La violación del varón: el secreto más oscuro de la guerra

Generalmente no traduzco artículos completos, pero considero que éste merece ser presentado en su totalidad. Se trata de un ensayo escrito por Will Storr para The Observer que no sólo explora un tema poco estudiado como la violación de hombres en conflictos armados, sino que también trata el rechazo institucional al que se enfrentan las víctimas que buscan ayuda, especialmente hacia el final del artículo. Terminada la traducción comentaré algunos datos de utilidad para el debate.

La violación del varón: el secreto más oscuro de la guerra

Will Storr

The Observer, sábado 16 de julio de 2011

La violacion del varon 1

Muriendo de vergüenza. Una víctima de violación congoleña que actualmente reside en Uganda. La esposa de este hombre lo abandonó, incapaz de aceptar lo que había pasado. Él intentó suicidarse a finales de año. Fotografía de Will Storr para The Observer.

De todos los secretos de la guerra, hay uno que está tan bien guardado que sólo existe como rumor. Es normalmente negado tanto por el agresor como por su víctima. Gobiernos, organizaciones humanitarias y defensores de los derechos humanos en Naciones Unidas apenas reconocen su existencia. Y sin embargo de cuando en cuando alguien reúne el coraje para contarlo. Esto es lo que ocurrió una tarde corriente en la oficina de una atenta terapeuta en Kampala, Uganda. Durante cuatro años Eunice Owiny había trabajado para el Proyecto de Ley de Refugiados de la Universidad de Makere con el fin de ayudar a desplazados de toda África a tratar sus traumas. Este caso en particular, sin embargo, era desconcertante. Una clienta estaba experimentando dificultades maritales. “Mi marido no puede mantener relaciones sexuales” se quejó. “Se siente muy mal por ello. Estoy seguro de que me oculta algo”.

Owiny invitó al marido a su consulta. Por algún tiempo no lograron mucho. Entonces Owiny pidió a la esposa que se marchara. El hombre murmuró entonces, crípticamente: “me pasó a mí”. Owiny frunció el ceño. Su paciente había metido la mano en el bolsillo para sacar una vieja almohadilla sanitaria. “Mama Eunice” dijo. “Me duele mucho. Tengo que usar esto”.

Tras dejar la almohadilla cubierta de pus en el escritorio frente a él, reveló su secreto. Durante su huida de la guerra civil en el vecino Congo, se había separado de su mujer y terminó siendo secuestrado por rebeldes. Sus captores lo violaron, tres veces al día, cada día por tres años. Y no fue el único. Había contemplado como hombre tras hombre otros eran apartados y violados. Las heridas de uno resultaron tan severas que murió en una celda frente a la suya.

“Fue difícil de aceptar” me dice hoy Owini. “Hay ciertas cosas que simplemente no crees que puedan pasarle a un hombre, ¿me entiendes? Pero ahora sé que la violencia sexual contra los hombres es un enorme problema. Todo el mundo ha escuchado las historias de las mujeres, pero nadie ha escuchado las de los hombres”.

No es sólo en África Oriental donde estas historias permanecen sin ser escuchadas. Una de las pocas académicas que ha estudiado el asunto con un mínimo de detalle ha sido Lara Stemple, del Proyecto de Ley sobre Salud y Derechos Humanos de la Universidad de California. Su estudio Violación del varón y derechos humanos hace referencia a incidentes de violencia sexual masculina como arma de guerra o agresión política en países como Chile, Grecia, Croacia, Irán, Kuwait, la antigua Unión Soviética y la ex-Yugoslavia. El 26% de los varones de Sri Lanka que fueron tratados en el centro para tratamientos de tortura de Londres denunciaron abusos sexuales ocurridos mientras estaban detenidos. En El Salvador, el 76% de los presos políticos varones encuestados en 1980 describieron al menos un incidente de tortura sexual. Un estudio sobre los 6.000  prisioneros de los campos de concentración en Sarajevo reveló que el 80% de los hombres declaró haber sido violado.

Vine a Kampala para escuchar las historias de unos pocos valientes que acordaron hablar conmigo: una rara oportunidad para explorar este asunto, controvertido y profundamente tabú. En Uganda, los supervivientes [víctimas de violación] corren el riesgo de ser arrestados por la policía, quien probablemente asumirá que son homosexuales –un crimen en este país y en 38 de las 53 naciones africanas–. Probablemente serán excluidos por sus amigos, rechazados por la familia y enviados de vuelta a casa por Naciones Unidas y las innumerables ONGs internacionales que se encuentran equipadas, entrenadas y listas para ayudar a mujeres. Están heridos, aislados y en peligro. En palabras de Owiny “son despreciados”.

Pero están dispuestos a hablar, gracias en gran medida al director británico del PLR [Proyecto de Ley de Refugiados], Dr. Chris Dolan. Dolan escuchó por primera vez sobre la violencia sexual en conflictos armados experimentada por hombres a finales de 1990, mientras se encontraba investigando para su doctorado en el norte de Uganda, y sentía que el problema podría haber sido dramáticamente subestimado. Dispuesto a alcanzar un mayor entendimiento de su profundidad y naturaleza, puso anuncios por todo Kampala en junio de 2009 anunciando un “taller” sobre el tema en una escuela local. Ese día llegaron 150 hombres. En un arrebato de candor, uno de los asistentes admitió: “nos ha pasado a todos los que estamos aquí”. Pronto se supo en el campo de refugiados de Uganda, con 200.000 personas, que el PLR estaba ayudando a hombres que habían sido violados durante el conflicto. Poco a poco, comenzaron a presentarse más víctimas.

Me encuentro con Jean Paul en el caliente y polvoriento tejado del cuartel general del PLR en Vieja Kampala. Lleva una camisa escarlata abotonada y permanece con el cuello bajado, sus ojos concentrados en el suelo, como si se disculpara por su impresionante altura. Tiene un labio superior que se agita continuamente –una condición nerviosa que le hace parecer al borde de las lágrimas–.

Jean Paul estudiaba ingeniería electrónica en la universidad en El Congo cuando su padre –un rico hombre de negocios– fue acusado por el ejército de ayudar al enemigo y terminó siendo ejecutado. Jean Paul huyó en enero de 2009, sólo para ser secuestrado por rebeldes. Junto a otros seis hombres y seis mujeres fue forzado a marchar a través del bosque en el Parque Nacional de Virunga.

Más tarde, ese día, los rebeldes y sus prisioneros se encontraron con sus cohortes, que estaban acampadas en el bosque. Pequeñas hogueras podían ser vistas aquí y allí entre las sombrías hileras de árboles. Mientras que las mujeres fueron enviadas a preparar comida y café, 12 luchadores armados rodearon a los hombres. Desde su posición en el suelo, Jean Paul miró para ver al comandante inclinarse sobre ellos. En sus 50, era calvo, gordo y vestía un uniforme militar. Llevaba un pañuelo rojo sobre su cuello y tenía hilos de hojas atados alrededor de sus codos.

“Todos son espías” dijo el comandante. “Les mostraré cómo castigamos a los espías”. Señaló a Jean Paul. “Quítate la ropa y colócate como un hombre musulmán”.

Jean Paul pensó que bromeaba. Agitó la cabeza y dijo “no puedo hacer eso”.

El comandante llamó a un rebelde. Jean Paul pudo ver que sólo tenía nueve años. Le ordenaron: “golpea a este hombre y quítale la ropa”. El niño le atacó con la culata de la pistola. Finalmente, Jean Paul le pidió que parara: “de acuerdo, de acuerdo. Me quitaré la ropa”. Una vez se hubo desnudado, dos rebeldes lo pusieron de rodillas con la cabeza aplastada contra el suelo.

En ese momento, Jean Paul se detiene. Con el temblor de su labio más pronunciado que nunca, agacha la cabeza un poco más y dice: “Perdóname por las cosas que voy a decir ahora”. El comandante le puso la mano izquierda en la parte posterior de la cabeza y usó su mano derecha para golpearle en el trasero “como si fuera un caballo”. Cantando una canción chamánica, y a la vista de todos, el comandante empezó. En cuanto comenzó, Jean Paul vomitó.

Once rebeldes esperaron en cola y se turnaron para violar a Jean Paul. Cuando estaba demasiado exhausto como para mantener la compostura, el siguiente atacante lo rodeaba con el brazo por las caderas y lo levantaba por el estómago. Sangró abundantemente: “Mucha, mucha, mucha sangre” dijo, “la sentía como si fuera agua”. Cada uno de los prisioneros varones fue violado 11 veces aquella noche y cada noche después de aquella.

En el noveno día, estaban buscando leña cuando Jean Paul vislumbró un enorme árbol con grandes raíces que formaban una pequeña y sombría gruta. Aprovechando la ocasión, se arrastró y miró, tembloroso, mientras los guardias rebeldes le buscaban. Después de cinco horas caminando con cuidado mientras lo buscaban, escuchó cómo tramaban un plan: dispararían una ráfaga de balas y le dirían al comandante que Jean Paul había muerto. Finalmente emergió, débil por el calvario y su dieta de sólo dos bananas al día durante su tiempo en cautiverio. Vestido sólo con sus calzoncillos, se arrastró a través de las brozas “despacio, despacio, despacio, despacio, como una serpiente” hasta regresar a su pueblo.

La violacion del varon 2

“Las organizaciones que trabajan en la violencia sexual no hablan de ello”: Chris Dolan, director del Proyecto de Ley de Refugiados. Fotografía: Will Storr para The Observer.

Hoy, pese a su tratamiento en el hospital, Jean Paul todavía sangra cuando camina. Como en el caso de muchas otras víctimas, sus heridas son tan severas que debería restringir su dieta a comidas suaves como bananas (que son caras), y Jean Paul sólo puede costearse maíz y mijo. Su hermano le sigue preguntando qué le pasa. “No quiero contárselo” dice Jean Paul. “Temo que dirá ‘Vaya, mi hermano no es un hombre’”.

Es por esta razón que tanto el agresor como la víctima entran en una conspiración de silencio y por la que los supervivientes varones a menudo descubren que, una vez que su historia sale a la luz, pierden el apoyo y el consuelo de quienes les rodean. En las sociedades patriarcales de muchos países en desarrollo, los roles de género se encuentran estrictamente definidos.

“En África a ningún hombre se le permite ser vulnerable” dice Salome Atim, de la oficina de género del PLR. “Tienes que ser masculino, fuerte. No puedes echarte abajo o llorar. Un hombre debe ser un líder y proveer para toda la familia. Cuando fracasa en alcanzar dicho estándar, la sociedad percibe que algo va mal”.

A menudo, dice, las esposas que descubren que sus maridos han sido violados deciden abandonarlos. “Me preguntan: ‘¿Y ahora cómo voy a vivir con él? ¿Cómo qué? ¿Es esto todavía un marido? ¿Es una mujer?’ Preguntan ‘si él puede ser violado, ¿quién va a protegerme?’ Hay una familia con la que he estado trabajando estrechamente cuyo marido fue violado en dos ocasiones. Cuando su esposa lo descubrió, se fue a casa, recogió sus pertenencias, tomó a su hijo y se marchó. Como era de esperar aquello destruyó el corazón de este hombre.

De regreso en el PLR me cuentan otras formas en las que han hecho sufrir a sus pacientes. Los hombres no sólo son violados, sino que son forzados a penetrar agujeros de banano que contienen savia ácida, a posar los genitales sobre hogueras, a arrastrar rocas atadas a sus penes, a dar sexo oral a hileras de soldados, a ser penetrados con palos y destornilladores. Atim ha visto ya tantos supervivientes masculinos que, con frecuencia, puede detectarlos en el momento en que se sientan. “Tienden a inclinarse hacia adelante y a menudo se sientan sobre una sola nalga” me dice. “Cuando tosen, se agarran sus partes. A veces se levantan y hay sangre en la silla. Y a menudo desprenden algún tipo de olor.”

Debido a la escasa investigación sobre la violación de hombres durante conflictos armados, no es posible afirmar con certeza alguna por qué ocurre o cómo es de frecuente, aunque un raro sondeo de 2010 publicado por la Revista de la Asociación Médica Americana, indicó que un 22% de los hombres y un 30% de las mujeres en el Congo Oriental denunciaron violencia sexual relacionada con la guerra. En cuanto a Atim, ella afirma: “nuestro personal está abrumado por la cantidad de casos que tenemos, ¿pero en términos de números reales? Ésta es la punta del iceberg.”

Más tarde hablo con Dr. Angella Ntinda, que trata pacientes referidos por el PLR. Me dice: “8 de cada 10 pacientes del PLR denuncian algún tipo de abuso sexual ”.

“¿8 de cada 10 hombres?” clarifico.

“No. Hombres y mujeres” responde ella.

“¿Y los hombres?”

“Creo que todos los hombres”

Estoy horrorizado.

“¿Todos ellos?” Digo.

“Sí” dice. “Todos los hombres”.

La investigación de Lara Stemple en la Universidad de California no sólo muestra que la violencia sexual hacia el varón es un componente de las guerras en todo el mundo, también sugiere que las organizaciones internacionales humanitarias están fallando a las víctimas masculinas. Su estudio cita 4.076 ONGs que han tratado la violencia sexual en conflictos armados. Sólo el 3% de ellas menciona la experiencia de los hombres en su literatura. “Normalmente” dice Stemple “como una referencia pasajera”.

La violacion del varon 3

A un hombre le dijeron “Tenemos programas para mujeres vulnerables pero no para hombres”: una víctima de violación congoleña. Fotografía de Will Storr para Observer.

En mi última noche llegué a casa de Chris Dolan. Estamos en la cima de una colina, mirando la puesta sol en el vecindario de la Carretera Salama y Luwafu, con el Lago Victoria en el horizonte. Mientras el aire se torna de azul a malva y de malva a negro, una enmarañada galaxia de bombillas blancas, verdes y naranjas titilan como un accidente puntillista que se derrama sobre los distantes valles y colinas. Un magnífico alboroto se alza sobre todo ello. Bebés gritando, niños llorando, cigarras, pollos, pájaros cantores, vacas, televisiones y, flotando por encima de todo, la llamada a oración de una distante mezquita.

Los hallazgos de Stemple sobre el fracaso de las agencias humanitarias no sorprenden a Dolan. “Las organizaciones que trabajan en violencia sexual y de género no hablan de ello” dice. “Es sistemáticamente silenciado. Si eres muy, muy afortunado le darán una mención tangencial al final de un informe. Puede que tengas cinco segundos de “’Oh, y los hombres también pueden ser víctimas de la violencia sexual’. Pero no hay datos, no hay debate.”

En parte como un intento de corregir esta situación, el PLR produjo un documental en 2011 llamado Gender Against Men [El género contra los hombres]. Dolan afirma que cuando fue proyectado hubo intentos de frenarlo. “¿Vinieron estos intentos de agencias humanitarias internacionales bien conocidas?” Pregunto.

“Sí”, responde. “Hay miedo entre ellas de que esto sea un juego de suma cero; que hay un pastel predefinido y que si empiezas a hablar sobre hombres, de alguna manera vas a comerte un trozo de ese pastel que les ha llevado tanto tiempo cocinar”. Dolan apunta a un informe de Naciones Unidas de noviembre de 2006 acerca de una conferencia internacional sobre violencia sexual en esta parte de África Oriental.

“Sé de hecho que la gente tras el informe insistió en que la definición de violación se restringiera a las mujeres” dice, añadiendo que uno de los donantes del PLR, Dutch Oxfam, rehusó proporcionar más fondos a menos que prometiera que el 70% de su clientela base fueran mujeres. También recuerda a un hombre cuyo caso era “particularmente grave” y fue referido a la agencia de refugiados de Naciones Unidas, la UNHCR. “Allí le dijeron ‘tenemos un programa para mujeres vulnerables, pero no para hombres’”.

Me recuerda a una escena descrita por Eunice Owiny: “Hay una pareja casada”, dijo. “El hombre ha sido violado y la mujer ha sido violada. Revelarlo es fácil para la mujer. Obtiene tratamiento médico, atención y cuenta con el apoyo de muchas organizaciones. Pero el hombre se mantiene callado, muriendo por dentro”. “En resumen, eso es exactamente lo que pasa”.

Dolan está de acuerdo. “Parte del activismo acerca de los derechos de las mujeres es: ‘demostremos que somos tan capaces como los hombres’. Pero la otra parte debería ser que reconocieras el hecho de que los hombres pueden ser débiles y vulnerables”.

Margot Wallström, la representante especial de la secretaría general para violencia sexual en conflictos armados de la ONU, insiste en una declaración que la UNHCR ofrece sus servicios a refugiados de ambos sexos. Pero concede que el “gran estigma” al que se enfrentan los hombres sugiere que el número real de supervivientes es mayor que el declarado oficialmente. Wallström dice que continúan concentrándose en las mujeres porque son “abrumadoramente” las víctimas. Sin embargo, añade, “sabemos de muchos casos de hombres y niños que han sido violados”.

Pero cuando contacto a Stemple por correo electrónico, ella describe un “constante tamborileo de que las mujeres son las víctimas de la violación” y un ambiente en el que los hombres son tratados como una “clase agresora monolítica”.

“La ley internacional de derechos humanos deja a los hombres fuera de casi todos los instrumentos designados para tratar la violencia sexual” continúa. “La resolución 1325 del Consejo de Seguridad de la ONU del año 2000 trata la violencia sexual en conflictos armados como algo que sólo afecta a mujeres y niñas… La Secretaria de Estado Hillary Clinton recientemente anunció 44 millones de dólares para implementar esta resolución. Dada su concentración exclusiva en las víctimas femeninas, parece poco probable que alguno de estos nuevos fondos llegue a los miles de hombres y niños que sufren estos tipos de abuso. Ignorar a los varones violados no sólo margina a éstos, sino que también daña a las mujeres reforzando un punto de vista que iguala “femenino” con “víctima”, dificultando nuestra habilidad para ver a las mujeres como fuertes y poderosas. Del mismo modo, el silencio sobre las víctimas masculinas refuerza expectativas dañinas sobre los hombres y su supuesta invulnerabilidad”.

Considerando el hallazgo de Dolan, que afirma: “las cifras de violación de mujeres son significativamente inferiores a las reales, mientras que la violación masculina apenas se denuncia”, le pregunto a Stemple si, conforme a sus investigaciones, ella cree que podría haber sido hasta ahora una parte jamás imaginada de todas las guerras. “Nadie lo sabe, pero pienso que podemos afirmar con seguridad que probablemente ha sido una parte de muchas guerras a través de la Historia y que el tabú ha jugado una parte en el silencio”.

Mientras me marcho de Uganda, hay un detalle de la historia que no puedo olvidar. Antes de recibir ayuda del PLR, un hombre fue a ver al doctor del pueblo. Le dijo que había sido violado cuatro veces, que estaba herido, deprimido y que su mujer había amenazado con dejarlo. El doctor le recetó Panadol.

Aquí termina la traducción

Uno de los problemas que encuentro cuando tratamos este tipo de temas es que se suele decir “el sufrimiento de los hombres lo causan otros hombres, no es igual”. Si bien es cierto que en el conflicto de El Congo el 91% de los varones sexualmente abusados lo fueron por otros varones, cuando se trata de las víctimas femeninas resulta que el 59% fueron sexualmente agredidas por varones y el 41% restante por otras mujeres. De hecho, este último dato hace referencia a asaltos donde sólo hubo atacantes de sexo femenino. ¿Sería alguien capaz de decir que el 41% de las mujeres víctimas de agresión sexual en El Congo merecen menos atención que el resto porque sus atacantes eran del mismo sexo?

A esto alguien también podría objetar que las agresoras probablemente cumplían órdenes y que la responsabilidad final recae en los líderes masculinos. Nuevamente debo señalar que los relatos de las víctimas cuentan historias muy diferentes, como en este artículo de la revista Time donde se narra cómo hombres y mujeres soldado se disputaban a una chica para ver quienes podían violarla (y ganaron las mujeres soldado). Por otra parte la mano derecha de Sultani Makenga en el M23, uno de los grupos rebeldes más violentos del Congo, es una mujer: la Coronel Fanette Umuraza. Y por supuesto hay otras. Aunque quizá el caso más documentado de mujeres que participaron activamente en atrocidades de guerra desde puestos de liderazgo es el del genocidio de Rwanda, donde por ejemplo Pauline Nyiramasuhuko ordenó la violación de mujeres y niñas.

Lo que vengo a decir con todo esto es que independientemente del sexo de los agresores y el de sus mandos, todas las víctimas deberían tener la misma consideración, porque las teorías que sitúan a un sexo como víctima y al otro como opresor por defecto desembocan inevitablemente en casos como los que se han relatado en este artículo: que muchas personas necesitadas de ayuda terminan marginadas por pertenecer al sexo equivocado.

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