¿Por qué existía una licencia marital en la Edad Moderna? La explicación histórica frente a la explicación moral

Quiero comenzar clarificando que el objetivo de este artículo no es justificar la licencia marital, sino explicar la lógica interna que llevó a su imposición. Tampoco voy a referirme a esta institución en la época franquista, una medida anacrónica establecida en un contexto histórico muy diferente, sino que me centraré principalmente en los siglos XVI y XVII. Utilizaré como fuentes principales las Leyes de Toro (1505 d.C.), que consolidaron esta institución, así como las Siete Partidas (1265 d.C.), referidas en estas primeras leyes como fuente supletoria para los asuntos que no cubrieran las de Toro.

¿Qué es la licencia marital?

La licencia marital es un permiso que el marido ha de otorgar a la mujer para realizar ciertas funciones y transacciones. Su antecedente en el derecho castellano se encuentra en el Fuero Real (p. 34) del año 1255 d.C. En el Libro III, Título 20, Ley 13 se indica:

“Como la muger no se puede obligar sin licencia de su marido. Maguer, que muger de su marido no pueda fiar, ni acer deuda sin otorgamiento de su marido…”.

Sin embargo, la implantación generalizada del permiso marital no llegaría hasta el siglo XVI con las Leyes de Toro (1505 d.C.). La Ley 55 establecía:

La muger durante el matrimonio syn licencia de su marido como no puede hazer contrato alguno asy mismo no se pueda apartar ni desistir de ningun contrato que a ella toque, ni dar por quito a nadie dél; ni pueda hazer casi contrato, ni estar en juyzio faziendo ni defendiendo syn la dicha licencia de su marido; e si estoviere por sy, o por su procurador, mandamos que no vala lo que fiziere.

Resumiendo: no puede establecer, romper o modificar contratos. Tampoco puede litigar sobre ellos (pero sí sobre otros asuntos que le afecten), y la Ley 54 añade que no puede renunciar a una herencia.

En un asunto relacionado, ya desde las Partidas y otros ordenamientos jurídicos, aunque la dote pertenecía a la mujer, era administrada por su esposo mientras durara el matrimonio (Partida IV, Título XI, Ley VII). Esta combinación otorgaba plenos poderes económicos al marido.

La relatividad de las disposiciones

Claro que la licencia marital tenía otros aspectos que suavizaban el permiso. Por ejemplo:

  • El marido puede otorgar una licencia general a la mujer, que elimina estas restricciones (Ley 56), y no necesita estar ausente para que esto ocurra.
  • Si existe causa legítima, la mujer puede presentar su caso al juez, y éste obligar al marido a que le conceda licencia. También puede dársela el juez directamente (Ley 57).
  • Si el marido está ausente y no se espera que regrese pronto, o tarda demasiado, el juez puede otorgar la licencia a la mujer (Ley 59).

También es necesario señalar que la limitación de derechos se correspondía con una limitación de obligaciones. La Ley 61 estipula que la mujer no sea responsable por las deudas incurridas en los contratos de su marido, incluso cuando éste se endeude para proveerla (comida, vestido y otras necesidades). Pero si la deuda se hace “en provecho de ella” (para que ella obtenga algo que no se considera una necesidad), sí se la puede responsabilizar. Aunque como se establecía en la ley 62, al contrario que los hombres, las mujeres no pueden ser detenidas ni encarceladas por deudas salvo que “fuere conoscidamente mala de su persona”. Por lo general, ninguno de los cónyuges debe pagar por los delitos del otro (Ley 77).

Con respecto a la dote, también han de señalarse los siguientes aspectos:

  • El marido puede administrarla, pero no venderla ni enajenarla (Partida IV, título XI, ley VII).
  • El marido ha de restituir la dote a la mujer si se disuelve el matrimonio (ibídem).
  • De no hacerlo, será obligado a pagar lo que pueda por el juez hasta restituirla (Partida IV, título XI, ley XXXII)
  • La mujer puede demandar al marido la dote durante matrimonio si éste tiene malos hábitos que dilapidan su fortuna, por ejemplo si es jugador (Partida IV, título XI, ley XXIX).
  • Existen otros bienes distintos de la dote, llamados “paraferna” que la mujer puede aportar al matrimonio y administrar en exclusiva por sí misma (Partida IV, título XI, ley XVII).
  • La paraferna puede donarse al marido para que éste la administre. En ese caso también ha de ser devuelta íntegramente a la disolución del matrimonio (ibídem).

La dote se entendía como una protección para la mujer, de modo que no quedara desamparada en caso de separación, ya fuera por muerte del marido o divorcio (Partida IV, título XI, ley XXXI). Entiéndase que cuando las Partidas hablan de divorcio, se refieren en realidad a una separación legal permanente, pues ninguno de los cónyuges podía casarse de nuevo.

¿Por qué se estableció el permiso marital? El origen de los prejuicios

Esta desigualdad jurídica suele achacarse de forma simplista a la ambición masculina o su deseo de controlar a la mujer. Y si bien Fernando el Católico participó en la elaboración de las Leyes de Toro, Isabel la Católica fue su principal promotora, al tratarse de un cuerpo jurídico que se aplicaría a Castilla y no a Aragón. De hecho la reina las había aprobado (p. 21) junto a su marido antes de la promulgación en 1505 (que ocurrió ya fallecida la reina el año anterior).

Enrique Gacto Fernández ofrece una posible respuesta al por qué de la imposición de la licencia marital. El Catedrático en Historia del Derecho, señala que la Edad Moderna todavía arrastra una herencia medieval en cuanto a ciertos prejuicios:

Está presente aquí la convicción de que la imbecillitas seu fragilitas sexus a que continuamente hacen referencia los tratadistas (la simpleza y debilidad del sexo femenino) aconseja no reconocer a la mujer una capacidad jurídica plena en asuntos que impliquen un cierto nivel de responsabilidades. Y, en lógica consecuencia con ello, la aceptación del principio de que su reconocida inferioridad puede favorecerla en algunas materias, en cuanto aquélla se le tiene en cuenta para justificar determinados comportamientos que se consideran antijurídicos o no excusables cuando los protagoniza un varón.

Aunque esto explica (en parte) que la administración de la dote correspondiera al marido, no explica el porqué de la licencia marital. Al fin y al cabo, con excepción del Fuero Real, esta licencia no aparece prácticamente en ninguna parte durante la Edad Media, pese a que existía la misma mentalidad. A falta de una explicación convincente, me atrevo a decir que la reina intentó replicar el esquema de centralización de poder que caracterizaría a la monarquía moderna en la propia familia. Sea como fuere, cabe preguntarse por qué dar esta autoridad al hombre y no a la mujer. Hemos visto que en general se percibía a la mujer como intelectual y moralmente inferior. ¿De dónde proviene este prejuicio?

Una explicación simplista lo achacará al deseo masculino de justificar su dominación sobre la mujer. Pero esto no es realmente una explicación, sino un juicio moral basado en ideas preconcebidas con respecto al comportamiento masculino. El por qué se percibía que las mujeres tenían una menor capacidad intelectual tiene otro origen bastante más probable.

En las sociedades patrilocales, la esposa abandona su familia para unirse a la de su marido, de la que pasa a formar parte. Por tanto, la responsabilidad de mantener a los padres recae en los hijos varones. La principal consecuencia de esto, particularmente en las familias con menos recursos, es que se invertirá más en la educación y formación de los varones, pues se trata de la inversión que los padres recuperarán en la vejez. Así encontramos que en los matrimonios, si alguien sabía leer o escribir, era más probable que se tratara del varón y no de la mujer. Igual con muchos oficios, salvo los relacionados con lo textil. De ahí que se percibiera a la mujer como intelectualmente inferior: no porque lo fuera, sino porque recibía menos educación que el varón y además era casada antes para aliviar la carga familiar, limitando sus posibilidades de aprendizaje.

Como mencionamos en artículos anteriores, el modelo patrilocal no se originó por capricho, o “para dominar a la mujer” (vuelta a las explicaciones morales), sino para concentrar a todos los varones en la familia, clan o tribu, unidos por lazos de sangre, al ser más eficiente para la defensa contra grupos enemigos, ladrones de ganado, etc. que el modelo contrario (p. 223, 233). De hecho las civilizaciones más importantes o poderosas (Grecia, Roma, China, India) han sido patrilocales, lo que muestra la efectividad de este tipo de organización familiar en la era preindustrial.

Es cierto, sin embargo, que durante la Edad Media europea hubo múltiples modelos de residencia: patrilocal, matrilocal y neolocal (donde la pareja establece un nuevo hogar). Quizá por esta multiplicidad de modelos, la idea de inferioridad intelectual femenina comenzó a ser cuestionada a finales de la época en debates conocidos como “la querella de las mujeres” que se dieron en varias cortes europeas, incluyendo la castellana. Debates que prepararían el terreno para la llegada del feminismo contemporáneo. No hemos de olvidar, sin embargo, el gran peso de la herencia clásica en el área del derecho, la filosofía y las letras en general (originadas en un contexto patrilocal que permeaba sus ideas), así como el regreso a estos referentes que vendría aparejado con el Renacimiento.

Tampoco podemos perder de vista que a la percibida superioridad intelectual del varón hemos de añadir la superioridad física. Algunos antropólogos señalan que existe una mayor desigualdad en las sociedades agrícolas que en otros modelos debido a la introducción del arado (p. 7), más adaptado al cuerpo y la fortaleza masculina. Esto le hacía dominar la producción de alimentos y en consecuencia le otorgaba un mayor estatus. La combinación de fortaleza física y percibida superioridad intelectual convertirían al hombre en el cabeza de familia natural.

¿Por qué se estableció la licencia marital? Las obligaciones masculinas

En este punto es cuando llegamos al corazón de la cuestión. Ser cabeza de familia confería prestigio y privilegios, pero también acarreaba pesadas cargas, responsabilidades y obligaciones que la mujer no tenía. De hecho las Partidas afirman que para que el marido pueda administrar la dote deben cumplirse tres requisitos: que haya matrimonio, que los bienes se establezcan como dote, y (la más interesante) que el marido sufra lo que conlleva el matrimonio. Así se afirma en la Partida IV, Título XI, Ley XXV (la negrita es mía):

“…la tercera es que sufra el encargo del matrimonio, gobernando á sí mesmo, et á su muger, et á sus fijos, et la otra compaña que hobiere”.

Este “gobierno” no se refería únicamente a la autoridad, sino a las responsabilidades asociadas. Entre ellas:

  • Proveer a la esposa según la riqueza de cada uno (Partida III, título II, ley V)
  • Proveer a los hijos. La mujer es responsable de los hijos hasta los tres años (imaginamos que por la lactancia), después esa responsabilidad pasa a ser exclusivamente del padre (Partida IV, título XIX, ley III).
  • Proveer a los padres y abuelos. Al contrario que el resto, ésta no era específica para el hombre, pero lo fue en la práctica como administrador de los recursos familiares (dote), particularmente después de la licencia marital (Partida III, título II, ley II y Partida IV, título XIX, ley IV).
  • Proveer a los nietos y/o bisnietos si los padres no podían hacerlo (Partida IV, título XIX, ley IV). El texto inicial indica que la responsabilidad es masculina pero el ejemplo posterior es neutro. Sin embargo, queda claro que el responsable es el hombre cuando leemos una disposición similar en la Partida IV, título XI, Ley VIII.
  • Dotar a las hijas. No puede responsabilizarse a la hija de dotarse a sí misma si el padre puede hacerlo. Tampoco puede responsabilizarse a la madre en ningún caso, salvo que la hija sea cristiana y la madre no (Partida IV, título XI, Ley VIII).
  • Dotar a las nietas y bisnietas, si el padre no puede dotarlas ni ellas puede dotarse a sí mismas (íbidem).
  • Proveer a los hijos ilegítimos (Partida IV, título XIX, ley V). Éstos se consideran sólo del padre porque aunque la mujer cometiera adulterio, su hijo era adjudicado al marido y considerado legítimo. Es decir, también está obligado a mantener a los hijos ilegítimos de la esposa. La diferencia es que los hijos ilegítimos del padre no heredan de la madre (Ley de Toro 9).

Las mujeres, sin embargo, en caso de obtener la custodia de los hijos o nietos a la muerte del padre, pueden reclamar lo invertido en la crianza a sus propios hijos y tomarlo de los bienes de éstos, si es que tuvieran (Partida V, título XII, Ley XXXVI). Cosa que también puede hacer el padrastro, pero no el padre (Partida V, título XII, Ley XXXVII).

Como podemos comprobar, los hombres tenían más derechos, pero también más responsabilidades. Y para cumplir con ellas había que proporcionarles las herramientas necesarias. Desavenencias entre marido y mujer podían suponer un obstáculo, y por tanto se consideraba más práctico otorgar la autoridad a uno de ellos: aquel que tuviera más posibilidades de cumplirlas, por su mayor formación y fortaleza física. Es cierto que el hombre podía ser irresponsable y derrochador, aunque como ya señalamos, la mujer puede demandar al marido la dote durante matrimonio si éste tiene malos hábitos que dilapidan su fortuna, por ejemplo si es jugador (Partida IV, título XI, Ley XXIX).

Claro que no se trata únicamente de la ley. El discurso de la época recordaba al marido sus obligaciones. Francisco fray Osuna afirmó en Norte de los estados en que se da regla de vivir de los mancebos, y a los casados, y a los viudos (1531 d.C.) citado aquí (p. 5, el resaltado es mío):

Porque Eva pedazo fue de Adán y así has de pensar que tu mujer es un gran pedazo de ti mismo, que ya no sois dos, sino una carne, por la unión del matrimonio, y como eres obligado a mantener tu mismo cuerpo has de mantener tu mujer, obligado eres a trabajar para ella si no tienes de que mantenerla, y mira que le has de dar de comer y beber y vestir y todo lo que buenamente ha menester a su persona.

Del mismo modo, la italiana Modesta Pozzo (1590 d.C.), en su obra El valor de la mujer: donde se revela claramente su nobleza y superioridad con respecto a los hombres, escribió lo siguiente, de boca del personaje Corina:

¿Acaso no vemos que el justo deber de los hombres es salir a trabajar y agotarse intentando acumular riqueza, como si fueran nuestros auxiliares o ayudantes, para que podamos permanecer en casa como la dama del hogar, dirigiendo su trabajo y disfrutando de su beneficio? Ésa, si quieres, es la razón por la que los hombres son naturalmente más fuertes y más robustos que nosotras: tienen que serlo para poder aguantar el trabajo duro que deben padecer para servirnos.

No es de extrañar que pese a toda la autoridad y prestigio que acarreaba ser cabeza de familia, hubiera maridos que renunciaran al “sufrimiento” matrimonial (utilizando el lenguaje de las Partidas), abandonando el hogar y rehuyendo las peticiones personales y legales de sus esposas para que regresaran. Como señala Natalia Fiorentini en su artículo “Familia y diferenciación genérica en la Nueva España del siglo XVI a través de los ordenamientos civiles y la correspondencia privada” (la negrita es mía):

Se esperaba que los padres cumplieran con un rol social que consistía en encabezar el hogar, proporcionar lo necesario para el sustento de la familia, ser fieles a sus esposas, ayudar a los parientes desprotegidos, salvaguardar la honra de las mujeres de la familia y corregir a los hijos. De ahí que cuando esto no sucedía se daban serios reclamos por parte de algunas mujeres a sus maridos, muy especialmente de aquellas abandonadas por sus esposos por haber emigrado estos últimos a la Nueva España.

Como se advierte con los varones en el apartado anterior, las mujeres casadas que permanecieron en la península -algunas de las cuales se reunirían con sus maridos posteriormente- no cambiaron sus expectativas en cuanto a la obligación que éstos tenían de proveer lo necesario para su familia a pesar de su partida a tierras americanas.

Las cartas dan cuenta también de que así como algunos hombres casados no cumplían con sus deberes, muchos otros cruzaron el Atlántico y llegaron a la Nueva España para ganar “buena hacienda” y sustentar de mejor manera a sus familias, y en cuanto tuvieron posibilidades de hacerlo enviaron -ya fuera por amor a los suyos o porque la ley los obligaba– por sus mujeres e hijos a la península para reunirse con ellos en la Nueva España.

El artículo recoge varios de estos casos de abandono, como por ejemplo éste dónde la esposa escribe (la negrita es mía):

Porque confío yo en Dios… que os tengo que ver en España; cuando no quisieres de voluntad ha de ser de fuerza, porque por ser yo mujer honrada y querellosa … no os he traído por fuerza, que bien sabéis vos tengo poder para hacerlo.

Parece pues, que la larga ausencia del marido, pese a proporcionar a la mujer autoridad jurídica plena sobre la administración económica del hogar, no era la situación preferida de muchas esposas, quienes consideraban que la provisión era obligación y responsabilidad del hombre.

Conclusión

Aunque no es posible señalar la razón exacta por la que se estableció la licencia marital, hemos explicado la lógica interna que otorgaba más poder al varón que a la mujer en las relaciones matrimoniales. La autoridad del varón iba ligada a una mayor responsabilidad legal, del mismo modo que la posición subordinada de la mujer la eximía de muchas obligaciones. La elección del varón se basaba en su mayor fortaleza física y percibida superioridad intelectual, que tiene su origen en las circunstancias surgidas de los sistemas patrilocales. Este arreglo proporcionaba más autoridad al varón y más protección a la mujer.

Ahora bien, si lo que buscamos es una respuesta fácil que emita un juicio moral en lugar de una explicación, podemos achacarlo todo al machismo. Depende de si queremos explorar la dinámica de las relaciones humanas, o preferimos explicaciones simplistas con las que alimentar los prejuicios contra los hombres, de una forma no tan distinta a como se hizo en el pasado con las mujeres. Porque antes se refería a ellas como imbecillitas seu fragilitas sexus, pero hoy se habla de ellos como malus seu improbus sexus (el sexo malvado y cruel). Y ahora, como entonces, dichos discursos se emplean para justificar una desigualdad legal.

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18 respuestas a ¿Por qué existía una licencia marital en la Edad Moderna? La explicación histórica frente a la explicación moral

  1. Sandra dijo:

    Creo que ha habido un error a la hora de copiar y pegar el siguiente texto, en el que se repiten hasta 3 veces los mismos párrafos:

    “¿Acaso no vemos que el justo deber de los hombres es salir a trabajar y agotarse intentando acumular riqueza, como si fueran nuestros auxiliares o ayudantes, para que podamos permanecer en casa como la dama del hogar, dirigiendo su trabajo y disfrutando de su beneficio? Ésa, si quieres, es la razón por la que los hombres son naturalmente más fuertes y más robustos que nosotras: tienen que serlo para poder aguantar el trabajo duro que deben padecer para servirnos. es la razón por la que los hombres son naturalmente más fuertes y más robustos que nosotras: tienen que serlo para poder aguantar el trabajo duro que deben padecer para servirnos.”res, es la razón por la que los hombres son naturalmente más fuertes y más robustos que nosotras: tienen que serlo para poder aguantar el trabajo duro que deben padecer para servirnos.”

    • Que raro. A mí no me aparecen repetidos. Tendré que ver qué ocurre.

      • Sandra dijo:

        Te lo desagrego, para que se vea que las 6 últimas líneas son repetición de lo que ya estaba más arriba:

        “¿Acaso no vemos que el justo deber de los hombres es salir a trabajar y agotarse intentando acumular riqueza, como si fueran nuestros auxiliares o ayudantes, para que podamos permanecer en casa como la dama del hogar, dirigiendo su trabajo y disfrutando de su beneficio? Ésa, si quieres, es la razón por la que los hombres son naturalmente más fuertes y más robustos que nosotras: tienen que serlo para poder aguantar el trabajo duro que deben padecer para servirnos.

        es la razón por la que los hombres son naturalmente más fuertes y más robustos que nosotras: tienen que serlo para poder aguantar el trabajo duro que deben padecer para servirnos.”

        res, es la razón por la que los hombres son naturalmente más fuertes y más robustos que nosotras: tienen que serlo para poder aguantar el trabajo duro que deben padecer para servirnos.”

      • Ahora sí lo vi. Corregido. Gracias, Sandra.

  2. Sandra dijo:

    Unas preguntas para las personas que controlen el tema de la licencia marital, tanto en la Edad Moderna como en los siglos XIX y XX.
    ¿Existía la posibilidad de que un marido pudiera renunciar legalmente a ejercer ese poder de dar o no licencia a su esposa, o bien no le quedaba otra opción al contraer matrimonio que ser “policía” y “juez” familiar sí o sí? Porque desde mi punto de vista todos los privilegios conllevan el poder renunciar a los mismos. De lo contrario no son privilegios, sino obligaciones.
    Y segunda pregunta: si una mujer casada o sus hijos cometían algún tipo de delito, ¿tenía el marido o padre que responder por ello ante la justicia, y recaía sobre el mismo algún tipo de condena?

    • Buenas preguntas.
      1. Lo más parecido a renunciar es entregarle a la mujer una “licencia general”, que es algo así como un permiso permanente. Lo que no aparece en la legislación es si se puede revocar o anular algo que haya hecho ella con él.
      2. En las Leyes de Toro se especifica que cada cónyuge es responsable de sus actos. Sin embargo en otros países como Inglaterra o Corea, el marido sí era responsable ante la justicia por las acciones de su mujer.
      Si el padre era responsable o no por la hija en España y América es algo que tendré que investigar.

  3. Jeipi dijo:

    Cuando los feministas nos recuerdan que “antes” las mujeres necesitaban la licencia marital para cualquier acto jurídico, olvidan precisar que eso afectaba solo a las mujeres casadas. No sé lo que ocurría con las solteras emancipadas o con las viudas, pero, como es de suponer, una persona inexistente o fallecida no puede autorizar nada.

    Vemos, pues, que el matrimonio suponía una capitidiminutio en la condición de la mujer, y ante esto la pregunta es: ¿por qué las mujeres, en su mayoría, estaban ansioses por casarse? Tal vez veían en ese estado más ventajas que inconvenientes. Y además, para las más hábiles, obtener la licencia marital no debía de suponerles excesivo esfuerzo,

  4. L.K, dijo:

    Un buen par de consideraciones que hay que hacer.
    La primera es que Francia en enero de 2014 decidió eliminar el término “buen padre de familia” de su Código Civil.
    Pero entonces hay que hacer tres preguntas:
    a) ¿Qué hay detrás de ese termino “buen padre de familia”?
    b) ¿Por haber eliminado dicho termino los hombres dejan de esta atados como estaban a las mismas imposiciones y obligaciones a las que los estaban? La respuesta solo puede ser que evidentemente no
    c) ¿Cómo están las cosas en España? La respuesta también es evidente. Cada vez peor . Cada vez mas obligaciones, ningún reconocimiento y ni un solo derecho para ese “Buen padre de familia” que es el pringado que construye desde puentes, autopistas, coches, edificios, y al que si no asume su condición de pringao hay que enviarle a la policia.
    Detrás de la expresión “Buen padre de familia” lo que hay es un varon proletario que aunque no trabaje ni en la pesca, ni en la minería, ni en la construcción sino en una oficina que tiene que trabajar por un misero suelo para pagar aquello que la Ley le dice que no tiene porque ser suyo. Suyas son las facturas y la obligación de trabajar para hacerles frente. Nada mas.
    Facturas de hijos que desde luego no le van a cuidar en su ancianidad. Eso por descontado.
    Facturas de una mujer que puede exigir que él le siga pagando la peluquería a los 10 años de haberse divorciado, y para ello el tiempo y la vida de el debe pertenecerle a ella y a la empresa. De hecho el feminismo y las feministas si con alguien se han casado hace tiempo es con la empresa, con las multinacionales en concreto. Los dos juegan a lo mismo, a domar y a castrar a ese varon.
    Ese varon necesita del permiso de la empresa y de su ex mujer para poder ….respirar.
    Y luego hablan de la licencia marital

  5. L.K, dijo:

    Lo que voy a decir no se si incorpóralo al tema de la licencia marital o al tema del distinto trato a la mujer en las dictaduras. Tu veras Carlos, pero solo quiero recordar una pequeña cosa.
    El famoso escritor Charles Dickens, autor de Oliver Twist, vivió buena parte de su infancia en la cárcel a la que conoció de cerca. De hecho el talante “social” de su obra esta en buena parte condicionado por dicho conocimiento cercano de una realidad tan ingrata como era el sistema penitenciario de su época.
    El motivo fue que su padre, como tantos otros padres británicos de la época, fue encarcelado por deudas que no podía pagar.
    La cárcel por deudas ha sido una realidad jurídica y social durante cientos de años.
    Se encarcelaba al “padre de familia” que no podía pagar las deudas de la familia. Al padre de familia no a la madre.
    Las deudas de cualquier miembro de la familia, y si la familia era numerosa dichas deudas iban desde el hijo mayor al menor, y eso incluía cualquier deuda que por supuesto pudiera contraer la mujer.
    Obviamente si la mujer era una manirrota la posibilidad de que el fuera encarcelado era mucho mayor.
    En esa misma Inglaterra donde se desarrollo el feminismo históricamente a las esposas nunca se las ha encarcelado por las deudas del marido. Nunca. E invitamos al que quiera o la que quiera a que demuestre lo contrario.
    Y ya puestos a hablar de deudas vayamos a hablar de deudas con el pasado pero lo mas importante, deudas con la verdad.
    En Argentina siempre ha tenido mucha fuerza el movimiento feminista. Ha habido mucha teórica feminista que ha recordado el poco tiempo que lleva allí el voto femenino. Se han quejado del poco tiempo que lleva instaurado allí el voto universal.
    ¿Se acuerda alguna de ella de la guerra de las Malvinas precisamente contra Inglaterra que ha sido mucho mas reciente?
    ¿Fueron a dicha guerra muchas feministas argentinas?

  6. L.K, dijo:

    Y esto tampoco se si sirve para hablar de la dictadura franquista o de la licencia marital.
    Me viene a la cabeza una noticia leida varias veces en los periódicos donde para evitar hacer alusión al sexo de la victima se hacían autenticos malabarismos linguisticos.
    Se decía “que una persona presa se había suicidado”. Obviamente la “persona presa” es femenino, pero su sexo era, varón, como no, pero había que evitar que alguien identificara “cárcel-preso-suicidio” con la palabra “victima” cuando todos sabemos que “victima de suyo siempre es femenino.
    Un ejemplo de esa “victimacion” de la mujer en nuestro imaginario colectivo lo tenemos en la feminista falangista Mercedes Formica, feminista de clase alta, obviamente que siempre tuvo la espina clavada de los obstáculos que tuvo como mujer para desempeñar su profesión “liberal”.
    A ella “le toco” la guerra civil.
    Le toco, pero no le toco.
    A los que si les toco de cerca fueron a dos de sus cuñados de uno de sus maridos que fueron fusilados en unas sacas en Bilbao y a uno de sus profesores que también fue fusilado.
    Todos ellos varones, pero a ella no le importo. Lo mismo que a todos los fusilados y asesinados en dichas sacas en Bilbao, todos ellos varones.
    A dicha insigne feminista los fusilamientos de dos cuñados, antiguo profesor, etc se la trajo al pairo.
    En cambio bien que se movilizo cuando se entero que algún lugar de España un marido había asesinado a su mujer.
    Removio cielo y tierra haciendo ver a todo el mundo lo mucho que históricamente ha sufrido la mujer por serlo. Sobre todo la casada.
    Hablaba de dicha mujer asesinada pero esa sinvergüenza feminista y falangista solo tenia sensibilidad para recordar los muchos problemas que ella había tenido para ejercer “como abogada”.
    Y esa caradura feminista y falangista hablo y escribió largo y tendido sobre la licencia marital pero al mismo tiempo le traía al pairo que durante la guerra se fusilara sobre todo a varones.
    Le trajo al pairo el asesinato de su profesor.
    Le trajo al pairo el asesinato de sus dos cuñados.
    Le trajo al pairo todos aquellos varones asesinados en dichas sacas.
    Le trajo al pairo el millón de muertos, mayoritariamente varones , de la guerra civil.
    A ella lo que le indignaba es que las mujeres de alta sociedad como ella no tuvieran las mismas oportunidades que los varones de dicha clase social.
    Obviamente ella cuando hablaba nunca tenia en mente ni as campesinos, ni a mineros, ni alos siderúrgicos, ni a obreros de los de la construcción, a los que por cierto ella siempre desprecio.

  7. Muy interesante el artículo, de todos modos una cosa son las leyes y otra la vida práctica y cotidiana de la gente del mundo rural popular. Por ejemplo, las mujeres hasta casi 1800 no necesitaban autorización para atender partos, la vida no estaba tan regulada y controlada por el Estado como ahora, para bien o para mal. Creo que hay que recordarlo: http://lasinterferencias.blogspot.com.es/2014/05/he-encontrado-en-el-libro-criadas.html

    Por otra parte, hay que dejar claro que no había manifestaciones de hombres pidiendo y exigiendo la “licencia marital”, eran leyes que venían de arriba, impuestas por los poderosos. Un saludo.

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