opción salvo la de llevar a cabo sus responsabilidades. Una mujer espera, y se espera de ella, ser capaz de arreglárselas por su propia cuenta; lo mismo no vale para el hombre.

En sus relaciones con los hombres, las mujeres parecen ser sumisas y respetuosas. Si por circunstancias excepcionales, una mujer se encuentra a sí misma en un lugar de dominio masculino – en la oficina del alcalde durante las elecciones, por ejemplo – ella es visiblemente cohibida, reservada, e ignorada por los hombres. Si un grupo de hombres está en su casa, ella les sirve comida o bebida silenciosamente y luego se retira a una esquina a observar y escuchar. Es improbable que ella deje la habitación, pero es igualmente improbable que participe. Incluso cuando su propio esposo es el único hombre presente, ella es propensa a permanecer silenciosa. Mis conversaciones con las mujeres, incluso con aquellas que eran muy honestas y obstinadas, usualmente terminaban cuando el marido llegaba al hogar. Él tenía permitido entrar en la conversación y siempre pareció asumir que yo estaría más interesada en hablar con él. Esta abierta deferencia no significa, sin embargo, que las mujeres estén necesariamente subordinadas. Las esferas masculinas y femeninas están definidas muy claramente, y un miembro de determinado grupo sexual simplemente no pertenece al dominio del otro. Además, la esfera masculina incluye el tratar con el mundo exterior, lo cual, por supuesto, incluye a los visitantes.

Uno se queda con una impresión muy diferente de las mujeres cuando éstas son observadas en una habitación de hombres, por un lado, y con un grupo de mujeres, por otro. La mujer en la esquina es una aguda observadora; lo que ella ve es luego reportado a otras mujeres en medio de un repiqueteo de lenguas, sacudidas de cabezas, o un vendaval de risotadas. Las mujeres no están particularmente impresionadas por los hombres, a pesar de la imagen que proyectan públicamente en su presencia. Si un hombre se tropieza con un grupo de mujeres en la calle o en el establo, ellas invariablemente se dispersan, se callan, o cambian de conversación, perdiendo su entorno femenino. De este modo, mientras que las mujeres son observadoras pasivas del mundo masculino, los hombres tienen aún menos acceso al mundo femenino. El comportamiento de las mujeres, y la tendencia de los hombres a “encargarse” en público, previene a estos últimos de tener acceso a la misma cantidad de información que poseen las mujeres. Debería señalarse que las mujeres no están poderosamente interesadas en la atención masculina o en sus asuntos. En las reuniones de familias extendidas o de grupos mixtos, los sexos se segregan mutuamente, y hay poco intercambio entre hombres y mujeres. Cada uno prefiere, y se siente más cómodo, en la compañía de su propio grupo sexual.

Las mujeres de G.F. ejercen considerable poder en ambos el ámbito hogareño y la comunidad en su extensión. Para ilustrarlo, observaremos varios ejemplos específicos de procesos de poder, primero en el hogar y luego en la aldea.

Como ha sido señalado anteriormente, las mujeres son responsables de establecer y manejar el presupuesto familiar. Esto incluye la responsabilidad de asignar la paga diaria a sus esposos. Mme Gabin, la esposa de un trabajador fabril, no le otorga a su esposo ninguna parte de su salario, de manera que él tiene que hacer pequeños trabajos, changas y chapuzas para ganar algo de dinero con el que pagar sus cigarrillos y una ocasional visita a la cafetería. Mientras que la mayoría de las esposas son más generosas, ellas no encuentran nada particularmente extraordinario en ese comportamiento. Los hombres refunfuñan en privado acerca de las negativas de sus esposas a darles más dinero, pero esto es reconocido como su prerrogativa. En adición, ellos son reticentes a quejarse en voz alta, ya que ello implicaría que no están de hecho en completa autoridad en el hogar. “Mi esposa,” dijo un campesino, “es mi ministro de finanzas.” “Yo soy el que aporta el dinero en el hogar,” añadió, “a pesar de que algunas veces necesito pedir que me vuelvan a dar algo de éste”. Idealmente, las decisiones más importantes en relación a la administración del presupuesto familiar son tomadas de forma mutua, siendo el esposo la autoridad definitiva. Cuando hay un desacuerdo, sin embargo, es la mujer la que usualmente gana, a pesar de que la decisión final es atribuida a un cambio de opinión del esposo. Por ejemplo, Mme François quería una motocicleta para arrear las vacas que pastan. Ella discutió prolongadamente con su marido, quien insistió en que ellos no podían costearlo por al menos un año. Dos semanas después, ella tenía su motocicleta. Cuando le pregunté a ella respecto a eso, ella podría haber dicho perfectamente: “Yo controlo el presupuesto y era lo que yo quería, así que lo siento por él, salí y la compré”. Pero en cambio, ella me guiñó el ojo y simplemente dijo, “Pierre cambió de opinión.”

Las mujeres son también responsables de la crianza de los niños. Los hijos de campesinos de ambos sexos trabajan con su madre, hasta que los chicos se convierten en los asistentes de sus padres en la adolescencia. Las mujeres casadas con trabajadores fabriles tienen menos contacto con sus hijos, ya que poco o ningún trabajo se les exige en el hogar. En ambas familias, tanto campesinas como fabriles, los niños/as son considerados importantes, pero las familias no giran en torno a ellos, y las mujeres no están notablemente centradas en ellos. Son las madres, de todas formas, quienes ayudan a sus hijos con la tarea escolar y las que son responsables de la guía y la disciplina diarias. Los padres actúan como figuras de disciplina y son bastante distantes con sus hijos. Hasta hace poco, por ejemplo, las niñas se dirigían a sus padres con la voz formal vous. El control de la madre sobre sus hijos es acentuado por la posición de autoridad de su padre. La amenaza de apelar a la más bien aterradora figura de autoridad en la persona de “papá” es generalmente suficiente para mantener a los niños a raya cuando sus propios gritos y azotes no bastan.

Las decisiones importantes relativas al futuro de los hijos son tomadas de forma similar a las decisiones sobre el presupuesto familiar. En los arreglos matrimoniales, el padre teóricamente tiene la última palabra. Un joven que quiere casarse con una muchacha debe primero ganarse el permiso para visitar su casa (entrer). Esto es organizado a través de un intermediario, usualmente un individuo relacionado por matrimonio o sangre con ambos futuros novia y novio. El permiso de entrada (entre) es otorgado por el padre de la novia y es equivalente al permiso de casamiento.

Claire Nicolas, de 22 años, hija de un campesino, conoció a un joven de las afueras de la aldea y quería casarse con él. Su padre no estaba muy entusiasmado con el emparejamiento, pero su madre estaba rotundamente opuesta, diciendo que ella aún necesitaba la ayuda de Claire en casa. Cuando Claire finalmente se marchó para casarse, su madre se negó a asistir a la boda o a dejar que otro miembro de la familia asistiera. Más tarde, cuando Claire volvió de visita a su hogar, su madre la echó de la casa. Según una mujer de la aldea, el padre de Claire habría aceptado el matrimonio de su hija si no hubiese sido por la oposición irrazonable (en su opinión) de su esposa. Esto fue corroborado por los comentarios que me hicieron M. y Mme. Nicolas.

Christine Motelet (20), otra hija de campesinos, tenía como pretendiente a un joven campesino de una aldea vecina. Su padre estaba a gusto con la pareja y le dio permiso de visita (entre) luego de pocos meses. Christine, sin embargo, conoció a un trabajador fabril, Gilbert, que le gustaba más. Su padre estaba violentamente opuesto a este emparejamiento, pero su madre no. Al cabo de cinco meses, él le otorgó el permiso de visita a Gilbert. Para su boda, Christine y su madre querían organizar dos banquetes pero no estaban seguros de si “papá” consentiría. M. Motelet me explicó innumerables veces que la vieja costumbre de celebrar dos o tres banquetes de boda era muy linda, pero simplemente demasiado costosa en estos tiempos; Christine tendría sólo uno. Poco antes de la boda, él empezó a explicar que, después de todo, “tu hija no se casa todos los días… así que deberíamos hacerlo bien”. Hubo dos banquetes. No se hizo ninguna referencia  a la opinión de Christine o su madre en el curso de las conversaciones que tuve con M. Motelet, y a pesar de que ellas estaban presentes, permanecieron calladas.

No sé exactamente qué medios son utilizados para persuadir, intimidar o convencer a los hombres para que acepten las opiniones de sus esposas en este tipo de procesos de toma de decisiones. Claramente, la esposa está en control del hogar; es su esfera de actividad e interés, y ella es selectiva en la información que comparte con su esposo sobre ello. La dependencia de éste para con ella a la hora de manejar el hogar, administrar las finanzas, y, en el caso de los campesinos y comerciantes, contribuir a la empresa familiar, le otorga a ella una base poder importante sobre la cual operar.

Debido a que las actividades en la esfera de la aldea están estrechamente vinculadas a la unidad doméstica, el poder de la mujer se extiende más allá de ésta, a pesar de que, como se señaló más arriba, la esfera de la aldea es de dominio masculino. Por ejemplo, el Concejo Municipal está conformado por hasta nueve hombres, elegidos cada seis años. Inmediatamente después de las elecciones, ellos eligen a un alcalde de entre sí. Debido a que el gobierno francés es extremadamente centralizado, el Concejo Municipal está en realidad bastante constreñido en lo relativo a su poder de toma de decisiones. Además, todas sus decisiones deben ser aprobadas por el prefecto del départament, quien también tiene poder para suspender o disolver los concejos municipales. Un asiento en el concejo, de todos modos, es una marca de alto prestigio. Es por lo tanto significativo que cinco de los nueve asientos estén ocupados por campesinos y los otros tres por hombres con ocupaciones relacionadas a la agricultura (i.e., inspector de la producción lechera, vendedor de equipos agrícolas). Dos partidos aparecen siempre representados en las elecciones, pero éstos corresponden a facciones de la aldea y no tienen lazos con partidos nacionales. Sus nombres (en 1971: d’Action Sociale, y de Renouveau et d’Entende Communale) sólo de manera muy vaga sugieren las políticas del partido. No se ofrecen plataformas, y lo que es de importancia es el prestigio de los candidatos. Como se señaló más arriba, el prestigio recae sobre las familias, no sobre los individuos, de modo que es ventajoso para una mujer que su esposo integre el Concejo. Debido a la falta de poder real en la tomas de decisiones, no es de su especial interés el ser concejal ella misma.

Dentro de los límites a priori respecto a quién puede ser considerado seriamente para un asiento (i.e., ni trabajadores fabriles ni comerciantes), las mujeres juegan un poderoso rol para influenciar la composición del concejo. La esposa de un granjero puede o bien empujar a su marido a la arena política, o bien, al demandar más ayuda por parte de él en el hogar y negarse a ayudarle en su trabajo, prevenir que éste entre en la carrera. En adición, debido a la bien organizada red de comunicaciones entre mujeres, ellas son capaces de influenciar en la opinión pública y de esta forma afectar el resultado de las elecciones. La esposa de un contendiente en las elecciones de 1971 dijo:

Las mujeres pelean entre ellas para meter a sus esposos en el Concejo Municipal … hay tías y sobrinas que ya ni siquiera se hablan entre sí debido a que,  ya sabes, siempre es entre dos grupos, entonces se divulgan rumores desagradables y todo eso, así la gente vota por un grupo u otro.

Incluso las mujeres cuyos esposos no participan activamente en las elecciones “pelean”. Justo antes de las elecciones de 1971, la esposa de un trabajador fabril divulgó el rumor de que uno de los contendientes había acosado a su hija. Este hombre, un granjero, miembro de una antigua familia de la aldea, y parte de la lista presentada por el grupo que ganó más asientos en el Concejo, fue derrotado.

Cada partido decide de antemano cuál va a ser su candidato para alcalde. La posición de alcalde involucra el más alto prestigio, pero debe pasar buena parte de su tiempo atendiendo a detalles administrativos en la oficina del alcalde, en reuniones en la capital cantonesa y demás. Parece haber cierta dificultad en encontrar a alguien que esté dispuesto a llevar a cabo ese trabajo. Las mujeres sin lugar a dudas tienen una gran influencia aquí. Si bien la mayoría de las mujeres quieren o se entusiasman con la idea de que sus maridos obtengan un asiento en el concejo, son bastante reticentes a hacer los sacrificios necesarios para que sus esposos puedan pasar tanto tiempo fuera de la empresa familiar. La mujer de uno de los contendientes para un asiento en el concejo dijo en una de nuestras entrevistas que ella amenazó a su marido con el divorcio si se postulaba a sí mismo para alcalde. Más tarde, ella dijo que sólo bromeaba, pero que “en serio, él ya rara vez está en casa ahora y si él fuera alcalde, no nos quedaría nada de vida en familia. No podía aceptar eso” (Karnoouh y Arlaud 1973). Mme. Rouyer, la esposa del anterior alcalde, dice que su marido estaba muy ocupado durante los dieciocho años en los que ocupó el cargo. “No era nada bueno”. Pero fue rápida al señalar (en privado) que ella no controla a su marido de la misma forma que otras esposas de la aldea controlan a los suyos. Ella no es nativa de la aldea. La esposa del presente alcalde, Mme. Lajoux, se queja vehementemente del hecho de que él pase tanto tiempo en sus obligaciones. Ella es alemana y, como Mme. Rouyer, vino a la aldea luego de su casamiento. Ninguna de las dos mujeres, particularmente Mme. Lajoux, está completamente integrada en los grupos de mujeres y entonces, presumiblemente, carecen del soporte de otras mujeres y de los recursos efectivos para “controlar” las actividades de sus esposos.

Hace diez años, seis de los campesinos de la aldea formaron una cooperativa de máquinas (CUMA), como habían sido urgidos a hacerlo por el gobierno nacional desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Han inusualmente exitosos (a diferencia de la mayoría de las CUMAs en Francia), ya que no sólo poseen en común una gran parte de la maquinaria agrícola, sino que además trabajan conjuntamente durante las temporadas de mayor trabajo, labrando los campos de cada hombre por turnos. Se quejan constantemente de la organización. “Es demasiado democrática, necesitamos un jefe, pero nadie quiere dejar a otro ser jefe o tomar la responsabilidad él mismo, entonces lleva mucho tiempo decidir cualquier cosa, o simplemente no decidimos nada”. Ellos dan dos razones convincentes para no abandonar el esfuerzo: primero que el costo de la maquinaria es prohibitivo para los agricultores ordinarios, y segundo que ellos no quieren que sus esposas tengan que volver a trabajar en los campos. Un granjero sólo necesita ayuda extra en los campos durante las temporadas más laboriosas. Se tiene la expectativa de que las esposas de los granjeros que no pertenecen a la CUMA, y todas las mujeres en los días pre-CUMA, provean esa ayuda. Pero éste nunca ha sido, estrictamente hablando, trabajo de mujeres. Las mujeres son bastante francas al considerarlo el trabajo más pénible que tuvieron (o tienen) que hacer; es sucio, agotador, y demandante, y resienten hacerlo, a pesar de que antes de la CUMA, debía hacerse. Sería más preciso, entonces, expresar la segunda razón para el éxito de la CUMA como el rechazo de las mujeres a seguir trabajando en los campos. De hecho, las mujeres de socios de la CUMA hablan muy bien de dicha organización, nunca la critican. Está claro que ellas alientan (como mínimo) a sus esposos para que hagan lo posible para que continúe funcionando.

Como último ejemplo de algunas de las maneras en las que las mujeres influyen en la forma que toma la esfera masculina de la aldea, podemos considerar su rol en la transición de la granja a las fábricas. Esta tendencia puede ser explicada globalmente por la situación económica en Francia, pero es difícilmente explicación suficiente para la decisión individual de dejar de trabajar en el campo. Hay muchos factores involucrados, pero la contribución de la esposa es claramente de suma importancia. Debido a que el éxito del trabajo agrícola depende en gran medida de su disposición a realizar contribuciones extensas de trabajo, así como su delicado papel en el manejo de las finanzas, si ella no está completamente comprometida a hacer que la granja funcione, sólo puede fracasar. Ella, por lo tanto, tiene el poder suficiente para hacer que su marido abandone el trabajo agrícola. Al hacerlo, asegura a su familia un ingreso estable y bien regulado, acompañado de otros beneficios alternativos. El ingreso de un trabajador fabril es, de media, menor que el de un granjero, pero este último es más dependiente. De mayor importancia es que sea su marido un granjero o un trabajador fabril, él debe trabajar. Ella, por otra parte, al empujar a su marido hacia las fábricas, se libera a sí misma de una gran cantidad de trabajo, especialmente del cotidiano y monótono trabajo del cuidado de los animales. Por otro lado, dejar el trabajo de granja constituye una caída considerable en el prestigio de dicha familia en la comunidad. Éste es un dilema que cada mujer – y cada familia – resuelve para sí misma según sus propias circunstancias. Virtualmente todas las muchachas jóvenes de la aldea dicen rechazar por completo casarse con granjeros. Pocos de los muchachos jóvenes de la aldea son tan desdeñosos hacia trabajo en la granja, pero los hijos de agricultores son ambivalentes sobre sus futuras ocupaciones. Ellos citan la reputada dificultad de encontrar a una muchacha que quiera ser la esposa de un granjero como su única razón para tal indecisión. Por lo tanto las mujeres, dentro de los límites marcados por condiciones económicas externas, tienen un alto grado de influencia en los patrones ocupacionales, bastante exteriores a su esfera doméstica.

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2 respuestas a Formas de poder femenino y el mito de la dominación masculina en las sociedades campesinas (II)

  1. El enlace a la primera parte esta mal no lleva aninguna parte

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