Formas de poder femenino y el mito de la dominación masculina en las sociedades campesinas (I)

peasants1

En esta entrada les presento la traducción del artículo académico “Formas de poder femenino y el mito de la dominación masculina: un modelo de interacción femenina/masculina en la sociedad campesina” escrito por la antropóloga Susan Carol Rogers y publicado en la revista académica American Ethnologist.

Se trata de un artículo de crucial importancia para entender las formas de poder femeninas. Debido a que se trata de un poder no legislado ni institucionalizado, resulta muy difícil de examinar, pero eso no hace que sea menos real y en algunos casos pueda llegar a imponerse al masculino.

El modelo de Rogers se aplica principalmente a las sociedades campesinas, debido a que las decisiones importantes que afectan a la aldea se toman fuera de la comunidad (por parte del gobierno regional o central, por ejemplo), dejando a los varones con un poder simbólico pero poco real, frente a un poder femenino más informal pero efectivo, ya que el ámbito doméstico es el principal centro de producción y consumo de estas sociedades.

Si bien el modelo de Rogers puede no ser aplicable fuera del campesinado, hemos de recordar que a lo largo de la Historia la mayoría de las sociedades han estados compuestas por campesinos en buena parte del planeta, por lo que su importancia no debe ser desestimada.

En esta primera entrada se presenta la tesis principal y una revisión de la literatura. En una segunda entrada se tratará la otra mitad del texto de Rogers, donde encontraremos un ejemplo concreto basado en una aldea campesina francesa.

La traducción del artículo ha sido realizada por Marcos Cueva. Yo me he limitado a revisar la traducción y a realizar algunos retoques estilísticos. Todo el mérito es del traductor, y cualquier falta o error que encuentren son míos.

Dado que se trata de un artículo extenso, he resaltado las partes que considero más importantes para quienes deseen realizar una lectura rápida.

Formas de poder femenino y el mito de la dominación masculina: un modelo de interacción femenina/masculina en la sociedad campesina

SUSAN CAROL ROGERS

Traducido por Marcos Cueva

Toda actitud, emoción y pensamiento, tiene un equilibrio opuesto que no puede verse, pero que permanece allí todo el tiempo. Lleva cualquiera de ellos a su extremo y… te encontrarás con su opuesto (Lessing 1969:601)

Introducción

[En todas las sociedades] el hombre usualmente ejercita el control… las simples realidades fisiológicas de existencia hacen de los roles [femeninos] secundarios a aquellos de los masculinos en el proceso de toma de decisiones en cualquier nivel superior al meramente doméstico… [En las sociedades no primitivas] por buena parte de su vida cualquier mujer puede ser libre de tomar decisiones que tengan algún impacto en el mundo masculino. Es curioso, por lo tanto, que esto no se haya sentido y manifestado en mayor medida. Incluso con sus oportunidades incrementadas, el rol de la mujer continúa aún siendo secundario (Fox 1969:31-32).

Un análisis de 46 estudios sobre comunidades campesinas revela una recurrente estructura social androcéntrica, con el control y la autoridad en las manos de los hombres (Michaelson and Goldschmith 1971:330).

Que las mujeres jueguen un rol subordinado virtualmente en todas partes constituye un supuesto, implícito o explícito, muy recurrente en la literatura antropológica. Si esto se debe al “androcentrismo” de los antropólogos, o al de las sociedades humanas en general, sigue siendo una pregunta abierta. Este trabajo representa un desafío a este tipo de supuestos, preguntándose qué forma toma este “androcentrismo” en las sociedades tradicionales, cuál es la verdadera posición de la mujer, y como ambas cosas se relacionan. Antes de proceder, debería señalarse que la base teórica para las suposiciones de androcentrismo pueden encontrarse, en parte, en la manera en que problemas relacionados con el poder, el control, y la toma de decisiones son abordados convencionalmente en la antropología.

La antropología política es la subdisciplina a la cual le conciernen más directamente estos problemas. Los dos mayores intereses que se pueden encontrar en la literatura de este campo son: el análisis de “la taxonomía, estructura, y funcionamiento de los sistemas políticos,” y, más recientemente, “el estudio de los procesos políticos” (Swartz 1966:1). Swartz, en su introducción al libro de texto Political Antropology, explica que “el estudio de la política es el estudio de los procesos involucrados en la determinación e implementación de objetivos públicos y la diferencial obtención y uso del poder por los miembros del grupo interesados en el logro de esos objetivos” (1966:7). Definiendo el proceso político, él ve como su primera característica que éste es de naturaleza “pública, en vez de privada” (1966:4). Citando a Talcott Parsons, mantiene que el “poder” debe ser entendido como algo que descansa en la legitimidad” (1966:14). Está claro que lo que es de interés para estos académicos es un tipo especial de proceso político. Ellos incluyen por definición sólo aquello que es visible en estructuras de poder formales o institucionalizadas.

Cohen amplía estos conceptos al distinguir entre poder y autoridad (poder legítimo), notando que no todo el poder en un grupo puede ser contenido en estructuras de autoridad (1970:491). Es en gran parte por esta razón, sugiere él, que los antropólogos políticos han trabajado alrededor de una definición del sistema político centrada en los rasgos estructurales del sistema de autoridad, en vez de en la naturaleza del acto político (1970:487). Al mismo tiempo que reconoce la importancia de las estructuras de poder, él sugiere que la relación entre ambos puede verse en el declive o la ruptura de la autoridad, o en el proceso de legitimación del poder (1970:492). Por consiguiente él ve el poder en términos de, y subordinado a, la autoridad.

En la mayoría de las sociedades, los hombres evidentemente tienden a monopolizar las posiciones de autoridad y están más involucrados en instituciones políticas formales de lo que lo están las mujeres (Stephens 1963:289). Si los antropólogos limitan sus intereses al nivel formal de los procesos políticos, asumiendo que éste es el más importante, los hombres obviamente parecerán ser dominantes, y las mujeres, por su parte, relativamente carentes de poder. Este patrón dominación/subordinación gana más credibilidad por el hecho de que en muchas sociedades, ambos hombres y mujeres se comportan como si los hombres fuesen dominantes y como si los procesos formales de toma de decisiones, controlados por hombres, fuesen de hecho los más importantes (Stephens 1963:289:290). Los antropólogos generalmente parecen haber aceptado este comportamiento al pie de la letra, y nosotros nos quedamos presuponiendo una dominación masculina virtualmente universal y una preocupación por los aspectos formales del poder.

El resultado es la formulación de modelos del poder que no dan cabida a la introducción del poder informal. Recientemente, un número importante de investigadores se han interesado en los roles de las mujeres, encontrando que éstas, de hecho, frecuentemente ejercen una cantidad de poder significativa, en el sentido de tener una considerable influencia, o control, sobre procesos de toma de decisión importantes. Esto es de alguna manera problemático, porque el poder femenino usualmente no involucra autoridad o legitimación. Esto se debe a que las mujeres tienden a ejercerlo sin participar directamente en instituciones políticas formales, su poder no encaja en modelos anteriores y tampoco ha sido explicado en términos de procesos de poder a un nivel social mayor. En un intento de revestir el desequilibrio en la información existente orientada a lo masculino, los estudiantes del poder femenino han tendido a ser pronunciadamente descriptivos, y a rechazar rotundamente, o a tratar como un presupuesto relativamente menos interesante, las formas masculinas de poder y las ideologías culturalmente elaboradas sobre la dominación masculina.

El propósito de este trabajo es mostrar las dimensiones estructurales más grandes del poder de las mujeres, usando la sociedad campesina como ejemplo. En esencia, demostraré que, pese a que los hombres campesinos monopolizan las posiciones de autoridad y las mujeres muestran deferencia pública hacia ellos, y por lo tanto superficialmente parecen ser dominantes, ellos ejercen literalmente poco poder real. Lo de ellos es una autoridad pronunciadamente desprovista poder, a menudo acompañada de una sentida sensación de impotencia, tanto de cara al mundo en general como a la sociedad campesina en sí. Por otro lado, en el contexto de la sociedad campesina, las mujeres controlan al menos una amplia porción de importantes recursos y decisiones. En otras palabras, si limitamos nuestra investigación al poder relativo real de campesinos hombres y mujeres, eliminando por un momento aquellas fuentes de poder del mundo exterior las cuales están más allá del alcance de ambos campesinos y campesinas, las mujeres parecen ser generalmente más poderosas. Al mismo tiempo, el poder “simbólico” del  hombre no puede ser desestimado, ni tampoco puede ser dejado sin explicar.

Argumentaré, por lo tanto, que una relación de poder no jerárquico entre las categorías “masculino” y “femenino” es mantenida en la sociedad campesina a través de la simulación de un “mito” de dominación masculina. Tomando el punto de vista de Leach, asumo que el mito es la expresión de una idea la cual puede demostrarse factualmente incorrecta. Mientras que éste puede constituir una parte significativa del sistema de creencias de quienes lo perpetúan, “la verdad que expresa no se relaciona con los hechos ordinarios del mundo y de las cosas del día a día” (Leach 1969:170). De este modo, uno no puede entender la significación de un mito si es tomado como la expresión de una idea literalmente creída que define, de una manera muy directa o completa, el comportamiento ordinario. Para entender esta significación, un mito debe ser observado en el contexto comportamental e ideológico más amplio de que forma parte. El “mito” de la dominación masculina al cual me refiero está expresado, no en leyendas y fábulas, sino en patrones de deferencia pública hacia el hombre, así como en su monopolización de posiciones de autoridad y prestigio. Estoy por lo tanto refiriéndome a un orden diferente de fenómenos de aquél al que Leach tenía en mente. Sin embargo, debido a que algunas de las características que él le atribuye al mito efectivamente describen el fenómeno de interés de este artículo, el término, utilizado en un sentido metafórico, es aplicable. Quiero decir que podría ser factualmente demostrado que la sociedad campesina no es dominada por el hombre. Es más, el “mito” de la dominación masculina paradójicamente sirve para ordenar las relaciones sociales en un sistema no-jerárquico. Por consiguiente, excepto por patrones específicos de comportamiento directamente vinculados con su expresión, el “mito” de la dominación masculina no determina directamente el comportamiento ordinario: los hombres en realidad no dominan, ni tampoco ambos hombres o mujeres creen literalmente que ellos sean dominantes.

La perpetuación de este “mito” es de interés para ambos campesinas y campesinos, porque otorga a los segundos el poder y control aparente sobre todos los sectores de la vida en la aldea, al mismo tiempo que entrega a las primeras el poder real sobre esos sectores de la vida en comunidad que pueden ser controlados por los aldeanos. Los dos grupos sexuales, en efecto, operan dentro de sistemas parcialmente divergentes en la manera de percibir ventajas, valores y prestigio, de manera que los miembros de ambos grupos se ven a sí mismos como los “ganadores” respecto al otro. Ni hombres ni mujeres creen que el “mito” es un reflejo certero de la situación real. Sin embargo, cada grupo cree (o aparenta creer, para evitar confrontación) que el sexo opuesto percibe el “mito” como una realidad, con el resultado de que cada uno está activamente ocupado en mantener la ilusión de que los hombres son, de hecho, dominantes.

Al proponer que la dominación masculina opera como un “mito” en las sociedades campesinas, no intento sugerir ni que esto sea un fenómeno existente sólo entre los campesinos, ni que las “sociedades campesinas” representan necesariamente un tipo homogéneo. Tentativamente, propongo que el “mito” de la dominación masculina ocurrirá dentro de un sistema particular integrado por los componentes descritos a continuación. Estos componentes son características fundamentales de una gran variedad de sociedades campesinas. Son también característicos de otros tipos de sociedades tradicionales. Si éstos son, de hecho, requisitos necesarios y suficientes para un modelo como el esbozado anteriormente y elaborado más abajo, entonces este modelo debería ser aplicable también a una variedad de sociedades no-campesinas. La limitación del presente estudio a sociedades campesinas es en función de mi propia experiencia investigadora; la posibilidad de una aplicabilidad más amplia queda para ser comprobada en futuros estudios, con lo cual los componentes sugeridos pueden ser refinados, adheridos, o descartados. Estos componentes incluyen: (1) Las mujeres son principalmente asociadas con lo doméstico. (2) La sociedad está orientada a lo doméstico; es decir, la esfera doméstica es de una importancia central, al menos socialmente, y tiene importantes implicaciones para la vida más allá de lo doméstico. (3) En la medida en que la distribución de derechos jurídicos y formales de otro tipo ocultan el poder de la mujer, la mayoría de las interacciones ordinarias e importantes ocurren en el contexto cara a cara de la comunidad, donde las relaciones y formas de poder informales son al menos una fuerza tan significativa en la vida cotidiana como las relaciones de poder formales y autorizadas. Este grupo de componentes asegurará a las mujeres el tipo de poder que se ilustrará más abajo. (4) Los hombres tienen mayor acceso a derechos jurídicos y otro tipo de derechos formales. (5) Ellos están ocupados con actividades que podrían ser consideradas al menos abiertamente importantes. Con estos dos componentes, tenemos la base para algún tipo de dominación masculina. Los cinco elementos juntos le otorgan a la dominación masculina una naturaleza mítica. La sensación subjetiva de falta de poder por parte de los hombres, aunque quizá no sea un componente imprescindible del sistema, realza tanto la relativamente poderosa posición de las mujeres como la naturaleza mítica de la dominación masculina.

(6) Hombres y mujeres son aproximadamente igual de dependientes el uno del otro económica, social y políticamente, o de otras maneras importantes. Este componente asegura que ambos grupos “jugarán el juego”, y que un relativo equilibrio de poder será mantenido. Debería notarse que la existencia de este componente vuelve impráctica la estrategia analítica de usar la autonomía como medida de poder relativo: debido a que los dos grupos sexuales son mutuamente interdependientes, ninguno puede ser más autónomo que el otro.

Antes de proceder con la discusión de este modelo, haré un breve repaso a parte de la literatura sobre los procesos de poder campesinos para solventar e ilustrar varias de las afirmaciones realizadas con anterioridad. Específicamente, de la existente literatura puede extraerse evidencia de lo siguiente: (1) El hombre campesino carece de poder real, (2) el comportamiento público sugiere que la sociedad es dominada por el hombre, (3) la extensión y tipos de poder ejercidos por la mujer campesina, en ambos el hogar y la comunidad, (4) el alto grado de interdependencia mutua entre campesinos y campesinas. El tercer punto es el más crucial, si vamos a refutar las nociones de que los hombres son universalmente dominantes y de que los procesos de poder pueden ser entendidos adecuadamente con la referencia exclusiva a los sistemas formales de autoridad. Por esta razón, y porque es lo que menos se ha establecido de manera correcta en la literatura campesina, se le dará la mayor atención aquí. Tomados en conjunto, estos datos sugieren severas contradicciones las cuales son explicadas en el modelo de arriba. De todas formas, si bien tienden a corroborar el modelo sugerido, estos datos están sacados de fuentes dispersas y fueron inicialmente generados en respuesta a una variedad de preguntas, diferentes de aquellas que son de interés aquí. Es por lo tanto evidencia insuficiente para afirmar o negar adecuadamente que el modelo propuesto es una conceptualización precisa. Por esta razón, datos etnográficos más detallados de G.F., una aldea campesina francesa, serán provistos, lo cual dará cohesión y además ilustrará los temas en la literatura. Éstos también proveerán ejemplos específicos de interacción masculina y femenina en los procesos de poder del hogar y la comunidad campesina. Con este cuerpo de datos a mano, podemos regresar al modelo propuesto para examinar en mayor detalle cómo funciona y comprobar su eficacia para explicar los datos disponibles.

Un modelo de este tipo debería incluir una dimensión dinámica: sus capacidades explicativas y predictivas son extremadamente limitadas si no sospechas, si este existe en un vacío estático, sin llevar una relación demostrable con otras situaciones estructurales. Evidencia de G.F., así como literatura y observaciones en sociedades industriales, indica que varios componentes del requerido sistema contextual bosquejado más arriba pueden haberse transformado de varias formas tras el proceso de modernización. Es por tanto de interés primordial investigar varias de estas posibles permutaciones, proyectando su impacto en la forma en la que opera el modelo. Esto será delineado brevemente como conclusión del estudio; investigaciones futuras de esta última hipótesis constituirán un test crucial para el modelo propuesto.

Procesos de poder entre los campesinos

En la búsqueda de información en la literatura campesina sobre los procesos de poder, uno choca con el recurrente tema de la sentida falta de poder en las sociedades campesinas. Éstas han sido definidas como sociedades o culturas “en parte”, perteneciendo a sociedades más grandes que incluyen no-campesinos. Se dice de los campesinos que suelen ser sumamente conscientes del hecho de que “el verdadero poder recae fuera de la comunidad campesina” (Foster 1965:301). Ellos “se sienten ‘dentro’ pero no ‘de’ la cultura que los engloba (Banfield 1958:4). Esta característica, se dice,  da pie a una orientación cognitiva que incluye sentimientos de desconfianza y hostilidad hacia el mundo exterior, individualismo o familismo, y fatalismo. Mientras que es sin duda imprevisor argüir que este complejo de sentimientos es tanto universal como exclusivamente presente en las sociedades campesinas, es reportado con la frecuencia suficiente como para justificar una elaboración aquí.

Banfield, en su análisis de una comunidad italiana del sur, sugiere que los aldeanos “actúan como si estuvieran siguiendo esta regla: maximiza la ventaja material y a corto plazo del núcleo familiar; asume que los demás harán lo mismo” (1958:83). Como resultado, dice, en semejante comunidad, no hay líderes ni seguidores. Nadie intentará expandir los intereses de la comunidad excepto en beneficio personal. Cualquier individuo o institución que clame otros motivos es vista como un fraude. Por lo tanto, nadie es proclive a delinear un curso de acción y persuadir a otros para seguirlo. Si uno va a ofrecer liderazgo, el grupo lo rechaza por desconfianza. Solo aquellas organizaciones que tienen apoyo exterior (por ejemplo, la Iglesia o el Estado) pueden existir, porque los campesinos carecen de la confianza mutua y de los motivos desinteresados y no materiales que son, en cierta medida, necesarios para mantener una organización. Los oficiales de dentro y fuera de la comunidad, se asume que son corruptos y egoístas (Banfield 1958:85-100). Por consiguiente los aldeanos no solo perciben su falta de poder de cara a la sociedad en general, sino que previenen activamente unos a otros la consecución de poder dentro de la comunidad.

Foster sugiere un modelo un poco diferente, “la imagen del bien limitado,” para explicar y predecir el mismo fenómeno observado en los campesinos de Latinoamérica y otros lugares. Aquello que es definido como “bien”, tanto tangible como intangible, es percibido como existente en una cantidad finita. Cada unidad social mínima lucha por poseer o controlar valores escasos, y prevenir que otros obtengan más de lo que por derecho les corresponde. La adquisición de riqueza, estatus, u otro “bien” por cualquier individuo o familia es visto como equivalente a privar a otros de su parte y está sujeto a severas sanciones. Las relaciones interpersonales están por lo tanto caracterizadas por la cautela, la reserva, la sospecha y la desconfianza. A ningún líder local se le da la oportunidad de desarrollarse, y el liderazgo de cualquier tipo es visto con sospecha (Foster 1965:293-315).

Un tema similar es resaltado por Bailey, Blaxter, J. Hutson, S. Hutson, y Layton en su colección de análisis “small politics”, sobre comunidades campesinas montañesas francesas, italianas y austríacas. Hallan que los miembros de estas comunidades están involucrados conscientemente en prevenirse unos a otros el “aventajarse”: “La gente quiere estar tan bien como su prójimo” (Blaxter 1971:121), ellos “compiten para permanecer iguales” (Bailey 1971:19). Hay una insistencia en el mantenimiento de una reciprocidad ecualizada en todos los niveles de la comunidad. Entonces,

la deferencia basada en diferencias de poder es raramente observada. Nadie ejerce peso ni se rebaja. La búsqueda de poder dentro de la aldea parece ser limitada deliberadamente, y las posiciones de liderazgo evitadas. Hay un rechazo común por la política … todos los que ‘juegan a la política’ y se posicionan a ellos mismos como líderes son sospechados de deshonestidad, engaño y la búsqueda del beneficio personal (S. Hutson 1971:44).

Aquí, nuevamente, hay evidencia de hostilidad y desconfianza hacia aquellos en el poder fuera de la comunidad, extendida para incluir a aquellos que tratan de tomar posiciones de poder dentro de ella.

Una última variación de este mismo tema puede encontrarse en el estudio de Blythe sobre una aldea inglesa. Uno de sus informantes remarcó que la sentida falta de poder podía atribuirse a la brutal existencia física del campesino:

Los hombres estaban abatidos porque las granjas tomaban cada ápice de su fuerza física y, debido a que ellos no tenían una gran fuerza mental debido a la falta de educación, quedaban despojados. Su fuerza física era su orgullo y tan pronto como los abandonaba se volvían tímidos … las cosas son diferentes ahora, claro, pero hay un legado de hombres molidos en las aldeas de Suffolk (1969:105).

Bailey y sus estudiantes dan evidencia de que las mujeres campesinas son tan insistentes en la igualdad y tan desconfiadas de aquellos que intentan obtener poder como lo son sus maridos y hermanos (e.g., S. Hutson 1971:46). Banfield y Foster, sin embargo, dan poca indicación de si sus datos sugieren de alguna manera que el “familismo amoral” o la “imagen del bien limitado” caracterizan a los campesinos y campesinas en general, o solo a los hombres. El informante (masculino) de Blythe distingue a las campesinas de los campesinos: “Las mujeres nunca perdieron su independencia durante los malos tiempos como los hombres … No encuentras mujeres en esta condición [abatidas], sin importar cuán dura sus vidas han sido” (1969:105). Este comentario sugiere que la orientación cognitiva de los hombres campesinos no debería ser asumida automáticamente como aplicable de la misma manera a las campesinas. Por esta razón, es interesante examinar cómo los estudiantes del campesinado han caracterizado la participación femenina en los procesos de poder campesinos.

En la mayor parte de la literatura donde se discute la figura de la campesina, se asume que ésta se encuentra subordinada al hombre. Los hombres tienen poco poder en la comunidad o el mundo exterior, pero ellos sí tienen poder sobre sus mujeres e insisten en preservar aunque sea eso. Recientemente, varios campeones de las causas de la mujer han querido mostrar cuánto se ha hecho sufrir a las mujeres campesinas a manos de sus hombres. Michaelson y Goldschmith, en un análisis de cuarenta y seis estudios sobre comunidades campesinas, mantienen que casi todas ellas están dominadas por los hombres (1970:330). Mientras que no hacen explícitos sus criterios para esta caracterización, plantean varias de sus correlaciones estructurales. Esto incluye una estricta segregación social y división del trabajo por sexo, con los hombres involucrados en un trabajo productivo de mayor prestigio, y ocupando posiciones de autoridad en el ámbito doméstico (en contraste con el rol “indulgente” generalmente ocupado por las madres) (1971:332-335).  Michaelson y Goldschmith pasan a describir las adversidades psicológicas de las mujeres en estas sociedades “androcéntricas”, particularmente aquellas que están organizadas patrilinealmente o patrilocalmente, donde las mujeres están más claramente subordinadas a los hombres (1971:335-347).

Una extensión de este acercamiento es adoptado en mucha literatura sobre la modernización de las sociedades campesinas. Aquí, también, las mujeres son retratadas como víctimas pasivas y sufridas, excluidas de cualquier cosa que pudiera considerarse como parte de un proceso de poder. Se considera que el proceso de modernización incluye la emancipación de la mujer de sus poco envidiables aprietos tradicionales. De esta forma, en su capítulo titulado “la manumisión de la mujer campesina”, Morin (1970:148-152) contrasta la vieja campesina bretona, que públicamente muestra deferencia y sirve a su marido, con las mujeres jóvenes que aspiran a la independencia y una vida burguesa: “El conflicto entre la nueva personalidad femenina y la condición campesina es infranqueable” (1970:452). A pesar de que él alude a la posibilidad de que la subordinación tradicional de la campesina pueda conceder “el poder detrás del trono”, que ella haya podido tener una posición de “responsabilidad” en tiempos de dificultades, “por ejemplo, cuando el marido se ha hundido en el alcoholismo” (1970:148), son sólo aquellas cada vez más numerosas “mujeres modernas” quienes buscan o encuentran cierto control sobre sus propias vidas.

Allauzen, en su análisis de la mujer campesina francesa, toma un punto de vista similar, retratando a la mujer moderna como envuelta en una lucha para romper las ataduras y escapar de sus roles tradicionales. Ella, como Morin (1970:152), ve que estas ataduras echan raíces primariamente en la difícil existencia material de la campesina: la interminable monotonía de demasiado trabajo y demasiados bebés en el matrimonio “basado en la autoridad masculina” (Allauzen 1967:186). Ella ve el liberarse del trabajo en la granja como el primer paso para la independencia (1967:passím).

En estas narrativas, así como en otras partes de la literatura sobre la modernización campesina (cf. S. Hutson 1971:58), las mujeres son retratadas como las modernizadoras, empujando y tirando de sus maridos para embarcarse en un nuevo estilo de vida. En la medida en que han tenido éxito, ellas deberían haber tenido algún grado de poder en el orden tradicional: de otro modo ellas no habrían podido tener los recursos para un cambio efectivo. Este punto lógico parece haber sido sumamente ignorado en el trabajo de Allauzen, Morin, y otros que han tratado este problema. En su entusiasmo por retratar a la mujer tradicional con conmiseración, y a sus hijas con admiración y apoyo, han fallado en ver cualquier cosa salvo a la generación más jóven como actores sociales con sus metas propias y sus formas de alcanzarlas.

En años recientes, ha habido un creciente interés por mirar a la mujer bajo una luz un tanto diferente. Dejando de lado por el momento el presupuesto de la literatura anterior de que las mujeres, al menos hasta hace poco, eran virtualmente y universalmente subordinadas, un número de investigadores han asumido que las mujeres, como a los hombres, son criaturas que establecen sus propias metas. Estos académicos se han preguntado qué formas de poder tienen las mujeres a su disposición, y cómo las usan para lograr sus objetivos.

Las mujeres, como cualquier persona, tienen metas y deseos que van más allá de su situación inmediata –ellas podrían buscar poder político, control sobre otras personas, seguridad financiera, amor, lo que sea. El comportamiento femenino, por tanto, debe ser interpretado en relación al objetivo hacia el cual las mujeres se dirigen – en cierta medida, sus acciones están destinadas a ser elegidas estratégicamente (Lewin, et. al. 1971:13).

Las mujeres se comportan como actores sociales, empleando cualquier recurso disponible para lograr sus propósitos… las mujeres, como los hombres, pueden usar su comportamiento “apropiado” para manipular gente u objetos en la consecución de metas inmediatas e individuales (Lewin, et al. 1971:18; cf. Nelson 1974:553).

En virtualmente todas las sociedades campesinas, los derechos formales del hombre parecen situarlo en una posición superior a la de las mujeres. Es decir, ellos monopolizan cualquier posición de autoridad disponible en la comunidad (ej., en el gobierno de la familia o de la aldea), y los patrones de deferencia pública de la mujer hacia el hombre son ubicuos. Estos investigadores rompen con el largo bagaje de trabajos anteriores al hacer en primer lugar una distinción entre los principios legales, concepciones culturales tradicionales (masculinas) de la mujer, y a veces patrones de comportamiento público, por un lado, y las realidades de los procesos de poder, por el otro. Debido a que las mujeres a menudo centran sus actividades en el ámbito doméstico, mucha de la atención se ha centrado en los procesos de poder en la unidad doméstica. En las sociedades campesinas, la unidad doméstica es de primaria importancia económica, política y social, de manera que el poder de una mujer en esta esfera se extiende a la aldea en general. En adición, se ha encontrado que las mujeres tienen vías significativas de poder, bastante más de las que tienen en sus hogares. Primero echaremos un vistazo a la evidencia, y la manera en que ésta se ha manejado, con respecto a la participación femenina en los procesos de poder en el ámbito doméstico, y luego examinaremos algo del trabajo que se ha realizado sobre la participación femenina en la esfera mayor.

Stephens, en su estudio transcultural sobre la familia, discute la prevalencia de costumbres de deferencia en las que las esposas toman “una postura general de respeto, sumisión y obediencia” hacia sus maridos. Él sugiere que estas costumbres implican el reconocimiento de que a la persona deferida se le deben privilegios especiales y portan un poder superior (1963:291). De todos modos, él sostiene posteriormente que la conexión entre deferencia y poder no es de ninguna manera una conexión clara. Mientras que una costumbre de deferencia es “una expresión ritual o una expectativa cultural de una relación de poder desigual … una regla cultural,” de ninguna manera refleja de manera precisa la relación de poder entre marido y mujer, esto es, “quien domina, y quien se somete; quien toma decisiones familiares … quien se sale con la suya en casos de desacuerdo; quien es servido; quien comanda; quien obedece, etcétera” (1963:296). Habiendo hecho esta distinción, él se opone a hacer un cálculo transcultural de las relaciones de poder marido/mujer por tres razones. Primero, él dice que mientras que las costumbres de deferencia son públicas, estandarizadas, y bien definidas, las posiciones reales de poder entre esposo y esposa a menudo no están gobernadas por reglas culturales y se expresan en la privacidad, de manera que están fuera del rango de información del etnógrafo. Además, debido a que no están gobernadas por reglas culturales, pueden variar considerablemente dentro los distintos individuos de cualquier sociedad dada. Su razón más convincente, relacionada con las dos primeras, es que los datos etnográficos sobre esta materia son escasos, vagos, y en general pobremente reportados (1963:296-297). En años anteriores, de todos modos, más datos etnográficos relevantes han ido surgiendo, los cuales sugieren que más allá de las reglas formales yacen patrones de comportamiento discernibles; la interacción entre el poder masculino y el femenino parece no estar más ni menos individualizada que otros aspectos del comportamiento.

Dubish (1971) ha sugerido un método sistemático para evaluar el poder relativo de campesinos y campesinas. Ella mantiene que dicho poder estará en gran medida determinado por las contribuciones relativas que cada uno haga a “la principal unidad social y doméstica, el núcleo familiar” (1971:3) y lista una serie criterios, apropiados para la aldea griega que ella estudió, con los cuales esto puede ser medido. (1971:5). Para medir el poder doméstico relativo, ella sugiere los siguientes criterios:

  1. Respeto acordado de uno hacia el otro… ambos público y privado
  2. Interferencia de uno en la esfera del otro…
  3. Toma de decisiones respecto a la distribución de los recursos familiares
  4. Determinación de planes para los hijos (1971:6).

Riegelhaupt (1967) y Friedl (1967) en sus estudios de comunidades campesinas portuguesas y griegas, respectivamente, enfatizan la base económica del poder de la mujer. En ambos casos las mujeres tienen una participación significativa en las decisiones respectivas a la distribución de los recursos familiares, lo cual equivale a interferencia en esferas legal o culturalmente definidas como de dominio masculino.

Riegelhaupt contrasta el virtual control económico de la mujer en el dominio familiar con la monopolización masculina de los derechos legales sobre transacciones económicas (1967:112). Según este estudio, el poder económico de las mujeres echa raíces en la división del trabajo, en el cual eran responsables de comerciar el pan y todos los productos de la granja familiar que no son vendidos a través de agencias gubernamentales. Muchos de los ingresos familiares pasan de esta manera por las manos de la mujer; el resto le es entregado a ella por su marido (1967:120). Las mujeres son por lo tanto las principales encargadas de los recursos financieros de la familia. Ellas realizan toda la comercialización y toman todas las decisiones económicas domésticas y siempre son consultadas en las decisiones agrícolas “masculinas” (1967:119-121).

Frield emplea una estrategia un poco diferente, oponiendo el poder femenino al prestigio masculino. Ella cita evidencia de que los hombres monopolizan posiciones de prestigio e “importancia” y son tratados con deferencia por las mujeres en la esfera extra-doméstica, pero también señala que si, como es claramente el caso en la mayoría de las sociedades campesinas, la familia es la unidad social más importante, entonces el sector privado, en vez del público, es la esfera en la cual la atribución relativa de poder es más importante (1967:97). Ella mantiene que las mujeres ejercen un considerable poder en la esfera doméstica porque ellas traen la tierra como dote a la familia. Ellas mantienen el control de ésta, participando activamente (tras la fachada de la domino masculino) en las decisiones relativas a su uso, así como en otros asuntos económicos domésticos y los planes matrimoniales para sus hijos (1967:105-107). Además, Frields observa que las mujeres griegas guardan un fuerte sentido de poder al crear y mantener una dependencia y un sentido de obligación de sus hombres hacia ellas.

Rosenfeld, en su estudio de una aldea árabe, proporciona un interesante contraste. Aquí la mujer tiene derecho a heredar tierras, pero usualmente elige renunciar a este derecho en favor de retener los lazos filiales con sus familias natales. Solo de esta forma pueden retener el derecho a regresar a sus hogares cuando son maltratadas por sus maridos y demandar dones bianuales y suplementos de emergencia para sus hermanos. Al elegir renunciar a la posibilidad de un poder mayor en la familia de su marido, una mujer puede maximizar su propio bienestar económico personal y su seguridad emocional (Rosenfeld 1960:passim).

A pesar de que las mujeres en esta comunidad no son, hablando estrictamente, campesinas, la estrategia femenina de manipular un sistema formal, orientado aparentemente a favor del hombre, para que cumpla sus propios objetivos es un elemento importante. El estudio de Margery Wolf de los campesinos taiwaneses ilustra otra manera en la que esto puede realizarse. Como se define tradicionalmente, la familia taiwanesa es una unidad patrilineal que se extiende a través de generaciones, de manera que todos los miembros masculinos de una familia son identificados desde el nacimiento hasta la muerte con ambos ancestros y futuras generaciones. A una mujer, como miembro temporal, primero del linaje de su padre, y luego del de su esposo, se le niega el acceso al poder y la seguridad emocional que se derivan de ser un miembro completo de estos grupos (1972:32-33). Wolf, sin embargo, argumenta que las mujeres no definen su familia de esta manera. En cambio, ellas se ven a sí mismas como cabezas de familias uterinas y trabajan para crear y mantener lazos cercanos y leales con sus miembros, por lo tanto proveyéndose a sí mismas con ambos, una base de poder y un soporte emocional.

La familia uterina es construida a partir de la necesidad de una mujer y se mantiene unida en la medida en que ella tiene la fuerza para hacerlo… [ésta] no tiene una ideología, ni una estructura formal, ni una existencia pública. Es construida a partir de sentimientos y lealtades que mueren con sus miembros, pero no es menos real por esto (1972:37).

Éstos, entonces, son algunos de los tipos de poder y de las estrategias para obtenerlo de los que las mujeres pueden hacer uso en el ámbito familiar. Claramente, este poder no es dependiente por completo del temperamento individual, sino que surge de varios acuerdos estructurales en cada sociedad. Además, Lamphere sugiere que las sociedades en las cuales la solidaridad femenina es más fuerte incluyen aquellas en las cuales los hombres tienen poca autoridad entre ellos, o donde el estatus masculino en la sociedad extensa es más bajo (1974:111-112). Estos criterios se han mostrado válidos para aplicarlos a las sociedades campesinas. De hecho, informales pero bien organizados grupos de mujeres son descritos en muchas sociedades campesinas. (ej., Arensberg y Kimball 1968:196; Reiter 1972:44-46). Parece razonable sugerir que si las mujeres en estas sociedades ejercen un considerable poder en el ámbito doméstico, no lo hacen simplemente como individuos, sino con el apoyo y estímulo de su grupo sexual.

Si, tal como se ha argumentado, la unidad doméstica es la principal unidad social, política, y económica en las sociedades campesinas, debería esperarse que el poder de las mujeres en la familia tenga importantes repercusiones en la comunidad en general. La solidaridad femenina, expresa en grupos informales de mujeres unidas por una bien desarrollada red de comunicación femenina interfamiliar, es frecuentemente citada como la base de poder más fuerte a través de la cual la mujer opera en la comunidad. Margery Wolf, Aswad, y Riegelhaupt describen todos cómo los grupos de mujeres, más heterogéneos y menos frágiles que aquellos de los hombres, actúan como una forma de control de la información, influenciando contundentemente a la opinión pública y mediando entre los grupos de hombres.

En Taiwán, los grupos de hombres se forman alrededor de líneas familiares o religiosas, mientras que los grupos de mujeres se definen en términos del vecindario y de las amistades (M. Wolf 1972:47). Esto último actúa como protección de los derechos individuales de la mujer en una familia; ella puede apelar a su grupo y esperar que las injusticias sean rectificadas a través de una presión grupal informal (1972:39). Más importante, estos grupos de mujeres sacan ventaja del bien desarrollado sentido masculino de preservar el honor del linaje, y se las arreglan para influir en asuntos que teoréticamente sólo conciernen a los hombres:

Ésta es precisamente la manera en que las mujeres ejercen su poder. Cuando un hombre se comporta de una manera que ellas consideran errónea, ellas hablan sobre él – no solo entre ellas, sino también con sus hijos y sus maridos … Se vuelve abundantemente claro que él está quedando mal y que si continúa de esta forma podría traer vergüenza a la familia de sus ancestros y descendientes. Pocos hombres se arriesgarán a esto (1972:40).

Este tipo de poder femenino se realza, yo sugeriría, por el hecho de que las mujeres, sintiendo poca identificación con el patrilinaje, no odian la idea de erosionar la institución al traer vergüenza a ésta.

Aswad sugiere que el poder de los grupos de mujeres árabes surge del hecho de que éstos no están, como los de los hombres, restringidos por alianzas políticas y patrones de discurso estilizado. La naturaleza informal y heterogénea de los grupos de mujeres les permite actuar como mediadoras, previniendo que conflictos mayores surjan entre los grupos de hombres (1967:149:1509). Sus rumores además forman la opinión pública, afectando indirectamente el comportamiento y las decisiones políticas masculinas (1967:150).

En la aldea portuguesa estudiada por Riegelhaupt, las mujeres están virtualmente en control de la diseminación de la información debido a la división del trabajo: los hombres trabajan individualmente en los campos, mientras que las mujeres entran en contacto frecuente entre ellas en el curso de su trabajo doméstico en la aldea. Los hombres por lo tanto dependen de sus mujeres para informarse acerca de los asuntos, eventos, y personalidades de la aldea (1967:116-118). Riegelhaput señala que, sin embargo, esto es relativamente poco importante en términos de poder político, porque las fuentes de poder recaen fuera de la comunidad. Pero, al mismo tiempo, las mujeres tienen un contacto mucho más extenso con el mundo urbano que los hombres, primero como criadas domésticas (cuando son muchachas jóvenes) y luego como mujeres comerciantes (1967:118). Ellas deben entonces actuar como mediadoras entre la comunidad y los procesos políticos exteriores. Los hombres no pueden jugar este rol porque carecen de contactos urbanos, son incapaces de formarse a sí mismos en facciones u organizaciones voluntarias para actuar como grupos de presión, y “son reticentes a entrar en relación con otros aldeanos donde ambas partes no están en pie de igualdad, de manera que previenen elegir un portavoz o líder entre ellos” (1967:123-124). Se señala que los hombres virtualmente monopolizan los derechos políticos formales; la mayoría de las mujeres, por ejemplo, no tienen el derecho a votar. Sin embargo, especialmente en un sistema autoritario, las fuentes de poder político recaen fuera de las instituciones legalmente constituidas; las decisiones son tomadas a través de estructuras informales (1967:121-122). Es la mujer aldeana, no el hombre, el actor principal de estas estructuras informales a las cuales los campesinos tienen acceso. En contraste con el patrón de la mujer que se encarga de los procesos en un dominio legalmente masculino, Friedl reporta que las mujeres griegas pueden interrumpir procesos en un dominio tradicionalmente masculino, desestabilizando las relaciones ordinarias entre hombres al comportarse negativamente en público. Esta sanción potencial es lo suficientemente fuerte como para dar a la mujer una influencia significativa sobre las relaciones formadas por hombres (1967:108).

Una última forma de poder ejercido por las mujeres es aquella relacionada con lo sobrenatural. Esto es relativamente poco reportado en las sociedades campesinas contemporáneas y recae más frecuentemente en varios individuos de una sola comunidad, en vez de en la población femenina general. Pitt Rivers, por ejemplo, analiza la figura de la sabia en una aldea española. Ella tiene el poder de “corregir lo que está mal”, y, a pesar de que los aldeanos, especialmente los hombres, tienden a expresar escepticismo públicamente, recurren a ella cuando necesitan ayuda (1961:193). Sus atribuidos poderes mágicos son tales que ella puede utilizarlos para manipular las relaciones dentro de la aldea. Además, se cree que, si ella tuviera malas intenciones, puede usar sus poderes malévolamente. Por esta razón, se toman precauciones para no ofenderla (1961:192). Pitt Rivers reporta que se cree que todas las mujeres son potencialmente capaces de evocar magia menstrual y el mal de ojo, dos formas de magia malevolente (1961:197-198). Que las mujeres posean recursos sobrenaturales para hacer daño les concede poder real por medio de la amenaza de peligrosas represalias en caso de enfadarse.

Por lo tanto tenemos una serie de pares opuestos de poder masculino/femenino: formal/informal, subsumiendo de jure/de facto, público/privado, y ocasionalmente natural/sobrenatural. Ha sido sugerido que el poder informal es el más significativo en el contexto campesino, en tanto que las fuentes de poder “real” se cree que recaen fuera de la comunidad campesina, y los campesinos son reticentes a asignar posiciones formales de poder a sus semejantes.

Eric Wolf, en un estudio de sociedades complejas basado fundamentalmente en su trabajo con campesinos latinoamericanos y europeos, ve las estructuras informales como intercaladas y suplementarias a su infraestructura de poder político formal (1966:2; cf. Karnoouh 1973:29). Mientras que sostiene que estos escenarios suplementarios pueden “hacer posible el funcionamiento de las grandes instituciones” (1966:19), el ve lo primero como distinto y secundario: “Ellos operan y existen en virtud de la existencia [de la estructura formal], lo cual lógicamente, si no temporalmente, es anterior a estos” (1966:2).

Pitt Rivers, por otro lado, ve estos procesos y relaciones informales como una infraestructura que forma aparte de la estructura principal.

[La infraestructura] brota a través de la red de relaciones interpersonales dentro de la comunidad y depende de las memorias y tradiciones culturales del pueblo en vez de en la palabra escrita. La [estructura formal] le debe su existencia a una autoridad delegada por un poder central… la infraestructura es un aspecto de la estructura y no un segmento de la comunidad… los dos sistemas, al mismo tiempo, son interdependientes y están en oposición. Ambos son partes de la misma estructura. Si existe una tensión entre los dos, es tanto una condición de uno como del otro. Y lo que requiere ser explicado no es sólo el origen de esta tensión sino también las formas en que puede ser resuelta (1961:200-201).

Si bien Pitt Rivers incluye los poderes sobrenaturales de las mujeres como parte de la infraestructura, no hace referencia explícita a esas otras formas de poder femenino descritas arriba. Más bien, intenta incluir aquellos procesos ilegales o informales por los cuales los hombres evaden las instituciones (ej., control de alimentos vs. mercado negro) (1961:199-201). Sin embargo, la oposición en pares entre la autoridad y el prestigio masculino, apoyados en la ley y la tradición cultural, por un lado, y el poder femenino, desprendiéndose de otras tradiciones culturales, encubiertas, y de las relaciones interpersonales, por otro, se mantienen en una oposición análoga. Al mismo tiempo, debería señalarse que la oposición entre poder masculino y femenino involucra no sólo aquella entre dos tipos de poderes diferentes, sino que está inextricablemente vinculada a los valores culturales y las actitudes asociadas con dos categorías de individuos opuestas: varón y mujer. Es por consiguiente, al mismo tiempo, un tipo de oposición más específica y más general que aquella a la que Pitt Rivers refiere.

El modelo propuesto arriba explica cómo la tensión entre estos dos es resuelta. Antes de volver a esto, sin embargo, vamos a examinar ejemplos particulares de esta tensión y su resolución en una aldea campesina francesa.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Bibliografía, General, Historia, Poder femenino, Relaciones de poder, Tradicionalismo y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

29 respuestas a Formas de poder femenino y el mito de la dominación masculina en las sociedades campesinas (I)

  1. David dijo:

    Extenso artículo que viene a reflejar lo que la observación cotidiana suele confirmar: las decisiones sobre los asuntos importantes que afectan a la familia, es dificil que no pasen por el consejo, apoyo y co-decisión de la mujer con la que convivie el varón. Aunque la pose reflejada de puertas para afuera fuera otra, para dejar claro quien lleva los pantalones en casa.

    Mi referencia más cercana a la que me gusta acudir para constrastar la imagen que ofrece el feminismo sobre la opresión de la mujer, es la comunidad rural castellana donde nacieron y se criaron mis padres y abuelos. Y no consigo identificar a ninguna mujer que viviera sometida a su marido, tanto en la observación directa como en la narrativa que me cuentan de las historias vividas en tiempos de preguerra, guerra y postguerra civil, donde hombres y mujeres se repartian las tareas y las tomas de decisiones, pensando en la comunidad la mayor de las veces. Mi madre me cuenta, por ejemplo, como el precio que se ponia a la hora de vender una tierra, una cabeza de ganado o comprar un terreno para hacerse una casa, se tomaban conjuntamente. Y es más, el dinero obtenido lo entregaba el hombre a la mujer para que lo administrara como mejor viera.

    Como ejemplo de este tipo de organización social, os dejo el video de la entrevista a Miguel Ángel Revilla, presidente de Cantabria, de hace una semana, donde hace un comentario sobre este asunto. Concretamente del minuto 12 al 13.

    Un saludo

    • Gracias David. El resto del artículo también propone algo interesante: que la modernidad no es la que trae la igualdad sino por el contrario, la que resta poder a la mujer, debido a la llegada de los ingresos externos que obtiene el varón. Saludos.

      • isidro dijo:

        Importante y necesario artículo. Carlos, como recordarás (además, está escrito en este magnífico blog), yo he explicado extensamente cómo durante la época del campesinado había un necesario equilibrio de fuerzas entre hombres y mujeres, pues ambos dependían de un trozo de tierra y de los hijos como mano de obra barata. Esa co-dependencia se rompe con la llegada de la industria moderna y el establecimiento de sueldos exclusiva o casi exclusivamente masculinos. Es a partir de la industrialización cuando la mujer se percibe en una situación económica precaria y de dependencia respecto del marido. De esa nueva situación histórica surgirán las primeras protestas feministas o pro-femeninas; por ejemplo, en Estados Unidos, cuando muchos hombres asalariados perdían parte sustancial del sueldo en el bar, prostíbulos, etc.

        Aunque ahora la ambición feminista abarca cuestiones de todo tipo, es bueno tener presente que el móvil más evidente del feminismo es el económico. El poder de las mujeres en las sociedades campesinas no es la excepción, sino la regla. Por eso, hoy día las mujeres occidentales siguen controlando, como bien sabes, el 85% del capital familiar. Es decir, las mujeres, con el ariete del feminismo, han conseguido que una situación adversa para ellas, como lo fue la industrialización, se torne amable y hospitalaria: todo ha cambiado para que todo siga igual.

        Por lo demás, como ya he dicho en algún otro comentario, a las mujeres, en general, no les interesa tanto el poder o la autoridad formal como el control de los recursos. Seguramente, a la mayoría le importa poco tener o no tener poder institucional mientras consigan dominar a quien, por tenerlo, puede dispensarles recursos abundantes. A esta invisibilidad institucional va aparejada enormes beneficios, como los que se derivan, por ejemplo, de quedar impunes ante las leyes y el juicio moral de la historia: todos conocemos a los grandes caudillo genocidas pero no a sus esposas o amantes. Es falso que las mujeres, en términos generales, deseen ser visibilizadas en tronos públicos o destacar más que los hombres en asuntos empresariales o políticos. En estos ámbitos prefieren quedarse en un segundo y cómodo plano, exentas de graves responsabilidades. Por eso decía la señora Lamana que es necesario dar un empujón a las mujeres valiosas. Ese “empujón” les viene dado en forma de “discriminación positiva”: ha de ser así, porque, en realidad, figurar cómo líderes públicos no es algo que atraiga naturalmente a la mayoría de las mujeres. Y por eso mismo hay tantas mujeres que reconocen abiertamente que prefieren líderes masculinos. El campo de acción o de batalla de muchas mujeres reside en el ámbito privado y doméstico, donde ellas pueden preservar su imagen de personas inocentes y ajenas a las truculencias del poder público, y donde, como bien es sabido, suelen manejar los hilos a su conveniencia. Esto no las hace ni mejores ni peores que los hombres: es simplemente la manera en que las mujeres pueden acceder al manejo de los recursos, que es lo que necesitan imperiosamente para asegurar su supervivencia y la de los hijos. El manejo del mundo material (siderurgia, construcción, maquinaria…) corre a cargo del hombre. Difícilmente ellas podrían hacer carreteras o levantar rascacielos. Por eso mismo, la naturaleza ha dotado a la mujer de poderes emocionales muy poderosos respecto de quienes manejan el mundo material. Si bien el hombre manipula la materia prima, la mujer controla el producto final en gran medida.

        Me alegra, en fin, que haya estudios formales sobre cuestiones que yo solo podía intuir y deducir a partir de planteamientos teóricos informales, pues es de gran importancia que las conclusiones más o menos apriorísticas queden respaldadas y confirmadas por la investigación empírica.

      • Gracias Isidro. Me acordé de ti con este artículo porque es una tesis que habías expuesto hace tiempo.
        Hay otros artículos que confirman esta dinámica. Aquí hay uno sobre los campesinos mayas en Guatemala que llega a la misma conclusión: la llegada de ingresos externos produce un desequilibrio en las relaciones entre los sexos, cuando antes marido y mujer tendían a ser interdependientes.

        https://www.jstor.org/stable/3773494?seq=1#page_scan_tab_contents

  2. David dijo:

    No me puedo creer que hayan quitado el video!! Ayer mismo estaba colgado, en fin.
    Lo que venía a decir el presidente Revilla era: “No sé como serán las cosas en otros lugares pero en Asturias, Cantabria, Galicia hay un matriarcado. He trabajado 10 años en un banco y de los cientos de contratos que he realizado por la compra-venta de fincas, nunca he firmado, ni una sola vez, con un hombre solo. Todos me decían: pregúntaselo a mi mujer”

    Un saludo

  3. Magi dijo:

    ” A esta invisibilidad institucional va aparejada enormes beneficios, como los que se derivan, por ejemplo, de quedar impunes ante las leyes y el juicio moral de la historia: todos conocemos a los grandes caudillo genocidas pero no a sus esposas o amantes. ”

    Esto no es verdad . Quien no ha oído hablar de Eva Braun o de Carmen Polo. Si son muy conocidas.

    Y respecto al poder, está claro quien lo tiene y quien no quiere que las mujeres lo tengan.

    Un ejemplo concreto está en la Iglesia Católica, que no es poca cosa, ya que es de las más extendidas , y el poder que ha ejercido en la historia es inmenso .

    Cuando tantas veces se les ha preguntado porque no permiten a las mujeres el sacerdocio , ser cardenal o llegar a la máxima autoridad , se incomodan mucho . Pero dejan claro que no, que de eso nada.

    Incluso el actual Papa, famoso por su progresismo , ha dicho que no :

    http://internacional.elpais.com/internacional/2015/09/29/actualidad/1443514219_915648.html

    Este me parece un buen ejemplo, porque se trata de una de las instituciones más poderosas del mundo y los sacerdotes católicos deben guardar celibato y no pueden casarse ni tener relaciones con mujeres .

    Y respecto a las mujeres campesinas , no has mencionado el “derecho de pernada ” :

    https://es.wikipedia.org/wiki/Derecho_de_pernada

    Aquí hay testimonios de mujeres campesinas , recomiendo verlo entero :

    • Lo que presentas sobre la Iglesia y el derecho de pernada me hacen pensar que no has prestado atención a los argumentos centrales del artículo. Lo que Rogers plantea es que los hombres detentan los puestos de autoridad (por ejemplo en la Iglesia) pero que existen otras formas de poder que no se encuentran institucionalizadas pero no por ello dejan de ser menos importantes, influyentes o efectivas.

      Sobre el derecho de pernada no está claro que si se trataba de algo histórico o de un mito, con la posibilidad de alguna excepción puntual. https://link.springer.com/chapter/10.1057%2F9780230603097_4

      Supongamos, sin embargo, que fuera real. Como señalé en la introducción al artículo, se trata de las relaciones entre campesinos y campesinas de la comunidad. De hecho que las mujeres ostentan un mayor poder que sus pares varones tenía que ver con el hecho de que estos últimos rara vez tenían poder para las decisiones importantes que afectaban a la comunidad, decisiones que generalmente se tomaban en otra parte (ya sea por el señor feudal o el gobierno regional), dejándoles con una autoridad que no se traduce en un gran poder.

      No tengo tiempo de ver un video de más de 20 minutos, aunque pasando el cursor rápidamente no he encontrado que hayan entrevistado a ningún hombre campesino, y es importante porque como veremos en la segunda parte de esta traducción, el salario externo es lo que va a romper este equilibrio de poder. Veo, sin embargo, que la primera parte del video se basa en Guatemala. Justamente hay un artículo sobre la situación guatemalteca que señala lo mismo que éste: que ambos sexos en el campesinado maya eran interdependientes y contaban con un poder similar hasta la llegada de los salarios externos: fue paradójicamente la modernidad la que puso a las campesinas guatemaltecas en una posición vulnerable. Cito:

      “Las relaciones igualitarias entre los hombres y mujeres mayas indígenas emergen de una cultura tradicional que apoya un fuerte papel positivo de padre y marido (…) el trabajo productivo y reproductivo de la mujer es tan valioso como el trabajo del hombre (…) Todo esto cambia cuando llegan los ingresos individuales en efectivo.” (p. 5)

      https://www.jstor.org/stable/3773494?seq=1#page_scan_tab_contents

      • Magi dijo:

        “Lo que presentas sobre la Iglesia y el derecho de pernada me hacen pensar que no has prestado atención a los argumentos centrales del artículo. Lo que Rogers plantea es que los hombres detentan los puestos de autoridad (por ejemplo en la Iglesia) pero que existen otras formas de poder que no se encuentran institucionalizadas pero no por ello dejan de ser menos importantes, influyentes o efectivas ”

        Eso es algo subjetivo, tú has ignorado los testimonios de las mujeres campesinas, pero todavía no he visto a una que diga estar viviendo una situación igualitaria.

        Y ahora, algo objetivo . No me puedes decir que hay igualdad en la sociedad campesina cuando los varones suelen poseer la propiedad de la tierra , a pesar de que las mujeres también la trabajan. Y cuando los hijos varones tienen preferencia en la heredad de la tierra y las propiedades .

        http://www.europapress.es/internacional/noticia-discriminacion-mujeres-propiedad-tierra-datos-20160320082934.html

      • No es subjetivo. El artículo y la investigación en la que se basa llegan a dichas conclusiones, y no es el único. Claro que faltan por traducir todavía dos partes más, de modo que si todavía no te termina de convencer, espero que les des una oportunidad.

        No he ignorado los testimonios de las campesinas. Lo que he dicho es que el modelo que presenta este artículo concluye que hombres y mujeres cuentan con un poder similar en las sociedades campesinas antes de la llegada de los ingresos externos en forma de salario individual, y como señalé con el artículo sobre Guatemala (mismo país en que se basa la mayor parte del video), esta irrupción ya ha ocurrido desde la fecha del artículo (alrededor de 1993). Una mujer campesina maya guatemalteca como las que aparecen en el video, por tanto, probablemente ya se encuentra en dicha fase, y de esta forma no anularía lo dicho en este texto. Por el contrario, lo reforzaría.

        Hemos de señalar que hablar de la tierra como “en manos de hombres” no nos cuenta toda la historia. Habría que ver de qué hombres se está hablando, pues en muchos países pobres la tierra puede encontrarse en manos de unos pocos. Muchos maridos y mujeres, por ejemplo, podrían estar trabajando la tierra de un gran terrateniente. Pero incluso si el marido campesino tiene la propiedad, recuerdo que aquí no hemos hablado de “igualdad” (como se entiende ahora), sino de interdependencia y de contar con un poder similar. Justamente lo que Rogers dice es que si nos fijamos en los aspectos formales (legales y de autoridad), como en este caso (quién es dueño de la tierra), perdemos de vista los aspectos informales (quién administra los bienes, por ejemplo), y otros procesos de poder que pueden contarnos una historia diferente, estos factores pueden ser múltiples y se encuentran ya en la parte traducida del texto o las que están por venir.

        Añadido posterior: He estado mirando el tema de la propiedad de la tierra en África y parece que sólo unos 4 o 5 países pueden tener una legislación discriminatoria. Al parecer la mayoría de la discriminación se basa en el deterioro de las instituciones tradicionales, que si bien podían impedir la propiedad a la mujer, no le impedían el acceso y beneficios de cultivar la tierra. El principal problema no lo tienen tanto las mujeres casadas, sino las viudas y divorciadas. Cito:

        Benjamin Cousins, an agrarian specialist who teaches at South Africa’s University of the Western Cape, points out that historically women had traditional protections that ensured continued access even after separation, divorce or widowhood. There also were traditional means of arbitration to which women could appeal if access was contested.

        But colonial rule led to the introduction of Western systems of land tenure. In East and Southern Africa, the high number of white settlers encouraged the privatization and subdivision of land, held under individual freehold titles. In West Africa much land was left under communal forms of ownership, managed by customary leaders.

        Al parecer, la entrada de la modernidad también perjudicó a las mujeres. No se hace referencia a los ingresos externos en forma de salario (ya que la mayoría de las mujeres pierden la tierra al morir el marido) pero sí a la irrupción del colonialismo y las reformas efectuadas por éste, que terminaron impidiendo su acceso al imponer un modelo de propiedad occidental. Luego está la emergencia de los Estados africanos.

        http://www.un.org/africarenewal/magazine/special-edition-women-2012/women-struggle-secure-land-rights

    • isidro dijo:

      Magi, a Braun o a Polo las conoce mucha gente en España. Si te vas al extranjero, E. Braun seguro que se la conoce. ¿Y a Pilar Polo? Pero lo que está claro es que todo el mundo conoce a Franco y a Hitler.
      Tú tienes a tu alcance, en el ordenador, la Wikipedia, así que carecería de sentido que te preguntara por la mujer o mujeres de los siguientes personajes. Pero quien quiera hacer la prueba honradamente no tendrá más que salir a la calle y preguntar por las esposas amantes de, por ejemplo:
      J. Menguele
      Al Capone
      Himler
      J. Goebbels
      Videla
      Pinochet
      Stalin
      Mao Set Tung
      Sadam Hussein
      Benito Mussolini
      Idi Amin
      Nerón
      Atila
      Podría seguir engrosando fácilmente la lista, pero yo creo que no hará falta y que tú estás moralmente obligada a reconocer que no conoces (ni yo) a casi ninguna de las mujeres que compartieron mesa y cama con esos personajes. Y no se trata de ser más o menos culto, sino de que esas mujeres, aunque eran cómplices de esos genocidas, han pasado desapercibidas para casi todo el mundo, gozando de los privilegios anejos al poder y yéndose de rositas en el juicio de la historia humana.

      Saludos.

      • Magi dijo:

        Es normal que el mandatario sea más conocido que el conyúge, los maridos de Thatcher o Merkel no son tan conocidos como ellas .

        Pero algunas mujeres de tiranos pagaron con sus vidas , Eva Braun murió con Hitler . Y a la amante de Mussolini la colgaron muerta exhibiéndola en público junto a él :

        http://elpais.com/diario/2006/09/24/domingo/1159069956_850215.html

      • isidro dijo:

        No sé por qué tendríamos que conocer a los cónyuges de Merker o Thatcher. Los personajes que yo he puesto en la lista se destacan por ser terribles genocidas, mafiosos o torturadores. Por tanto, quien compartiese cama y mesa con ellos, también compartía ideología y era cómplice de sus crímenes, pero en la memoria colectiva solo quedan grabados los nombres de ellos. El marido de Merkel (si lo tiene) no tiene por qué pasar a la historia. La señora de Hitler sí, pues es más razonable que la sociedad o el mundo tenga en su mente quién la ha masacrado.
        La historia humana es muy larga. En ella encontrarás ejemplos de todo tipo, pero me temo que tú no podrás poner ejemplo sino de excepciones. Como ya te ha señalado Carlos, acostumbras a poner algunos ejemplos aislados con la pretensión de que su sola existencia constituyese una regla. Por supuesto, aquí la regla indiscutible es que hay más mandatarios hombres que mujeres. Y nadie discute que sea mucho más fácil conocer los nombres o actos de ellos que de sus cónyuges. Como tú dices, es normal, pero no debería serlo para quienes quieran tener una mirada objetiva sobre la realidad de los dos sexos. Porque, claro, para el feminismo le es muy fácil recordar los nombres de los grandes genocidas, casi siempre varones, y dar la impresión de que solo los hombres cometen atrocidades. Pero eso es hacer trampa: lo objetivo y lo honrado es decir que la inmensa mayoría de esos hombres tenían esposas o amantes que compartían su criminal ideología. Ya que te gustan tanto los ejemplos ocasionales, ¿sabes decirme tres ejemplos de feministas que se hayan acordado de que esos caudillos tenían mujeres o amantes? ¿Tres ejemplos de feministas que hayan denunciado que las esposas de esos tipos estaban de acuerdo con sus barbaridades?

      • Sandra dijo:

        Isidro, te sugiero que completes la lista con el nombre de Reinhard Heydrich, uno de los organizadores del exterminio judío en la Segunda Guerra Mundial. Pero, ¿sabe la gente quién era Lina Matilde von Osten? ¿Y sabe la gente que fue Lina Matilde von Osten la que animó a su marido a ingresar en las SS?

        https://es.wikipedia.org/wiki/Lina_Heydrich

        https://es.wikipedia.org/wiki/Reinhard_Heydrich

      • isidro dijo:

        Gracias, Sandra.
        Creo recordar algo de esa mujer en varios de los documentales que he visto sobre el nazismo. No estoy seguro. Pero, como yo, está la inmensa mayoría de la gente. Solo recordamos los nombres de Hitler, Himmler, Goebeels, J. Menguele y algunos más. De sus mujeres, nada de nada. O casi nada. Luego, como bien sabes, nos enteramos de que fueron mujeres las que masacraron al 75% de las víctimas del Holocausto. O de que hubo más mujeres que votaron a Hitler que hombres.O que todos estos tipos tenían a millones de mujeres suspirando por sus huesos. Pero como nada de todo esto interesa a la ideología dominante, nada se dice. Y la impresión general es que los hombres perpetran carnicerías mientras las mujeres, o no se enteran de nada porque son tontas o porque, en su infinita bondad, viven en su mundo angelical, limpias de toda mácula.

        CR: Enlace añadido para respaldar el 75%.

      • Helena dijo:

        Me resulta difícil de creer lo de que las guardianas nazis mataron al 75% de las víctimas del Holocausto. De entre todos los guardianes de campos, ¿qué proporción eran mujeres? En fin, no sé cómo habrá echado las cuentas la autora de ese libro.

      • La verdad que no lo sé. Imagino que quizá se refiere a que algunas tenían puestos de autoridad y mandaban a otros ejecutar o castigar (además de hacerlo ellas mismas también). Es decir, podría referirse a una mezcla de acciones directas (castigar y ejectuar) e indirectas (mandar a otros a hacerlo). Pero sin leer el libro esto es pura especulación.

  4. Magi dijo:

    Ya que me atacas por poner ejemplos concretos, analizaré todos los ejemplos que pusiste :

    En el caso de Menguele tu primer ejemplo , fue él quien se fue de rositas , nunca fue juzgado oficialmente. Quien realizaba las vivisecciones y los sádicos experimentos era él, entonces no entiendo porque quieres culpar a la mujer en vez de a él . Su mujer se llamaba Irene Schönbein , se divorciaron, pero él seguía viendo a sus hijos, que eran varones . Con sus hijos montó una empresa de tractores que se llamaba Mengele and Sons . Pero quien más ayudó a Menguele fue su amigo Wolfgang Gerhard, quien llegó a regalarle sus propios documentos de identidad para que no le descubriesen . ¿Habría que culpar a su amigo o a sus hijos o solo nos interesa culpar a mujeres ?

    En el caso de Al Capone, tuvo muchos amigos detrás de sus actividades criminales , los cuáles son bastante desconocidos, su mujer se llamaba Mae Capone y estuvo con él incluso cuando estaba más hundido, pero no hay ninguna prueba de que participase en sus actividades criminales :

    “La suerte de Capone cambió al ser trasladado a la temida prisión de Alcatraz, en San Francisco: imposible allí poseer ningún privilegio, ningún contacto con el exterior. Aquel temido gángster que años atrás controlase Chicago, pasó a ser el preso no 85 y obligado a seguir la disciplina penitenciaria. Su bajo estado de ánimo, unido al empeoramiento de su salud, lo relegaron a la enfermería de la prisión donde pasó los últimos años de su condena tumbado en un sucio catre, solitario y esquivo. Para cuando salió (1939) ya no era ni la mitad de lo que había sido. Su esposa Mae, que hasta entonces había vivido en la sombra, cargó con el peso de sus achaques, lo trasladó a su lujosa mansión de Miami y lo cuidó como una madre. El mal había dañado sus funciones mentales, apenas podía andar, no bromeaba, y la saliva se escurría sin parar por la boca. Fue Mae quien, valiéndose de mil artimañas, logró curar su enfermedad en 1942 con las temidas inyecciones de penicilina. Pero su deterioro mental era irreversible, y murió el 25 de enero del 47 en su casa de Miami ”

    La mujer de Heinrich Himmler, Margarete fue juzgada y clasificada como beneficiaria del régimen nazi , fue condenada a 30 días de trabajo social y perdió su derecho a la pensión y al voto .Peter Longerich señala que Margarete Himmler probablemente no sabía acerca de los secretos oficiales o proyectos planeados de su esposo durante la era nazi. Su hija ha dado la cara y siempre ha defendido públicamente al padre . Heinrich Himmler llegó a decir que si Hitler le hubiese pedido que asesinase a su madre lo hubiese hecho .

    La mujer de Goebbels Magda , mató a los 6 hijos de ambos cuando perdieron la guerra , y este hecho tan cruel si que es muy conocido . Luego se suicidaron juntos .

    Videla fue un dictador militar , pero la afición por el militarismo la heredó de su padre que era coronel , además de que varios de sus antepasados también estaban metidos en política y en el mundo militar .

    De la mujer de Pinochet se sabe perfectamente que ella participó y defendió el régimen de su marido y estuvo siempre a su lado. Ella fue condenada en varias ocasiones por temas tributarios, pero no pisó mucho la cárcel . Pero es que aquí el propio dictador Pinochet murió tranquilamente a los 91 años sin rendir jamás cuentas ante la justicia .

    La esposa de Stalin fue Nadezhda Alilúyeva, durante sus años junto a Stalin, Nadia sufrió fuertes ataques de migraña, combinados con episodios de histeria y manía persecutoria, consecuencia de los celos que sufrió por las aventuras de Stalin con bellas jóvenes .Su relación con Stalin fue de un auténtico amor-odio, siempre admiró al dirigente soviético, pero hubo episodios de auténtica violencia verbal (no se sabe si llegó a ser física) en la vida privada de la pareja .Con sus hijos siempre tuvo una actitud de distancia, poco dada a mostrarles su amor y cariño.Murió en circunstancias aún no aclaradas el 9 de noviembre de 1932, hallada muerta en su habitación junto a un revólver Walther .Algunos autores hablan de que se suicidó pegándose un tiro, aunque hay teorías que hablan incluso de que pudo ser el propio Stalin el que llegara a asesinarla.

    Mao Set Tung tuvo muchas mujeres, su viuda Jiang Qing era la mujer más vilipendiada de China , fue condenada a pena de muerte , luego conmutada a prisión perpetua. Se la acusó de conspirar para asesinar a Mao, de proyectar una rebelión armada, y otros delitos.

    Sadam Hussein tuvo varias esposas , le gustaban las mujeres adineradas , y su última esposa le financió su defensa, contratando a más de 20 abogados internacionales . Pero sus hijos son más famosos por los muchos crímenes que cometieron.

    La amante de Mussolini fue asesinada y colgada en público junto a él.

    Idi Amin era polígamo , maltrataba y violaba a todas sus esposas , a la cuarta la cortó en pedazos . Tuvo decenas de hijos . Fue acogido por la familia real y el gobierno saudí y jamás pagó por sus crímenes .

    Nerón era homosexual y se casó con otro hombre .

    Atila tuvo varias mujeres y diversos hijos. Pero en algunos países como Hungría lo consideran un héroe en vez de un tirano .

    He puesto todos los ejemplos que mencionaste porque me acusaste de poner ejemplos concretos , lo hice por falta de tiempo , pero ahora los he puesto todos . Es más añado uno que se me ha ocurrido, el zar de Rusia considerado un tirano sanguinario, fue asesinado junto a su esposa y sus hijos, la mayoría hijas.

    Esto para mi demuestra que no es verdad que las mujeres de los tiranos se vayan de rositas más de lo que lo hacen ellos .

    Y luego, no entiendo porque hay que culpabilizar a las mujeres de los dictadores o tiranos en vez de a ellos . Si es por complicidad o familiaridad ,habría que tener en cuenta que estos hombres no se relacionaban solo con sus mujeres, tenían padres , tenían hermanos, tenían hijos , tenían amigos íntimos, tenían socios, tenían empleados . También habría que culpabilizarles a ellos entonces .

    • isidro dijo:

      ¿Que te ataco? Perdona, pero yo a ti no te he atacado. Que tú te sientas atacada porque cuestione tus ideas es algo diferente a atacarte a ti. Me gustaría que esto quedase claro. Estamos discutiendo ideas, nada más.

      Menguele se fue de rositas, como se han ido muchos de asesinos. Pero la historia recuerda su nombre y su sexo. La historia no recuerda ningún nombre de ninguna de sus mujeres. Me refiero a la memoria colectiva, no a lo que recogen las enciclopedias. La impresión general será que un hombre, Menguele, cometió crímenes, y no que hubo mujeres que lo amaron o apoyaron moral, material o emocionalmente. Su amigo, en cuanto que cómplice, también debió sufrir el peso de la justicia. ¿Me sañalas dónde he dicho yo que no se debería juzgar a los hombres que ayudaron a otros a cometer crímenes? Lo justo es juzgar a todo el mundo, incluidas las mujeres, pero lo que hace el feminismo, y me temo que tú, es afirmar machaconamente que los hombres son los únicos que cometen tropelías. Y es a ti a quien parece que le molesta que se traiga al escaparate público a esas mujeres.

      La mujer de Al Capone era, según se deduce de tus palabras, tonta a más no poder. La justicia “tampoco ha podido demostrar” que la Infanta Cristina supiera nada de los robos de su marido ni que ella robara nada. Ya. Por cierto, ¿a qué viene ese panegírico que pareces querer rendir a la memoria de la mujer de Al Capone? No le veo ningún sentido. Tú, obviamente, con la Wikipedia al lado, has conocido por primera vez el nombre de esa mujer. Al Capone, lo doy por hecho, te sonaba desde mucho antes de contar con Internet: no puedes negarlo, Magi. Su mujer, o era tonta de remate o se fue de rositas.

      Que expongas aquí que la mujer de Himmler fue “condenada” a 30 días de trabajo social y que perdió su pensión y el derecho al voto, es tanto como decir que se fue de rositas, en especial tras saberse que fue juzgada como “beneficiaria del régimen nazi”. Añades que esta mujer, según un tal Longerich, probablemente no sabía nada de los secretos y proyectos de su esposo. Imagino que tampoco sabía nada de los públicos, rabiosos e incendiarios discursos de Hitler contra los judíos, ni llegó a sospechar que tan racistas discursos pudieran contener malas intenciones contra sus víctimas. Claro: ¿Quién podría haber imaginado al oír sus arengas que estaba dispuesto a masacrarlos? Otra tonta más. Imagino que la mujer de Trump tampoco sabe nada del talante racista de su marido, y doy por hecho que la historia no la recordará como cómplice de las agresiones u ofensas de Trump a la comunidad hispana.

      La hija de Margarete -añades- ha sacado la cara por su madre. Ah, pues no se diga más: con un testimonio tan imparcial ha de bastarnos.

      A la mujer de Goebbels, Magda, ni tú ni yo ni nadie la conocía, salvo que recurras a la bibliografía existente o los documentales. Pero casi todo el mundo ha oído hablar de Goebbels. Esta tipa, capaz de matar a sus 6 hijos, imagino que sí compartía y sabía de los macabros proyectos de su marido. No sabemos qué le hubiera reservado la ley. Sí sabemos que ha quedado libre de la memoria colectiva.

      Dices de Videla:
      “Videla fue un dictador militar , pero la afición por el militarismo la heredó de su padre que era coronel , además de que varios de sus antepasados también estaban metidos en política y en el mundo militar.”
      Ya, ¿y qué? ¿Nada más? Su mujer se llamaba (o llama) Aicia Raquel Hartridge, con la que tuvo 7 hijos. Mujer que tú no conocías. Yo tampoco. Y una mujer que, imagino, tampoco sabía nada de la índole asesina de su marido. ¿A quién ha juzgado la historia? También podemos decir que se fue de rositas.

      De Pinochet escribes que murió tranquilamente, sin rendir cuentas ante la justicia. Igual que su mujer, pero con la diferencia de que la memoria de historia recuerda a un hombre, no a una mujer. Aquí ocurre exactamente lo mismo que con los campesinos de que habla el artículo traído por Carlos: sabemos que esos dictadores eran la cabeza visible del poder, pero no sabemos el influjo de sus mujeres en su toma de decisiones.

      De Nadezhda Alilúyeva, una de las mujeres de Stalin, traes información completamente irrelevante al caso. Lo que podemos dar por sentado es que estuvo enamorada o sentimentalmente relacionada con uno de los mayores criminales de la historia. Como en los demás casos, la historia no juzgará a una mujer: juzgará a un hombre. No recordará el nombre de ninguna mujer. Recordará la de un hombre sanguinario.

      De Mao Set Tung. Exacto, tuvo muchas mujeres, pero tendrías que ahondar en la literatura pertinente para saber cuáles eran sus nombres. Hablamos de un hombre que arrasó la vida de millones y millones de personas y que contaba con el apoyo de infinidad de mujeres. Pero la historia, como las leyes casi siempre, solo retiene en la memoria un nombre. De hombre. Punto.

      De las mujeres de Sadam Hussein, lo mismo. Nadie las conoce, salvo los particularmente interesados o afectados por los crímenes de su régimen. Ni siquiera tras consultar en Internet me has podido decir cómo se llamaban.

      ¿Qué nos aportas de las mujeres que cohabitaron con Idi Amin? Nada. ¿Alguien las conoce? Nadie. ¿Solo los hombres apoyaron su régimen? Obviamente, no. Pero en la memoria de la historia, una vez más, solo figura el nombre de un hombre. Punto.

      Nerón, pones, era homosexual. Lo ignoraba. Como lo ignorabas tú, ¿verdad? He consultado la vida de bastantes de los grandes canallas de la historia, también de Nerón. No recuerdo leer que fuera homosexual, pero mi memoria es mala. Pero es irrelevante al caso: si hubiera sido heterosexual, ocurriría como con los demás genocidas: casi nadie sabría el nombre de su mujer o sus mujeres.

      De Julio César, que también hay quien lo retrata como un asesino, se cuenta que ejercía una gran atracción sobre las mujeres. Mujeres que, salvo que fueran tontas, como quiere el feminismo, sabían de sus tropelías. Da igual: la historia juzgará moralmente solo a Julio César.

      Dices:
      “Atila tuvo varias mujeres y diversos hijos. Pero en algunos países como Hungría lo consideran un héroe en vez de un tirano .”
      No has dicho nada relevante sobre esas mujeres. Los hechos objetivos es que, salvo que fueran tontas de remate, sabían con quién se acostaba. De todos los hombres que hablamos se sabe que hay quienes los consideran héroes. No es exclusivo de Atila.

      Cito:
      “Esto para mi demuestra que no es verdad que las mujeres de los tiranos se vayan de rositas más de lo que lo hacen ellos .”

      En gran medida sí. Y no solo de rositas esas mujeres particulares, sino -y esto es, tal vez, lo más importante en la situación ideológica actual- la misma condición femenina, pues los juicios morales sobre los grandes crímenes históricos solo sientan en el banquillo a hombres. Rara vez a las mujeres que, a la sombra, los apoyaron.

      Cito:
      “Y luego, no entiendo porque hay que culpabilizar a las mujeres de los dictadores o tiranos en vez de a ellos . Si es por complicidad o familiaridad ,habría que tener en cuenta que estos hombres no se relacionaban solo con sus mujeres, tenían padres , tenían hermanos, tenían hijos , tenían amigos íntimos, tenían socios, tenían empleados . También habría que culpabilizarles a ellos entonces .”

      Yo, si me lo permites, te lo explico encantado. En el contexto social e histórico actual, es pertinente y necesario recordar o, mejor dicho, hacer saber a la gente que las mujeres también tienen su parte de culpa (por acción, omisión o simple y llana complicidad) en los grandes crímenes cometidos por algunos hombres o regímenes. ¿Por qué? Porque el feminismo está empeñado en criminalizar al varón y en exonerar a las mujeres. De hecho, tú no has sabido encontrar ningún ejemplo de feminista influyente que denuncie a las mujeres que apoyaron a los grandes dictadores de la historia, bien dando a éstos su voto, bien casándose o acostándose con ellos. Obviamente, al feminismo no le interesa aportar una visión ecuánime de la realidad.

      Carece de sentido que digas que habría que juzgar también a los padres, amigos, hijos, socios o empleados de estos genocidas o criminales, más que nada porque cualquier persona juiciosa sabe que hay que juzgar a todo aquel individuo que sea cómplice de un crimen, con independencia de su grado de consanguinidad con el autor. Y carece de sentido, sobre todo, porque actualmente no existe ninguna ideología que trabaje afanosamente para tratar de exonerar de toda culpa a los familiares o amigos de un caudillo genocida. En cambio, sí hay una ideología muy activa y poderosa empeñada en exonerar a las mujeres de toda culpa. Éste es el punto.

      Lo que a mi juicio ha quedado probado más allá de toda duda es:
      – Que casi nadie conoce los nombres de las mujeres que apoyaron a los grandes dictadores, asesinos o delincuentes citados. Tú, Magi, no has hecho otra cosa que recurrir a Wikipedia u otras fuentes para enterarte, porque no tenías ni la más remota idea (¡como yo!) de los nombres de esas mujeres. Y, si bien es cierto, que casi nadie conocerá el nombre de los amigos o familiares de esos hombres sanguinarios, es pertinente traer a colación el nombre de las esposas a causa, como ya he dicho, de la existencia de una fuerte ideología que niega sistemáticamente la culpa o responsabilidad de las mujeres.
      Porque aquí no se trata de querer ensañarse contra las mujeres en plan misógino, ni de atacarlas gratuitamente: si las traemos a la memoria (a las esposas de esos asesinos me refiero) es en defensa propia: en defensa de los derechos del varón, en defensa propia contra un fiero ataque feminista que atribuye todos los males del mundo al hombre.

      Porque cuando uno oye hablar a las feministas sobre la torva condición masculina y de la dulce y angelical condición masculina, estamos obligados a defendernos y a pedir pruebas de ello. Y cuando uno investiga y piensa un poco, solo un poco, descubre que esa visión feminista de ambos sexos es completamente falsa. La historia demuestra, como tú misma has visto, que los grandes genocidas varones tenían esposas que los apoyaban (o, en su defecto, eran tontas) y que, no obstante, casi nadie conoce. Lo que aquí ha quedado probado es justo lo contrario de lo que afirma el feminismo. Porque, oye, Magi, yo he oído decir muchas veces ese dicho feminista tan conocido: “detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer”, pero jamás he oído a nadie decir que detrás de un mal hombre hay una mala mujer. Como siempre, dos varas de medir. Pues no cuela.

      Saludos.

      • Magi, Isidro. Como ya nos estamos desviando demasiado del tema principal de la entrada, voy a pedirles que a partir de ahora publiquen sus comentarios en lo referente a las mujeres de los dictadores en las sección “comentarios fuera de tema”, para seguir concentrándonos aquí en las sociedades campesinas. Gracias por la cooperación.

      • isidro dijo:

        Fe de erratas: donde dice “dulce y angelical condición masculina” debe decir “dulce y angelical condición femenina.

      • isidro dijo:

        De acuerdo, Carlos.

      • Aviso de que Magi me ha comunicado que no estará disponible para comentar en la bitácora a partir de ahora. Por tanto, como suelo hacer con participantes ausentes, pediré que no se escriban más respuestas a sus comentarios, ya que no podrá defenderse. Saludos.

  5. Enric Carbó dijo:

    Respecto a la confusión entre poder y autoridad, siguiendo a Warren Farrell, me gustaría recordar que una concepción del poder se entien como aquello que los hombres han tenido a lo largo de la historia y las mujeres no. Otra concepción es el poder sobre la propia vida, la capacidad de elegir más allá de las constricciones impuestas de género. La primera alienta el victimismo, la segunda libera y empodera al individuo

    • Jeipi dijo:

      “Autoridad” y “poder” son los equivalentes actuales de la “potestas” y el “imperium” del derecho romano. Porque en aquellos tiempos ya sabían distinguir entre quien tiene el mando nominal y quien ejerce el efectivo, que no siempre era el mismo individuo.

      Así, por ejemplo, en ciertas épocas (y bastante recientes) las leyes civiles determinaban que el cabeza de familia era, por defecto, el padre (el “pater” del susodicho derecho romano), y de ahí se deduce que tenía el derecho de sojuzgar tiránicamente a los demás miembros de la misma. Y no voy a negar que a veces era así, pero todos hemos conocido casos de familias en que el “pater” más bien recordaba al consabido rey abúlico que se deja manejar por su primer ministro. En tal caso, ya sabemos quién redacta los decretos para que el otro se limite a poner su firma.

      Afortunadamente, las leyes civiles ya no se meten con la jerarquía que debe regir en las familias. Estamos en tiempos del “etéreo patriarcado”: que cada cual se organice como pueda, que cada familia elija (o no) a quien prefiere como jefe y que cada palo aguante su vela.

  6. phon dijo:

    Que gracioso que cataloguen esto como “FEMINISMO” Cuando la mayoría de las cosas que les pasan son en consecuencia del mismo “MACHISMO” Es la única razón por la que al hombre se le impone como un ser fuerte que debe responder por todo, por ende pierde derechos… a diferencia de la mujer que siempre se le ha marcado como el sexo débil, y en consecuencia la ayuda solo la reciben ellas, por que los hombres son supuestamente lo opuesto, no son víctimas. En serio… yo creo que esta página esta totalmente enfocada y tergiversada por un montón de niñatos sin criterio y conocimiento… Solo le están haciendo mas daño a la sociedad al difundir la misoginia.

    CR: No se permiten insultos en esta página.

  7. Pingback: Formas de poder femenino y el mito de la dominación masculina en las sociedades campesinas (II) | ¿Quién se beneficia de tu hombría?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s